Llueve sobre mojado

Día “capicúa”…o algo parecido.
Mañana de sábado soleada y agradable.
A las dos de la tarde, el viento hasta el momento susurrante, sopla con fuerza y la oscuridad se abalanza violentamente sobre la ciudad y comienza a llover, como sólo sabe llover en Roma.
Después…
Villa Ada
Villa Ada
 Tarde de sábado soleada y agradable. Otra vez.

 

Luces y sombras

Me aferro a los clásicos y digo…”hoy tengo un día de esos en que mandaría todo a hacer puñetas, en que firmaría con gusto el acta de mi rendición”.
Y es que hoy pido licencia para escribir un mail protesta y quejarme de una manera contundente de los italianos. En primer lugar, porque estoy harta de que me abronquen. Y aquí hago un apunte lingüístico, porque abroncar es una palabra que suena dura, agresiva, que parece casi un insulto. Así que podríamos decir que es una palabra sincera, porque suena como es. Y no como los italianos que faltan a sus propias promesas con sangre fría y gran desconsideración. Y, por más que lo intento, no lo entiendo Porque de repente un día te encuentras con un italiano y te dice “¿Hacemos tal cosa?”. Y tú, inocentemente, dices “Sí, claro, ¿cuándo?”. “¿Pasado mañana?” – preguntan, aunque en realidad afirman, mientras parecen revisar mentalmente su agenda. Y tú, al tiempo que de verdad echas una ojeada mental a tu agenda, exclamas “Estupendo”. Y hasta aquí te he visto. Pueden pasar semanas hasta que te vuelvas a encontrar con esa persona que, como si nunca antes hubieseis hablado, vuelve a repetir casi al dedillo la misma conversación. Pero tú  después de tropezar varias veces con la misma piedra, al final aprendes, te vuelves un descreído y lo que es peor, a veces, incluso sarcástico. En fin…vuelvo a aquello de lo que estaba hablando: las broncas. Y es que, desde que estoy aquí me han reñido ostensiblemente por cosas tan variopintas como: Entrar en una iglesia y no persignarme, visitar un museo y que el niño tocase (levemente) la cuerda que separa la zona donde no se puede pasar, por aparcar con coche diplomático en una zona para coches diplomáticos, por pretender tocar un vestido en una tienda de ropa, por señalar durante unos doscientos metros un giro a la izquierda en bici y luego, osada de mí, pretender hacerlo.
¡¡¡Y hoy ya estoy harta!!!.
Las luces y sombras de Roma.
Las luces y sombras de Roma.

 

Il cinema dei piccoli

En Villa Borghese hay una pequeña casita de madera, pintada de verde, que es en realidad una sale de cine para los más pequeños. Il cinema dei piccoli lleva funcionando desde 1934. Al principio sólo proyectaba películas de dibujos animados y pronto a la casa le pusieron unos ojos como los de Micky Mouse (Topolino aquí en Italia) y por eso, aunque la Disney finalmente no dio el permiso para usar ese nombre, muchos aún le conocen como el Cinema Topolino.

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Esta sala ostenta el récord Guiness de ser el edificio dedicado al cine más pequeño del mundo. A la derecha, está la taquilla, donde apenas cabe una persona, que además de venderte la entrada, se encarga también del agua, las palomitas y las chocolatinas. A la izquierda hay un pequeñísimo baño. Y al fondo está la sala, que sólo tiene 60 butacas. Para intentar cubrir los costes y mantener la actividad, a lo largo de los últimos años se han ido reinventando. Así, además de dos sesiones de tarde para los niños, hacen una sesión nocturna de películas de ensayo y autor y, además, por la mañana, pasan documentales y películas para las escuelas cercanas.
Hoy el ojazos y yo hemos visto “Gooool”, la película de Campanella que en España se estrenó como “Futbolín” y que, por alguna extraña razón me ha recordado en algo a lo que ocurrió el pasado sábado. No doy más pistas, pero el que no la haya visto…¡ya sabe!

Nutella

Creo que a estas alturas ya sabéis todos que me gusta vivir en Roma, sin embargo, para esos momentos de bajón, (que hoy no es el caso), no hay nada como endulzarse un poco la vida…
Para ello, hay que hacer historia y remontarse a 1807, cuando en Turín, en plena ocupación francesa, un cocinero, ante la escasez de cacao, decidió comenzar a mezclarlo con avellanas. Y así nació la gianduia. Mucho después, en 1964, en pleno milagro italiano, Giovani y Pietro Ferrero, lanzaron al mercado italiano (y luego mundial) una variante de la gianduia, expresamente pensada para untar en los bocadillos y meriendas de los escolares (y de los que ya pintaban canas), una crema que se enfrentaría comercialmente a la mantequilla de cacahuete americana y que los piamonteses bautizaron con un nombre compuesto por la palabra inglesa nut- (fruto seco) y el sufijo italiano -ella. Y el resultado sabe tan dulce y delicioso como suena.
La nutella, en una sabia decisión de marketing, se ha presentado al mundo en más de ochocientos tipos de envases, entre tarros, tarrinas, jarras y frascos, para que el comprador, además de obtener la crema de chocolate, se convierta en coleccionista. En Italia, en el año 2012 se consumieron 800 gramos por habitante y año. Supongo que esa cifra habrá crecido ostensiblemente desde que nosotros vinimos a vivir aquí :).

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Italia

Dicen que una vez alguien sentenció “Italia es como una diva de la Ópera, todos la admiran, pero nadie la comprende”. Y yo, cuanto más la conozco, más de acuerdo estoy con esa afirmación. Ay Italia, Italia, Italia, de mis alegrías y desvelos.

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Nueve

La verdad es que no me puedo creer que hoy haga ya nueve meses y un día que llegamos a Roma. Aterrizamos en verano y ya estamos desempolvando de nuevo los pantalones cortos y las camisetas de tirantes. De la misma manera, no termino de creerme que ya hayan pasado seis años, siete meses y diecisiete días…y es que mañana mi rubia se va de casa por primera vez…en esta ocasión a pasar cuatro días con sus compañeros de escuela a una casa rural por los Abruzzos. Y es difícil explicar la cantidad de sensaciones que he tenido estos días: por un lado la emoción compartida al preparar juntas la maleta, la tristeza por su excitación descontando días, el miedo al dar las últimas recomendaciones, el vértigo del tiempo que pasa y que nunca estás totalmente seguro de estar aprovechando de la mejor forma. Pero como, afortunadamente, no ejerzo de madre coraje, ni soy en exceso protectora, el sentimiento que predomina ahora mismo es el de satisfacción, por haber contribuido a que la rubia, pese a sus momentos, sea tan autónoma y feliz. El otro sentimiento que me domina, es más bien un deseo, el de que disfrute, que disfrute mucho y guarde siempre en su memoria los buenos momentos.
Tempus fugit…dichosos los que tenemos la suerte de disfrutarlo!
Madera de la cuna de Jesús en Santa María la Mayor.
Madera de la cuna de Jesús en Santa María la Mayor.
  

 

Villa Torlonia

Lo bueno y lo malo de Roma es que, meteorológicamente, uno nunca sabe cómo va a desarrollarse el día. Hay que ir preparado para todo. Hoy por ejemplo, el tiempo ha sido muy primaveral, es decir medio loco, y así cuando nos hemos levantado el cielo estaba encapotado (¿quién lo desencapotará?), pero sin embargo, a lo largo de la mañana ha ido saliendo el sol para quedarse y terminar calentando de lo lindo. Nosotros ya habíamos decidido hacer un picnic con mi amiga la belga y su familia en Villa Torlonia. Esta villa no es más (ni menos) que otro de los parques de Roma que, aclaro, es la ciudad europea con más espacio público verde, exactamente 87.000 hectáreas de verde, el 68% del territorio de la ciudad.
Al fondo la pequeña residencia de Mussolini.
Al fondo la pequeña residencia de Mussolini.
La historia de Villa Torlonia está marcada por muchos nombres y muchas restauraciones, pues muchos han sido sus ocupantes desde que en 1797 un Torlonia se la comprase a un Pamphilj. A partir de ahí, comenzó una restauración que  conllevó la construcción de varios edificios (que aún hoy en día siguen en pie y que son a cual más espectacular) e incluso a la edificación de dos obeliscos de granito rosa. Además en 1919 fue descubierto un gran cementerio judío subterráneo. Posteriormente entre 1925 y 1943 le regalaron la Villa a Mussolini que la convirtió en su residencia. Después de la Segunda Guerra Mundial, entre los años 1944 y 1947, acogió a las tropas aliadas. Después fue abandonada hasta que en 1977 la compró el Ayuntamiento de Roma que un año después la abrió al público.
Como no está muy lejos de nuestra casa, hemos decidido ir en bicicleta en un paseo (entre el tráfico) de unos quince minutos. Y hay que reconocer que es un lugar ideal para nosotros y para todos aquellos que no tenemos la suerte de tener un jardín de, al menos, 500 metros, en el centro de Roma. Una buena excusa para pasar el día entre amigos, a la sombra de algún árbol (desde pinos a palmeras) y comiendo en el suelo y con las manos. Es decir, un buen lugar para descansar, olvidar, disfrutar y coger fuerzas para seguir caminando.