Estampas de octubre

20151029_153121_resized

Acaba el mes de octubre. 2 años y 2 meses en Roma. Y hay veces en que me parece que fue ayer, o que nunca me acostumbraré, y otras pienso que llevo aquí toda la vida. Y hay momentos en los que me siento como si hubiese aterrizado en otra galaxia, y otros en los que simplemente me maravillo de esos pequeños lujos cotidianos que algún día echaré de menos, de esas estampas mágicas que ahora forman parte de mi día a día. 
20151031_160351_resized
Para muestra os dejo tres botones: una mañana soleada en San Juan de Letrán, un atardecer pintado de malvas en el lago de Martignano y un espectáculo nocturno  de magia y fuego en Piazza Navona. ¡¡A disfrutarlas!!

20151031_185000_resized

Consumar en Pigneto

20151030_191357_resized
Y no, no hablo de llevar a cabo algo, ni de lanzarse a lo loco en los brazos de Eros, me refiero más bien a los  problemas de esta española con la lengua italiana. Y es que a veces los dos idiomas son tan similares que uno termina pensando que con cambiar la entonación basta y, pese a que hay bastante margen de acierto, también es verdad que muchas veces terminas fallando. Y después de confundir la consumación con la consumición (¡vaya error!), me percaté de que, aunque es parecido, no es exactamente lo mismo irse de tapas y cañas por Lavapiés, que tomarse el aperitivo en el Pigneto. ¡¡Aunque lo consumamos todo!! 😛

 

 

La Grande Bellezza

Dice el protagonista de la película que os traigo hoy, que ya ha llegado a una edad en la que no se siente obligado a hacer cosas que no le apetecen. Yo sin embargo no he debido llegar aún a esa edad, porque vi “La Grande Bellezza” con pereza, sin interés por el tema y con pocas expectativas. Pero salía Roma, así que…¡había que verla!. Y ahora, a posteriori, me reconozco tan impresionada, que justifico totalmente las críticas que la han ensalzado y los premios que ha recibidos.

La película comienza con un paseo diurno por el Gianicolo y con un turista oriental que, junto a la residencia del Embajador español, se desvanece, supuestamente por el Síndrome de Stendhal, ante la vista de tanta belleza. De repente la secuencia cambia y en medio de una salvaje Roma nocturna, se nos presenta al protagonista. A partir de ahí el prota y sus amigos, todos intelectuales, frívolos, prepotentes pese a no haber cumplido ni una sola de las expectativas que despertaron en su juventud y aún a medio fraguar a sus más de sesenta años, van desgranando sus miserias morales en la interminable noche romana. Y el personaje – interpretado magistralmente por Toni Servillo – participa por completo del show de la noche, del sexo, de las drogas, de la muerte y del arte contemporáneo, con una mirada a veces escéptica y a veces un poco condescendiente. Hay varias secuencias que me han impactado especialmente, tal vez por conocidas en esta vida romana. Fulminante el monólogo con el que el protagonista diagnostica a una de sus amigas durante una charla en la terraza de su casa con vistas al Coliseo. Divertidísimamente real la sesión multitudinaria de bótox llena de caras cada vez más monstruosas e inexpresivas. Desalentador el cardenal más preocupado de lo “humano” que de lo divino. Agónico el mundo nuevo que muere alrededor de la decadencia y la miseria de lo antiguo. Y es que la decadencia de Roma, no sólo está en sus ruinas arquitectónicas, también en el aprecio cada vez mayor por lo superficial en detrimento de lo esencial.  

Veneto 4: alojamiento y gastronomía

Los alojamientos en Venecia son caros, muy caros, sobre todo si decides reservar un par de días antes. Menos mal que vino Airbnb a salvarnos la vida. Y no es que consiguiésemos un chollo, pero al menos encontramos algo que no se nos iba totalmente de presupuesto y que no estaba mal: un apartamento pequeño, de dos habitaciones y sofá cama, en la zona de Canareggio, a unos veinte minutos a buen paso de la Piazza San Marco.
Desde allí recorrimos a conciencia la ciudad que nos gustó mucho. Los canales (mucho más limpios, pese a todo, de lo que los recordaba), la confluencia de barcas (desde las pequeñas lanchas a las lujosas góndolas), las calles estrechas (casi callejones) que se enlazaban como en un laberinto imposible en torno a plazas llenas de vida, los edificios majestuosos, siempre pendientes del acqua alta que sube y entra y lo llena todo, creando además el reflejo de otra Venecia igual de brillante, el aura del carnaval siempre presente y el ambiente de la ciudad, donde los pasos más turísticos se mezclan con los cotidianos.
El ambiente de hecho nos recordó mucho a ciudades del norte de España, primero porque el acento de la gente también es más suave y cantarín que el del centro de la península y después por sus pequeños bares de luz tenue, donde la gente tomaba una cerveza o un vino de pie, a veces incluso fuera (ahora que aún el tiempo lo permite) y donde además daban pinchos. 
IMG_3938
Los pinchos no los probamos, pero sí otras especialidades vénetas. Y es que, como ya os he repetido hasta la saciedad, la gastronomía italiana va mucho más allá de la pasta y la pizza, que también. Por ejemplo en el Véneto lo más distintivo es la polenta, incluso en algunos lugares los ñoqui no son de patata, sino de polenta. No en vano en el sur a los del norte les suelen llamar (no sin cierto retintín) polentoní. Otra especialidad típica de la zona son, obviamente, los pescados y los mariscos.
Aquí os dejo una pequeña exhibición de todos estos manjares. Empezamos por la verdura alla griglia (parrilla) y un antipasto con embutido y quesos típicos y por supuesto polenta en crema con champiñones. Seguimos por los ñoquis (en este caso unos de patata y unos de polenta, unos con tomate y otros con gorgonzola). Y continuamos por lo más típico de Venecia, las sardinas en saor, cocinadas con cebolla, pasas y piñones (como, por otra parte, las ha hecho toda la vida la mia mamma) y la seppia al nero (otro plato muy característico de la cocina veneciana que, pese a su pinta extraña, no son más que trozos de sepia cocinados en su tinta). Los dos platos iban acompañados por triángulos de polenta a la parrilla (hechos con polenta de maíz, leche, mantequilla, aceite y sal). Y por último, en Verona, encontramos un sitio especializado en cotoletta, que es el filete de ternera empanado y cubierto con ingredientes al gusto. La cotoletta en realidad es un plato típico milanés, pero en este sitio de Verona estaba verdaderamente rico, acompañado de queso y jamón cocido…¡¡y de tamaño gigante!!. Para cerrar os dejo con las galletas típicas de Burano, los buranelli, y con la sensación de que aún hay mucho que ver y probar en el Véneto, por eso sólo puedo despedirme como de costumbre, amenazando con volver.

Veneto 3: Venecia y Verona

Por falta de tiempo y, sobre todo por los excesivos 80 euros que cobran por un paseo de media hora en góndola, nos quedamos con las ganas de recorrer los canales desde el agua y no podíamos irnos de esta ciudad sin hacer, aunque fuese, un pequeño recorrido por el agua, pasando por debajo de alguno de los 450 puentes que unen las diferentes islas. Y la versión más barata (aunque no tanto) es la del vaporetto, que cogimos para ir hasta Piazzale Roma, donde habíamos dejado el coche. Un billete en vaporetto (el autobús local) cuesta nada menos que 7.5 euros. Siempre mejor que un taxi, por el que nos han pedido 65 euros…¡¡increíble!! 

 

Después nos montamos en el coche y en aproximadamente una hora llegamos a Verona, esa ciudad conocida especialmente por los amantes universales: Romeo y Julieta, pero que además esconde muchos rincones encantadores como el Arena (un teatro romano del año 30 donde hoy en día hacen óperas) o los sepulcros de los maravillosos señores de Verona (monumentos funerarios de estilo gótico, del S.XIV). 
Y además de otros edificios como el Duomo u otras iglesias, hay plazas llenas de edificios maravillosos y muchísimo ambiente humano, como la Piazza dei Signori o la Piazza della Erba (increíble con sus puestecillos y sus terrazas, entre grandes estatuas y edificios).
Luego está la parte más turística, la casa de Julieta, con su balcón y su estatua, donde hay que pelearse para buscar un hueco y tocarle un resplandeciente seno a Julieta. Suponemos que habrá alguna tradición al respecto y con el sobeteo te aseguras alguna suerte amorosa. Nosotros por si acaso lo hicimos. En todo caso, perderse por las callejas y tomarse un helado de Beso de Romeo y de Beso de Julieta siempre merece la pena.