Paloma Gómez Borrero

Digo yo, que en un blog como éste no puede faltar un recuerdo para Paloma Gómez Borrero a la que toda una generación de españoles (o más de una) no puede por menos que relacionar con Roma, la ciudad de la que tanto sabía y sobre la que tanto escribió. Y es que, aunque yo sólo he leído un libro suyo, uno sobre fantasmas romanos que me prestó un amigo, sé que también tenía alguna guía sobre lugares secretos de la ciudad, libro por cierto que intentaré conseguir, leer y compartir. Y hablando de escribir (y de leer), el sábado leí en la red social de una amiga una frase muy bonita que, refiriéndose a la Gómez Borrero, decía algo así como que le parecía imposible que una persona tan alejada ideológicamente de ella le pudiese gustar tanto. Yo lo suscribo, aunque en mi caso no me sorprende, pues mucha de la gente a la que quiero (o he querido en mi vida) está(ba) directamente en mis antípodas ideológicas, pero es que – por mucho que nos empeñemos – la mayoría de las veces lo de derechas, izquierdas, creyente, ateo, conservador, liberal…¡¡se queda tan corto para definirnos!!. Al final sólo son ideas, y lo que te une a una persona son los sentimientos. O no. Pero a ratos me gusta pensarlo. Os dejo más fotos de mi amiga villaodonesa que yo he perdido todo mi “legajo” romano 😦
 

De bilingües

Ayer leí el artículo de Mateo Sancho para GQ que se llama “Vivo en el extranjero desde hace años y no, no soy bilingüe”. La verdad es que me interesó el título, porque a veces termino sintiéndome un poco (más) estúpida teniendo que contestar que NO cuando, constantemente – y desde que llevaba unos tres meses aquí, no os vayáis a pensar – me preguntan “¿Vives en Roma? Uy, pues hablarás ya perfecto el italiano”. Y yo podría contestar “Como Dante lo hablo y lo escribo”, pero al final me complico en un montón de explicaciones farragosas sobre el caracter y la idiosincrasia del país que hacen que los dos idiomas sean mucho más diferentes de lo que en un principio podamos pensar desde ambos lados del Mediterráneo. Y el artículo, aunque Mateo viva en Nueva York y tenga que enfrentarse cada día al complicado inglés y no al “simple” italiano, me alivia y a la vez me reafirma en ideas que tengo claras, algunas desde hace casi veinte años, como el hecho de que, con quien quieres te entiendes sea como sea, con palabras o sin ellas, y con quién no, pues no, porque la barrera no es el idioma, sino la “química”. Porque la emoción va siempre por encima de la palabra y la palabra sólo provoca una emoción, si ésta ya ha existido previamente. No sé, igual me está dando lo mío. Pero en fin. Otra de las cosas de las que habla el artículo, y de ésta me he dado cuenta hace mucho menos, es que para ser verdaderamente bilingüe tienes que admirar la cultura del país, mucho más allá de su arquitectura, su historia o su literatura, tienes que admirar a los que hablan ese idioma y rebozarte de sus valores, sus cualidades y su manera de pensar y dejar un poco de lado los tuyos propios, dejar de ser un poco tú para ser ese otro tú que habla esa otra lengua. Yo, desde luego, no estoy por la labor, será por eso por lo que no llego a dominar ningún idioma. Y la tercera cosa, que sufro sobre todo cuando estoy con un grupo de italianos la especifica muy bien Mateo Sancho en su artículo y es que al final, independientemente de nuestro país de origen, hay algo que nos une generacionalmente, que es “la retórica, la vuelta de tuerca y las coñitas, métodos fundamentales de identidad y expresión” y cuando se entra en esos terrenos, yo lo que hago, como extranjera, es levantar un muro como el de Trump, dejarme llevar y quedarme sola con mis pensamientos, hasta que alguien me inquiere y me saca de ellos. O sea que yo también vivo en el extranjero hace unos años y tampoco soy (ni mucho menos) bilingüe, ya ves tú. Gracias por hacerme sentir que no soy un bicho raro 🙂

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El exilio

En este día primaveral y fantástico en Roma he terminado de leer por recomendación de mi amiga hispano-franco-italiana el libro “La tesis de Nancy”. El libro no es en italiano, no está escrito por un italiano, ni siquiera habla de Roma, ni de ningún lugar de Italia, aunque por supuesto hay un par de menciones (¿en qué libro no aparece alguna vez Roma?). Entonces ¿por qué lo traigo a este blog? No parece lo más adecuado, ¿verdad?. Pues porque este libro lo escribió un exiliado (y no por voluntad propia), Ramón J. Sender, y trata del contraste cultural y de las experiencias personales de una estudiante americana que hace su tesis doctoral en Andalucía. El libro, no hace falta decirlo, es de humor, de ese humor un poco quijotesco que no hace que te tronches, pero que te mantiene con una constante sonrisa durante su lectura, buscando el siguiente disparate o la próxima identificación. Y cuando he terminado de leerlo, yo, como exiliada, me he preguntado si soy más Ramón, el exiliado comprensivo y agradecido con su nueva patria, o Nancy, la estudiante que pretende integrarse sin hacerlo nunca del todo, interpretando frecuentemente su nueva realidad y las intenciones ajenas de una manera equivocada. Y probablemente no soy de ninguno de los dos tipos, porque no puedo decir cuántas veces al día digo “este país está loco” (sobre todo cuando voy en coche) o cómo he dejado ya de intentar comprender unas razones que, por más que me esfuerce, yo no entiendo. Así que ni adaptativa, ni intérprete, más bien superviviente del caos romano y enamorada al mismo tiempo de la ciudad. Porque al final, hay muchos tipos de exiliados, pero todos comparten una dualidad, la de intentar abarcar dos mundos, sin vivir realmente en ninguno. Y creedme, ahí, en menos de diez palabras, está resumida mi vida.

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Carlotto

(Me acabo de dar cuenta de que ayer escribí esta entrada y no la publiqué).
No sé si os acordáis de que el otro día os hablé de “Il Turista”, el libro que estoy leyendo. Su autor es Massimo Carlotto. Poco (más bien nada) sabía yo de él cuando elegí el libro por razones tan profundas como el llamativo color de su portada, que me llevó a leer la sinópsis, que me recordó la original idea de un buen amigo. Luego, ayer, hablando con una madre del cole que es escritora, y veneciana, le conté que me estaba leyendo un libro que trascurría en Venecia. Cuando se lo enseñé me dijo “¡Ah, Carlotto, ¿sabes su historia?!”. Evidentemente hoy estoy aquí para contárosla. Y es que resulta que este hombre, que hoy ronda los sesenta, en 1976, cuando tenía 19 militaba en un partido de extrema izquierda. Una noche mientras paseaba por Padua, escuchó en el portal de la casa de su hermana los gritos de una mujer y corrió hacia allí. Al llegar se encontró con una mujer de 25 años brutalmente apuñalada. Ya nada podía hacer por ella, así que asustado, huyó. Pero unos días después, ya más calmado, se presentó ante los Carabinieri para declarar como testigo, en cambio fue acusado de homicidio, principalmente por sus antecedentes penales relacionados con la militancia política. Y ahí comenzó su calvario judicial, pues Carlotto es una de las víctimas más famosas de los errores judiciales, ya que su caso es uno de los más largos y rocambolescos de la historia de Italia, con 11 procesos y 86 juicios. En todo caso, salió inocente en un primer juicio por falta de pruebas, pero tras el recurso, salió culpable y fue condenado a 16 años de cárcel. Pasó seis años en prisión, de donde escapó para ser fugitivo durante cinco años en Francia, en España y por último en México, donde le extraditaron a Italia para ser encarcelado de nuevo, de 1989 hasta 1993 en que recibió el indulto. Un indulto que él no aceptó, porque dijo que eso sería como admitir su culpabilidad. Libre ya, investigó todos los detalles de su caso y escribió un manuscrito con sus memorias que se publicó con gran éxito. Desde entonces escribe novela negra – lo único que según cuenta le salvo del horror de la injusticia – donde habla de la sucia relación entre la política, el dinero, el crimen y la justicia. Supongo que es su manera de vengarse.

El turista

Os dejo con el libro que me estoy leyendo ahora. Género negro. Y aunque nos haya robado la idea a mi amigo Helsinki y a mi, la verdad es que me ha enganchado. Un asesino en serie que nunca repite ciudad ni país. Un turista, un asesino vacacional. Ya mañana os cuento el Palazzo Colonna, porque lo hemos visitado hoy, pero hay tanto que contar, que no me da tiempo, porque ahora me voy a casa de unos amigos a la primera cena de Navidad.

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La Feltrinelli

En Roma, como ya os he dicho en más de una ocasión, son más de pequeñas tiendas que de grandes superficies internacionales, por eso, que yo conozca, no hay Fnac y sin embargo sí que hay varias Feltrinelli por toda la ciudad donde puedes comprar libros en varios idiomas, películas y también material de papelería o juguetes. A mí me encantan las librerías, me emociono con su peculiar olor a papel y con las portadas de los libros llenándome los ojos; sin embargo, me temo que con mirar los “santos” (que decía mi abuela) uno no adquiere cultura, tendré que leer más, porque, debo confesar, aunque me avergüence, que hasta hace un par de semanas, yo pensaba que el nombre de la Feltrinelli era ése, como podría haber sido cualquier otro, hasta que leí un reportaje en un periódico español sobre Giangiacomo Feltrinelli, un tipo muy peculiar, pues además de editor, fue uno de los hombres más ricos de Italia, a la vez que comunista y terrorista vocacional. La fortuna le venía de su familia milanesa dedicada al negocio de la madera, y él invirtió parte de su dinero en editar libros vinculados al comunismo, como parte de su activismo, en el que se inició durante la Segunda Guerra Mundial. Pero después de que consiguiese editar Doctor Zhivago en contra de la voluntad del gobierno moscovita, también se granjeó la enemistad del Partido Comunista Italiano. Y ahí, en vez de moderarse, como hacemos otros, él a los cuarenta se radicalizó y se fue a hacer la revolución por el mundo. Se citó con un Fidel en plenitud con la intención de publicar sus memorias, siguió al Ché hasta Bolivia y volvió a Europa decidido a llevar su disidencia política hasta la violencia. De hecho murió en 1972, con 47 años mientras manipulaba una bomba con la que trataba de tirar abajo una torre del tendido eléctrico. Su trabajo editorial lo siguió su mujer Inge y también fue ella la que decidió potenciar las librerías, en detrimento de la edición. De hecho hoy en día tienen más de cien puntos de venta en Italia, además de la venta online: http://www.lafeltrinelli.it

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