Navidad

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Esta es mi última entrada hasta el 7 de enero de 2014 en que volveré a vivir como una romana (que soy). Mientras tanto, me voy de vacaciones a Madrid y a Barcelona, por allí me tendréis, en el teléfono español o en el italiano, siempre a vuestra disposición, pero ahora un poco más cerquita. ¡Lo mejor de todo es que me voy con muchos planes para la ida y con muchos proyectos para la vuelta!.
¡¡Felices fiestas a todos!!

España-Italia

Me envían el anuncio de Campofrío de este año, ése que dice algo así como “te podrás ir, pero no te harás”. Y en un primer visionado, pues me parece bonito, aunque por alguna razón no termina de llegarme…y es raro, porque yo con estas cosas, y más estando fuera de casa, soy muy ñoña. De hecho un vídeo que me enviaron hace un par de meses de unos muchachos que volvían de vacaciones a España, sin avisar a su familia, después de dos años en el extranjero, me hizo llorar durante varios días seguidos (bueno, venga, igual exagero un poco, pero sí que recuerdo que las lágrimas se me caían). Pero éste de Campofrío, no sé…al enseñárselo a maridísimo para ver qué es lo que opina él, (“es bonito” – se limita a decir), lo veo por segunda vez y entonces me doy cuenta de que…sigue diciendo eso de “como se vive en España, en ningún sitio”,  sigue anclándose en la imagen de fiesta y chanza, que es precisamente lo que terminamos vendiendo, y por ende, lo único que los demás ven en nosotros, y parece que los españoles siempre se quejan de “lo mal que está todo”, de que en otros países las cosas están mejor, pero en realidad se acomodan a su situación y, como en una sentencia del tipo “será malo, pero es mío”, al final terminan haciendo una fiesta, en lugar de buscar alguna solución para mejorar las cosas.
Y digo yo…me he ido a Italia, pero no, no me hago italiana, por ahora sigo con pasaporte y nacionalidad españolas, pero sí que quiero dejar claro que en Italia se vive bien, los italianos tienen sentido del humor, la comida es buena, el clima es bueno, a la gente le gusta disfrutar de la vida, se tocan, se besan y además tienen menos de la mitad de paro que nosotros…así que no, que no nos vendan el mismo cuento de siempre. Y lo mejor de todo es que, aunque en Italia adolecen de muchos de los males españoles, puedo permitirme el lujo de contemplarlos como una mera espectadora, sin que me afecten demasiado (al menos por ahora). 
Instituto Cervantes y Librería española en Piazza Navona.
Instituto Cervantes y Librería española en Piazza Navona.
En cuanto a la opinión que tienen los italianos de España y los españoles, debo decir que en general es buena o muy buena. Casi todo el mundo que nos escucha hablar español, nos pregunta; los que conocen España siempre dicen que es maravillosa, muchos chapurrean un poco de español (lo aprenden en el colegio después del inglés), enloquecen con la paella y con nuestro cine. Además, he conocido a varios italianos que han vivido en España por un tiempo, por estudios o por trabajo, y siempre les pregunto lo mismo “¿Qué es lo que menos te gusta de España?”, pero aún nadie me ha contestado, todos se limitan a decir que todo les encanta. Espero, algún día, recibir otra respuesta. Por cierto, que a mí lo que menos me gusta de Roma es, indudablemente, el tráfico (que sí, que en Madrid también hay mucho, pero no es igual).

Los nombres

Hoy estoy cansadita, no puedo pedirle más a mi cerebro, ni a mi cuerpo, así que voy a hablaros de algo sencillito, pero que me resulta muy curioso…¡los nombres italianos!
Y es que hay nombres italianos, que son muy…¡italianos!. Por ejemplo, entre los locos bajitos, se escuchan mucho nombres como Ludovico, Domitilla, Massimiliano, Gaia, Lorenzo, Aurelia, Camilla, Antonio y Antonia, Niccolò y Nicola…
Sin embargo, entre la gente de nuestra generación (60-70), hemos escuchado más otro tipo de nombres como Michela, Cesareo, Pia, Gennaro, Benedetta, Domenico, Emanuela, Tomasso, Cristiana, Favio o Constanza. ¡Entre otros! 
Y luego hay otros nombres que nos son comunes y que, además, tal y como también ocurre en España, pasan por sus momentos de esplendor y por otros en que amagan su ocaso, pero que al final siempre se mantienen tanto en grandes como en chicos, como Elena (leído Élena), Davide, Giulia, Michele, Roberto, Beatrice, Alesandro y Alessandra, Laura, Riccardo, Tamara…

nombres

¡¡Qué arte tiene Roma!!

Connecting people

“(…) Cada ciudad a donde voy es donde quiero estar (…) después de todo, somos dos, sólo somos lo que ves, una burbuja de jabón, un arcoíris de papel (…)”
Cuando el sueño está a punto de atraparte y, de repente, por casualidad, le das a un enlace de Facebook, y aparece todo un programa de radio dedicado a Antonio Vega, tu cabeza empieza de nuevo a funcionar a toda velocidad, un poco en modo nostalgia, poniéndole a la música muchas imágenes pasadas, –  de las que te sacan un suspiro y una sonrisa – pero también dándole al hoy un sentido único, mágico, indudablemente especial. Porque lo tiene, porque estoy aquí, porque es una aventura que hace tiempo que queríamos compartir y porque además lo hacemos de una manera privilegiada.
Aún así…
El otro día me preguntaron qué echaba de menos en Italia. Y en realidad lo tengo todo: es una ciudad preciosa, hace buen tiempo, hay buena comida, y también buena onda…Sólo me faltáis  los que me escucháis por encima de la voz, los que entendéis mis silencios, los que soportáis mis cabreos, los que me abrazáis hasta cuando no me dejo, los que me lleváis a cañear, a comer, a bailar…sólo me faltáis vosotros, porque aunque hoy en día estemos más “comunicados” que nunca, y hasta creo que confiesan por wapp…¡¡no es lo mismo!!.
Sacerdote en un confesionario de Santa María La Mayor jugando con el móvil.
Sacerdote en un confesionario de Santa María La Mayor jugando con el móvil.
(Me falta mi gente y…¡¡¡me sobran coches, motos y locos al volante!!!)

Castroni

El otro día os hablaba de Eataly y hoy os hablaré de otro negocio gastronómico muy típico de Roma, pero que viene a ser antagónico al anterior. Se trata de Castroni, que comenzó como un ultramarinos en Vía Cola di Rienzo hace más de ochenta años y que actualmente son diez pequeñas tiendas distribuidas por toda Roma y que, en este caso sí, dan un trato personalizado, dedicándose especialmente a la venta de todo tipo de productos “delicatesen”. Allí puedes encontrar los mejores y más variados productos italianos, pero también encontrarás café de Colombia, alfajores argentinos, tés indios, preparados para tartas americanas y alimentos y bebidas de prácticamente todo el mundo. Normalmente, aunque los precios no son precisamente bajos, está lleno de gente. ¡Creo que es un valor seguro!
El Castroni de mi barrio.
El Castroni de mi barrio.

Aprendiendo italiano

Acabamos de llegar del mejor curso intensivo de italiano: comenzó quedando para dar un paseo y terminó seis horas después, con prosecco, cena, copa, y conversación, sobre todo mucha conversación. Un piacere. Y es que los idiomas sólo se aprenden hablando y los países sólo se descubren y se aman, conociendo a la gente. Piano, piano…è certo qu’arrivaremo lontano.

El cepo

Viernes. Once y media de la noche. De vuelta de un “coctail de trabajo”. Y el coche con un cepo.
Viendo lo que uno ve en Roma, en cuanto a tráfico se refiere, el que en esa calle sin salida todos los coches a uno y otro lado tengan el cepo puesto, llama la atención, pues ninguno molesta, ni siquiera perturba el posible paseo del peatón. Sin embargo, así es.  Medida recaudatoria, que se suele decir, supongo.  
LLega el coche de la Policía local de Roma. Un Smart blanco y negro. De él salen dos mujeres policías, una rubia, con mala leche y otra morena  y más comprensiva.
– Nos han dicho que les han puesto un cepo con la matrícula diplomática. – dice la comprensiva.
– Sí, así es.
– ¿Y dónde está la matrícula diplomática? Yo sólo veo una matrícula española.
– Sí, bueno, está aquí … – señala el cristal de la luna delantera – Es que aún no la he puesto.
– Ah, vale…bueno…esto… – parece dudar – ¿Tiene documentación que acredite su condición de diplomático?
– Sí claro, espere… – ahora el que parece dudar es él – ¿dónde tengo la cartera? eeemmm
– Bueno, deme los papeles del coche, por favor.
– Uy, pues eso sí que no lo tengo – la rubia comienza a resoplar y un vaho espeso sale de los orificios de su nariz en la fría noche romana. – Es que los saqué cuando me dieron la matrícula diplomática y me los he dejado en la oficina.
Y yo, mientras intentaba desbloquear el móvil y escuchaba esta conversación in situ, pensaba que la historia debería acabar con él diciendo: perdone que no pueda firmar bien pero es que estoy borracho, aunque no se preocupe demasiado, porque el coche ni siquiera es mío…
Pero por sus obras les reconoceréis, y los que le conocéis a él y a sus “obras” no necesitáis más datos. Cómo al final consigue con una sonrisa y con un par de preguntas tontas desmontar al que tiene delante y conseguir que nos quiten el cepo gratis, que no nos pongan ninguna multa y que nos dejen irnos a casa, son misterios insondables de esos que a veces tiene la vida.

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