Bienvenidos al Sur 4: Capri y Nápoles

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Tal vez lo peor que hemos hecho en Capri haya sido llevarnos el coche: por el dineral que cuesta cruzarlo en el ferry y también porque se trata de una isla lo suficientemente pequeña (diez kilómetros cuadrados) como para moverte a pie, en funicular, autobús o, incluso, en taxis descapotables. Lo mejor seguramente, dejarnos llevar por los senderos que conducen a lugares paradisiacos junto al mar, en esos momentos mágicos, a la salida o la puesta del sol, que siempre tienen algo de misteriosos, de momento ideal para sortilegios y buenos deseos. Por ejemplo, hoy a las siete de la mañana nuestros ojos veían este paisaje…

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…no en vano Pablo Neruda, Rilke y otros poetas se dejaron guiar por sus musas (y sus amigos, que en muchos momentos son coincidentes) hasta esta pequeña isla del Mediterráneo (aunque eso fue hace mucho tiempo, antes, seguro, de que  existieran los cruceros :))

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Y después, de vuelta a Nápoles. Sorprendiéndonos una vez más con el buen trato que los italianos son capaces de dar cuando están agradecidos. Y es que hoy nos hemos dejado cuidar por unos compañeros napolitanos de maridísimo que nos han hecho de guías por la ciudad, y nos han llevado hasta el Castillo de San Telmo, donde la vista se pierde entre en Vesubio y el mar, un lugar inolvidable.

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Y después, por si fuera poco nos han llevado a comer a una terraza francamente recomendable en la zona más “chic” de la ciudad, que también la tiene. Sorprendente Nápoles, por sus contrastes y su intensidad. ¡¡Un gustazo de fin de semana (largo)!!. Ahora de nuevo en Roma…

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Bienvenidos al Sur 3: Capri

A ver, vale, hay días en que uno se levanta cruzado y encima si todo se va encadenando mal, pues se cruza aún más y termina viendo el vaso derramado, ni siquiera medio vacío. Es probable que hoy haya tenido uno de esos días, con lo cual, advierto que las opiniones que voy a verter aquí sobre Capri es posible que no tengan más fundamento que mi mal humor. Quizá.
Ensalada caprese.
Ensalada caprese.
He sido “coaccionada” para venir a Capri. Sí, pero no por maridísimo, ni por los genitori, ni mucho menos por la rubia o el ojazos. Me dejé llevar, este verano, por un redactor del Viajero de El País. El mismo que escribió cosas tan maravillosas de esta isla que no pude por menos que dejarme embaucar por sus palabras y volar, ya en sueños, hasta aquí. Y no, no estoy decepcionada, porque lo que el periodista contaba es cierto, la isla es preciosa, y sin embargo no creo que vuelva. Pero por culpa de los seres humanos, que somos los que la hacemos difícil de disfrutar.
El arco natural.
El arco natural.
Y es que, ya nada más bajar del barco, te sientes como una merina más, entre las hordas de turistas que van a pasar unas horas en la isla. Después, en la oficina de turismo te tiran el mapa a la cara, un policía municipal te insulta porque te equivocas de calle (ni se os ocurra pasar el coche), el del parking te trata de timar, al comer te cobran un 20% de servicio…Y es que los capreses no nos necesitan. Y Capri mucho menos. Gente que sube, que mira, fotografía, consume, baja y se va. Y mañana vendrán otros. Eso es todo. Y así nos tratan. Como a uno de esos limones con los que hacen limoncello: nos estrujan tratando de sacarnos toda la pulpa. 
En cambio, las callejuelas estrechas que se entrecruzan formando un laberinto misterioso, Capri, Anacapri, los senderos que conducen entre el verde hasta el mar, las rocas dibujando formas maravillosas, las puestas de sol perdiéndose sobre el mar…¡¡todo eso es espectacular en Capri!!.
Puesta de sol en el faro de Anacapri.
Puesta de sol en el faro de Anacapri.

Bienvenidos al Sur 2: Vesubio, Pompeya y Nápoles

Es difícil resumir en solo unas pocas líneas todo lo que hoy hemos visto, percibido, sentido…
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Nos hemos levantado muy temprano – ¿por que los españoles después de tanto tiempo aquí no dejaron las persianas? – hemos desayunado con vistas al Vesubio y para allá nos hemos ido más pronto que tarde. Hay que coger una carretera con muchas curvas, pues en apenas diez kilómetros se suben más de ochocientos metros. Al llegar al aparcamiento, hacía viento, mucho viento, pero nuestras ganas eran más fuertes. Así que hemos cogido el camino de piedras que, en unos veinte minutos, a pie te lleva hasta el cráter. ¡¡¡Impresionante!!!. Espectacular el camino de subida con vistas al Golfo de Nápoles, impactante la vista del cráter, aún con unas pocas fumarolas encendidas, indescriptible la sensación de estar allí, junto a toda la fuerza, ya aplacada, del volcán. En cuanto a los datos más prácticos, os diré que el precio para entrar (es un parque natural) es de diez euros y mi recomendación es llevar ropa de abrigo y unas buenas zapatillas (aunque también se puede subir – y bajar, que es peor – con pantalones piratas y bailarinas, doy fé). Para mí una visita indispensable.

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Desde allí nos hemos acercado a Pompeya, que está bastante cerca, y hemos entrado en las ruinas. He de advertir aquí que en principio no había demasiado entusiasmo general por la idea y creo que era yo la única que verdaderamente quería ir y más por curiosidad que por verdadero interés.
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Sin embargo en las apenas dos horas en las que hemos paseado por allí (no hay que abusar ni de los niños, ni de los abuelos), hemos descubierto un lugar ciertamente interesante. Un pueblo creado hace 2700 años y posteriormente conquistado por los romanos y que sufrió toda la ira del mismo volcán junto al que, tan sólo un rato antes, habíamos estado. El mismo volcán que lo sepultó y, precisamente por eso, lo convirtió en inmortal para la historia.

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Allí mismo hemos comido, con más pena que gloria, y después nos hemos dirigido de nuevo a Nápoles, a donde se llega, por la autopista, en tan sólo un cuarto de hora. Y nos hemos lanzado a descubrir Nápoles, después del aterrizaje de ayer. Así nos hemos acercado al Quartiere Spagnolo y también al centro storico. Y…¿cómo definirlo? Nápoles es una ciudad que, en ningún caso, puede dejar indiferente. Impresiona, eso seguro, porque es una ciudad diferente a casi todo lo visto antes, al menos a todo lo que uno puede encontrar en Europa. Y es una ciudad con mucho carácter, carismática, llena de sorpresas. Las calles del centro son estrechas y caóticas, pues en ellas convive mucha gente de todo tipo, con coches y motos, pero también con la basura, los puestos callejeros, la ropa tendida, los árboles, las procesiones…¿qué más se puede pedir?
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Pues se pueden pedir edificios bellos, avenidas anchas, Basílicas llenas de barroco, plazas vitales, una Catedral con santo milagroso y catacumbas, un castillo, una Cartuja con vistas, calles comerciales e incluso – por pedir que no quede – se puede desear gente dispuesta a agradar (aunque un rato antes o después estén a punto de atropellarte, sin ni siquiera pestañear)…¡¡pues todo eso lo tiene también Nápoles!!. Ah…y la pizza, también tiene la pizza Nápoles. 🙂

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Bienvenidos al Sur: Nápoles

Precisamente ayer por la noche vi en la televisión, por casualidad, esta divertida película italiana: “Bienvenidos al Sur”, donde un funcionario milanés era “castigado” con un nuevo destino en Nápoles.

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Hoy soy yo la que me encuentro en Nápoles. Es lo bueno de estar a punto de entrar en una edad peligrosa, que te puedes poner caprichosa como cuando eres una niña y pedir por esa boquita, más aún cuando mis “genitori” se encuentran aquí de visita y me dan la excusa perfecta para seguir descubriendo el país. Esta tarde cuando hemos llegado ya estaba anocheciendo, así que reconozco que por ahora mi opinión no cuenta mucho, pero también he de decir que con sólo un paseo por el centro he podido entender perfectamente la premisa sobre la que gira la película en cuestión y es que en comparación con Nápoles, Roma me parece tranquila, silenciosa y ordenada, porque… ¡¡¡esto es un caos!!!. Hay que correr para no ser atropellado, los pitidos, los gritos, la música se mezclan para formar la banda sonora de la ciudad, todos los bares y restaurantes tienen un expositor en la calle como modo de atraer la atención del posible cliente y también para impregnarlo todo de olores, olores deliciosos que se mezclan con otros pestilentes, pues la basura se apila en forma de montañas, mientras la gente, a su lado, charla tranquilamente, sentada en sillas o incluso sillones que han colocado en medio de la calle…
Mañana más de este Sur extraño, pero excitante…

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Fontana della Barcaccia

Desde hace ya unos días, podemos navegar de nuevo sobre el barco en tierra de la Piazza Spagna, y volver a disfrutar de la fontana della Barcaccia, que está decorada con soles y abejas, emblemas de la familia Bernini que fue la misma que la construyó (padre e hijo) en 1627. La fuente está resplandeciente, más blanca que nunca, después de meses tapada para evitar las miradas indiscretas de los turistas en las tareas de restauración.
¡¡Más bonita que nunca la Piazza Spagna!!

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La Papisa Juan XIII

Hoy, en uno de esos libros sobre Roma que de vez en cuando os enseño y que, aún más de vez en cuando, leo, he encontrado una historia muy curiosa y divertida, una de esas anécdotas romanas que me apetece compartir con vosotros…voy a ello.
Resulta que en el Medievo cobró forma la leyenda que decía que en torno al año 850 dC había existido una Papisa en Roma. Una mujer que llegó de Alemania y que, para acceder fácilmente a la cultura que, por aquella época, estaba vetada a las mujeres, se hizo pasar por hombre. Y fue así, de monasterio en monasterio, que terminó haciendo carrera eclesiástica, con tal suerte que acabó siendo elegida por unanimidad para ocupar el sillón de Pedro. Cuenta también la misma leyenda que dos años y medio después, en medio de una procesión, el Papa se bajó apresuradamente del caballo que montaba y, delante de todo aquel evento popular, se puso de parto. Aquí, la leyenda tiene dos versiones, una dice que murió allí mismo (no se sabe si de muerte natural o apedreada por los fieles engañados) y otra que la encerraron a ella y al niño en un convento para expiar la culpa.
Foto de http://pietersteinz.com
Foto de http://pietersteinz.com
En todo caso, parece ser que esta leyenda concreta no tiene fundamento histórico, pero lo que sí que es cierto, a tenor de lo que aparece en muchos escritos, aunque nunca ha sido confirmado por la Iglesia católica, es el ritual para determinar el sexo del nuevo Papa. Un antiguo ritual por el cual el Papa, tras su elección, debía sentarse en un sillón que se caracterizaba por tener un agujero en el centro, por donde, dicen, el cardenal más joven comprobaba que no les daban gato por liebre, es decir, que “habet duos et bene pendentes”. Aún se conservan dos de estos sillones papales, uno en el Louvre y otro en los Museos Vaticanos. Así que si vais y la veis…¡¡ya sabéis la utilidad!!
Foto tomada de la red
Foto tomada de la red