Instituto Japonés

En torno a la Plaza de las Bellas Artes se encuentran muchos de los Institutos nacionales de Cultura, como el de Suecia, Rumanía, Egipto, o el de Japón, en el que he estado hoy, acompañando a la clase de la rubia. 
Hay que reconocer que a veces, uno no sabe bien a qué se dedican este tipo de instituciones, hasta que un día pasa por allí, pregunta un poco y se da cuenta de la cantidad de gente que mueven, y de como se promocionan la lengua, el turismo y la cultura del país, a través de cursos, exposiciones y charlas.

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En otras ocasiones, la promoción se da gracias a “momentos especiales”, como el de hoy en el Instituto de Cultura Japonesa, pues sólo durante este mes, van a abrir por primera vez al público su jardín. Y todos sabemos la fama que tienen los jardines japoneses, pero hay muchísimas otras cosas que, por lo menos yo, no sabía, algunas las seguiré ignorando (pues mi italiano aún tiene un límite) pero otras me han parecido muy curiosas. Como que en cada jardín japonés debe existir un equilibrio entre los cuatro elementos naturales (aire, agua, tierra y fuego) y que cada uno de estos elementos está representado por algunos objetos que existen en todos los jardines como, sobre todo, los senderos de piedras, el estanque, la isla, el puente, la casa de té o la linterna de piedra.

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En este caso, me ha gustado mucho la combinación de la flora japonesa (pino negro, helechos, musgo y sakuras-cerezos en flor) con la vegetación puramente mediterránea (como el olivo). ¿Sirven estos jardines para meditar? ¿Relajan? Pues sinceramente, con 26 fieras de 6 y 7 años a mi alrededor, he de decir que NO, pero eso sí, me ha parecido precioso.
Después de dejar a los cachorrillos en su recinto, y para clausurar el acto, hemos ido a la cercana cafetería del Museo de Arte Contemporáneo. Y, si pasáis por allí, os recomiendo que os acerquéis. El lugar es tranquilo y muy curioso, tiene una terraza maravillosa y el interior está lleno de pinturas y esculturas, y también la gente que lo frecuenta es digna de ver. Por ejemplo hoy, como en el mejor Londres de los 80, había un tipo con bombín y a su lado otro con un pantalón de cuero lleno de tachuelas.  

Il Gesù

Hoy, como quien no quiere la cosa, se me ha echado la noche encima y aún tengo muchísimo que hacer, así que inevitablemente hay que tirar de “lata” y escribir sobre cosas que dejé apenas esbozadas hace ya días. Por ejemplo, de la iglesia del Gesù, la que fue en su tiempo la primera iglesia jesuita de Roma. Está situada muy cerca de Piazza Venezia y constituye el más claro ejemplo de barroco italiano, estilo que, no en balde, también se conoce como “estilo jesuítico”.

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Fue el mismo San Ignacio de Loyola el que en 1551 mandó diseñar una iglesia para la Compañía de Jesús. Varios fueron los arquitectos por los que pasó el proyecto, incluido Miguel Ángel, pero finalmente fue Barozzi “il Vignola” el que lo llevó mayoritariamente a cabo (pues ni lo terminó, ni la fachada se corresponde con la de su diseño). La construcción se terminó en 1584 y, en ese momento, era la iglesia más grande de toda Roma.
Hoy en día se encuentra en un lugar de tránsito y a la vez, bastante espacioso, con orientación hacia la plaza y las calles circundantes, lo que supone una invitación clara para que el paseante entre. Si pasáis por allí, aceptad la invitación. Para mi gusto es demasiado barroca, pero aún así creo que sus frescos y sus capillas os deslumbrarán. ¡Merece una visita!.

 

Los falsos amigos…

El italiano es muy fácil. Sí, sí…eso dicen.
Hasta que resulta que a los niños los meten en el asilo, en vez de en la guardería. Y uno no está preparado, sino pronto, porque cuando es pronto, es presto. Y si te piden las medidas, el lío está servido…porque su largo es nuestro ancho y su lungo es nuestro largo. Y es probable que stivali suene a estival, ¿verdad? a algo veraniego, lógico, pero noooo…porque en realidad son las botas, mientras que una botta es un golpe. Y si te llaman brutto, te están diciendo feo a la cara. Y si hay rumore, no empieces a mirar desconfiadamente a los cotillas que te rodean, porque sólo se refieren al ruido.
Y luego los verbos: salire, subire, partire, guardare. Les ponemos una E y listo…¡¡qué fácil es el italiano!!. Hasta que te vas enterando de que salire es subir, subire sufrir y uscire salir. ¿Capisci? Y si te dicen guarda, no prepares el candado, porque simplemente tienes que mirar. Y  partire, quiere decir irse. Mientras que si vado, en realidad vengo.
Y si alguien es autista, no tiene una enfermedad, sino una profesión (algo difícil hoy en día)…¡¡es conductor!!.
Y hay muchísimas más. Sin adentrarnos en el apasionante mundo de la gramática, que poco o nada tiene que ver con la española, ni en el de la pronunciación “tan, tan, tan parecida a la nuestra“…Sí, sí, claro, también. Seré yo entonces, que ni las dobles consonantes, ni la GL (que suena más o menos como nuestra LL), ni la E cerrada y la E abierta. Y es que cada vez que pongo mi máximo empeño, suelto alguna frase rotunda y, orgullosa de mi misma, pienso que mi italiano ha sonado como en una peli de Fellini o como en una canción de Ramazzotti, una verdad oscura me sacude en forma de frase “Española, ¿verdad?”. ¡¡Aaayyy!!
Mis apuntes de italiano.
Mis apuntes de italiano.

 

Slow Life

Es una pena (o no) que a través de internet sólo se puedan enviar palabras e imágenes. Hoy me hubiese gustado enviaros el olor de la lluvia de primavera cayendo sobre mi terraza, mientras yo, en la cocina, tecleaba frenéticamente, acompasando mi golpeteo con el de las gotas. Y eso, me ha recordado al movimiento Slow, del que hace tiempo os prometí que hablaría…

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Y es que la asociación Slow Food (comida lenta) surge en 1989 en Italia, como protesta por la inauguración de un McDonald´s en la Piazza Spagna de Roma y, aunque en un primer momento lucha contra la fast food (comida rápida), en realidad su ideario se enfrenta a la fast life (vida rápida).
Suena el despertador, ducha, unas galletas en el atasco, trabajar, comer algo frente al ordenador, más trabajo, más atasco, cena y a dormir. En general la vida, especialmente en las grandes ciudades, va a un ritmo vertiginoso. Así es la sociedad occidental, que nos obliga a vivir rápido, a opinar sin pensar, a disfrutar tal y como marca el mercado. Una sociedad de consumo que convierte las necesidades, una vez satisfechas, en desechos, que justifica el despilfarro en pos de la superproducción, que margina todo lo que no se atiene a esas normas marcadas. Una sociedad en la que los objetos, los productos, las culturas e incluso las personas son de usar y tirar. Una sociedad que nos presiona y que nos sobrepasa, porque muchas veces no somos capaces de entenderla, y que hace que, en general, pasemos por alto las pequeñas cosas. Una sociedad que, en resumen, nos empobrece y merma nuestra calidad de vida.
Y en esta sociedad, en este mundo, que ha visto caer las ideologías tanto de derechas como de izquierdas, el movimiento Slow Foodque desde el idealismo, la rebelión, el sentido del humor y el pragmatismo, se compromete con la producción alimentaria, la solución del problema del hambre, la protección del medio ambiente, la defensa de sistemas de producción y consumo sostenibles, las empresas económicamente viables y socialmente éticas, el comercio local y de cercanía y la creación de artículos duraderos – se ha ido asentando, de manera que hoy en día tiene más de 100 mil socios y representación en 122 países.
En palabras del creador de la asociación, Carlo Petrini “es necesario volver a echar raíces en el lugar, volver a conocer el propio entorno, volver a establecer relaciones sociales reales. Los consumidores tienen que conocer a los que les suministran alimentos, apoyar su trabajo e incentivarles para que recuperen las especies autóctonas”.
Y es que este movimiento, en los tiempos que corren, se ha convertido ya en una filosofía de vida, en el que participan personas interesadas en la cultura gastronómica (que, al fin y al cabo, es un tema democrático que nos iguala, que nos reconcilia socialmente), pero que no sólo se limita a la alimentación sino que también se extiende a todos los aspectos de la vida (además de comida slow, hay ciudades slow, sexo slow, educación slow). En conclusión el movimiento slow nos invita a levantar el pie del acelerador y pararnos a oler y a escuchar la lluvia que cae sobre nuestra terraza…¿lo intentamos?

 

Orvieto

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Estas fotos son en Orvieto, un pueblo que está a, aproximadamente, una hora de Roma, ya en la región de Umbria. Desde mi punto de vista, de todos los pueblos que he visitado hasta el momento por la zona, éste es el menos decadente.  Yo lo recomiendo fervientemente como excursión de un día fuera de Roma, porque tiene unas vistas fantásticas, enclavado como está en el cortado de una colina a casi 400 metros de altura. Además, no le faltan atractivos culturales, pues tiene una catedral – bastante parecida estéticamente a la de Siena – con una fachada espectacular y un interior que no le va a la zaga, con varias capillas de las que te dejan con la boca abierta (una de ellas pintada por Fra Angelico en el SXIV). 
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A la lista de intereses puedo añadir  una fortaleza, un par de pozos, (al de San Patricio de 62 metros de hondo y 14 metros de ancho hemos bajado), y muchas grutas que conforman el otro Orvieto, en este caso subterráneo. Esto a modo de resumen, pues podríamos sumar también las torres medievales, los palacios, las iglesias…

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Es muy agradable pasear por sus calles, en las que te sientes felizmente trasladado, y en las que puedes encontrar tanto un momento de retiro (si te alejas un poco de las zonas principales), como gran animación, pues es un pueblo donde mucha gente va a estudiar italiano y donde los “romanos” van a pasar el fin de semana. Así hay cantidad de comercio variado, tiendas de productos típicos, bares y restaurantes. Y ahí llegamos a ese punto que me vuelve loca…la gastronomía.
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Entre lo típico de la zona destaca la trufa negra, la carne de jabalí y la polenta. En cuanto a la pasta típica del pueblo se llama umbricelli y son una especie de espaguetis gruesos, en forma de nudo y hechos a mano. Por cierto…¡¡todo delicioso!!  
Como digo, un sitio muy recomendable.

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Momart

Acabo de llegar, enciendo el ordenador para escribir esta entrada y no puedo evitar sonreír, pues la primera página que se abre es una que estuve mirando antes de salir, y que trata sobre dietas “detox” (es decir, desintoxicantes). Y me rio, porque una cosa es lo que uno quiere hacer y otra lo que en realidad ocurre. No puedo darle la espalda a la realidad, me pasa con la dieta “detox”, (que yo lo intento, pero hay un arte culinario tan apetecible ahí fuera que es imposible resistirse),  y me pasa también con el blog, pues yo hoy tenía previsto escribir sobre otra cosa, sin embargo, finalmente os voy a hablar del restaurante en el que estuvimos cenando hoy; está en el barrio de Bologna y se llama Momart. La aglomeración a la entrada era tremenda y es que el aperitivo allí tiene mucha fama pues por 10.50 €, aparte de la bebida, hay un buffet escandaloso, donde tanto el aspecto, como la variedad eran más que apetecibles, pues consistía en una zona de ensaladas, fiambres y otros platos fríos y después una barra de la que salían constantemente diversos tipos de pizza. Los cocktails, por cierto, también tenían muy buena pinta.  Aunque nosotros, para no tener que esperar, hemos cenado a la carta, por una calidad/precio bastante buena. He leído además que dan brunch todos los fines de semana y festivos, así que, como siempre…¡habrá que volver!
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