Comer en los parques

Primer picnic de la temporada y yo aún sin mi cestita de Caperucita. Maravillosa jornada la de hoy con esta incipiente primavera que ha llegado cuando aún febrero se nos escapa de las manos. Impresionante el parque Doria Pamphilj, el más grande de Roma.
Me gusta que los italianos no tengan ese pudor tan nuestro y no les avergüence comer por las calles o en los parques…¿quién puede rebatir que comer unos filetes empanados, una tortilla o un trozo de pizza bianca tumbado en el césped bajo el sol es un placer mayor?

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Il Bioparco

Tarde soleada y con una temperatura fantástica en Roma y los niños sin colegio, ¿qué podemos hacer? Opción final: Ir al Bioparco o, lo que es lo mismo, al parque zoológico. Nuestra primera vez en Roma.
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El Bioparco está en Villa Borghese y, aunque me ha parecido carísimo (15 euros adultos, 12 niños) y no muy grande – apenas cuidan de unas cuarenta especies animales – lo cierto es que el lugar es fantástico para un paseo primaveral.
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Aunque también es verdad que cada vez que voy a un parque zoológico me da lo mío y comienzo a acordarme de esas cosas extrañas, como el pobre bosquimano de Banyoles o el brazo incorrupto de Santa Teresa, que no sé cómo ni por qué, a los humanos nos da por guardar y, lo que es peor, exhibir, y termino preguntándome qué hace una familia de canguros en el centro de Roma. Aunque cuando veo a los niños, incluidos los míos, señalarles con el dedo, sin poder cerrar la boca, comprendo que esos canguros enseñan a respetar a los animales y a la naturaleza más que cualquier libro. Algo es algo. 

Los ojos que miran Roma 4

Con un poco de retraso llega este mes la cuarta entrega de “Los ojos que miran Roma”, la visión y la historia de los romanos que no nacieron en Roma…que somos muchos y de muchas partes.
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Nacionalidad: Peruana
Tiempo en Roma: 20 años
Trabajo: Empleada doméstica y camarera.
Idiomas que habla: Español e italiano.
Razón que la trajo a Roma: Vivía en Perú, en casa de mis suegros y quería tener una casa propia. Mi hermano vivía en Italia y me animó a venir a trabajar. Y vine sin papeles, embarazada y con una hija de tres años. Cuando llegué tuve que vivir en una casa con otras diez personas y comer en Cáritas. Pero en aquel momento había mucho trabajo y enseguida conseguí salir adelante, aunque tardé más de tres años en tener la tarjeta de residencia. Cuando tomé la decisión de venir creía que sería por poco tiempo, pero por suerte las cosas nos han ido bien y ya llevamos veinte años.
Lo que más le sorprendió cuando llegó: Me sorprendió todo, yo era muy joven, nunca había salido de mi casa y de repente estaba en un país diferente, con otro idioma, donde nada era como yo lo conocía y lo tuve que aprender todo…¡¡hasta a planchar las camisas!!
Lo que aún le sorprende de Roma: Ahora ya no me sorprende casi nada. Bueno, las mujeres italianas son muy bravas, son las que verdaderamente llevan los pantalones dentro de casa.
Cómo definirías a los italianos: En lo positivo, diría que son muy familiares. Además, les tengo admiración porque aquí no te dejan morir, siempre te dan una oportunidad, aunque no tengas nada. Mi hijo nació con una cardiopatía cuando yo aún no tenía papeles y en el hospital le sacaron adelante sin cobrarme ni una lira. Pero, en lo negativo, diré que a veces me confunden porque nunca se sabe bien por dónde van a salir, cuesta saber cómo se encuentran en realidad. 
Lo que menos le gusta de Roma: Antes era más tranquila, ahora hay más delincuencia.
Cree que se quedará para siempre en Roma: El tiempo lo dirá. Supongo que me quedaré, porque aquí están mis hijos y ya también mis nietos.
Su lugar favorito de Roma: San Pedro del Vaticano, sin lugar a dudas.

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Escaparates

Pasear por una ciudad que guarda tesoros accesibles a todos desde hace más de dos mil años es lo suficientemente fascinante como para no tener que ir fijándote en los escaparates. A mí, creo que ya lo he dicho alguna vez, no me gusta nada comprar en general e “ir de tiendas” en particular. Me aburre. Sin embargo, de vez en cuando, algún escaparate me sorprende y me incita, incluso, a cruzar la acera.
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Qué cosas más variopintas puedes encontrar en las tiendas romanas. Qué raros somos todos…hasta las tiendas…o, lógicamente, serán los dueños de las tiendas los raros. A continuación os dejo una pequeña representación de estas “rarezas” romanas, para que os entretengáis con ellas:
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Una tienda donde todo el año es Navidad; una de líderes comunistas orientales (que alguien me ilumine, porque no sé si son chinos o coreanos) y, por supuesto, la más típica, la tienda de menaje eclesiástico (donde Enric González decía que había que comprarse al menos unos calcetines rojos de cardenal, para ponerse en las “ocasiones especiales”…aunque yo aún no lo he hecho).

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Intentaré seguir coleccionando imágenes de estos grandes espectáculos que se nos presentan a través de un cristal en un pequeño escenario comercial y callejero. Ejemplos hay muchos, sólo hay que encontrarlos y compartirlos.

Nostalgias

A veces está bien no ser la única con ataques de nostalgia en la familia, me quita un poco esa sensación de inadaptada y emocionalmente débil que de vez en cuando tengo. Pero esta vez, por variar, ha sido maridísimo el que ha tenido un momentito ñoño, él que es el rey de Roma, el romano más feliz, ya ves…ha echado de menos a su familia de origen, a sus amigos y todo lo que construimos juntos en Madrid y ha comprado unos billetes para irnos a pasar cuatro días allí.
Así que el blog se toma un fin de semana largo, pero durante estos días me tendréis como siempre campeando por las calles madrileñas…y en breve contándoos otra vez Roma.

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Mo mo Republic

Si os digo “Bienvenidos a la república independiente” la mayoría contestaríais “…de mi casa”. No me gusta nada IKEA, pero hay que reconocer que sus campañas publicitarias son espectaculares. Al César lo que es del César.
Pero hoy fue en otra república independiente en la que estuvimos, en la República de Mo Mo, una hacienda de principios del S.XX, en pleno barrio de Monteverde, reconvertida en restaurante.
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El edificio de 700 metros cuadrados es imponente, con un aire retro de entreguerras, al que sólo le falta una maitre con moño, labios rojos y una buena falda de tubo por debajo de las rodillas. Pero el personal de este restaurante no es así. En realidad no tendría que haber escrito ese “pero”, porque suena a contrariedad y, sin embargo, aunque no sean así, sí que son guapos y atentos, pero a la vez discretos. La decoración mantiene el aire retro, aunque los tonos tan sólidos, blanco y negro, lo hacen demasiado estándar. Pero el lugar es espacioso y agradable; y los cuartos de baño muy chulos. 
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Al mediodía (al menos de diario, como es el caso) se puede comer de carta (no la he visto) o de buffet (a 10 euros + bebida). La comida fundamentalmente basada en ensaladas, verduras cocinadas de diferentes maneras, algo de embutido y queso, pastas varias y algún tipo de carne que hacen en el momento en la plancha. Y por último una razonable disposición de postres. 
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No queda a mano, porque está a unos cinco kilómetros de Piazza Navona, lo que en conversión espacio-temporal romana, quiere decir casi media hora en coche, pero ha merecido la pena. Además, me parece que en primavera se hará indispensable un aperitivo en esa terraza maravillosa que rodea al edificio (con piscina y todo). ¿O no?

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Santa Cecilia

Primavera. Recién llegas. Ya te noto. Sol, luz, veinte grados y ganas, ganas, ganas. Qué irónicamente largo se me hace siempre febrero. Tal vez más en Roma. Esta mañana, por ser miércoles, en vez de correr, me he dado una caminata eterna (más de 12 kilómetros) recorriendo la ciudad bajo el sol. ¡¡Qué alegría la luz y la sombra, los cuerpos que empiezan a mostrarse aún níveos, las sonrisas brillantes que ya no se esconden bajo una bufanda, los puestos callejeros que ya asoman!!. Y sin parar de caminar, he llegado hasta el Trastévere y he encontrado, por casualidad, que creo que es la única manera de encontrarla, la iglesia de Santa Cecilia, mártir romana y patrona de los músicos, de los poetas y de los ciegos.

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En este mismo lugar, renovado en el S.XVIII, hubo una iglesia altomedieval en el S.IX y aún antes, en la época imperial, en el S.III, hubo una casa propiedad probablemente de Valeriano, marido de Santa Cecilia. Aquí, tras  denunciarla por cristiana, la echaron al fuego pero, como salió ilesa, optaron por degollarla, con poquita destreza eso sí, pues murió en su casa tras tres días de agonía. Los restos de la casa están excavados bajo la iglesia, y se pueden visitar pagando el precio de la entrada (2.5€).
Otra iglesia más en Roma y ya van…¡¡un día voy a contarlas, hombre!!

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