La educación sentimental

Esta mañana me levanté pronto y, en vez de alejarme hasta Villa Borghese, decidí ir a correr al Castello de Sant´Angelo e, incluso, un poco más allá, hasta San Pedro. Y me sorprendí al encontrarme a esas horas de la mañana (no eran ni las ocho) con cientos de policías y a la vez con cientos de visitantes. Luego me enteré de que, para completar mi fin de semana, el Papa iba a dar misa en el Vaticano hoy. ¡Cosas de la vida o cosas de vivir en Roma!.
Pero no es de eso de lo que os voy a hablar, ni siquiera de mi primera y agradable comida en una casa italiana en Pomezia, a unos 25 kms de Roma, en casa de un amigo de un compañero de maridísimo. 
Ni del menú, consistente en unos antipasti de embutidos, queso, aceitunas y alcachofas (¡buenísimas!). Ni del hecho de que, en esta ocasión, la pasta fuese desbancada por la paella (de costilla y coliflor…rara-rara, pero buena-buena) hecha por el compañero de maridísimo (desde cuya casa escribo esto, a la espera de  que mañana nos den la nuestra).
Paella en Roma
¡¡Yo dije “casa italiana” no que la comida lo fuese!!
Tampoco hablaré del hartazgo a comer; de ese momento en que crees que ya has llegado a tu límite y, entonces, sacan…los purificantes: ensalada, pisto, espinacas y judías verdes, todo de la huerta de la casa.
Y lo peor es que aún tienes que hacer hueco para el postre…
Barquillos sicilianos y tarta de queso.
Barquillos sicilianos y tarta de queso.
No, no voy a hablar de nada de eso, porque hoy quiero permitirme el lujo de ponerme un poco sentimental y hablar de mis hijos. Porque, cuando eres niño haces lo que te dicen y vas a donde te llevan. Aunque, en realidad, eso también pasa cuando eres adulto, con la salvedad de que, de vez en cuando, tienes un pequeño margen de maniobra. Pero todos, a cualquier edad, en momentos de desconcierto, nos hacemos composiciones de lugar y nos aferramos a verdades absolutas y a mentiras a medias (o viceversa) para comprender qué es lo que ocurre a nuestro alrededor. 
Y durante los dos últimos meses…¿¡cuántas veces habré escuchado “los niños son como esponjas”!?. Y yo pensaba “Ya, ya”. Pues bien, os tengo que dar la razón, porque mis pequeñas esponjitas son, por ahora, muy felices en Roma y se han integrado muy bien en su nuevo colegio y en su nueva vida. Pero eso no quita para que de vez en cuando tengan sus momentos…como cuando el viernes “la rubia” dijo de pronto “me gusta mucho Roma, pero echo mucho de menos a toda mi familia”, luego preguntó qué harían ahora los abus los miércoles y terminó llorando (de felicidad, según ella) cuando su padre le dijo que su prima había soñado con ella. Y luego está “ojos azules” que se autoconvence de que en realidad la vida en la urbanización y en el cole está en pausa, como si se tratase de una peli o un videojuego, y que, no sólo él, sino todos los amigos se han ido a vivir a otro sitio, de donde volverán, todos a la vez, para seguir jugando.
Y a mí, cuando me cuentan todo esto, me ponen un nudo en la garganta, aunque al mismo tiempo me siento orgullosa de que sean tan adaptativos, pero, a la vez, tengan unos lazos tan fuertes con la que ha sido hasta ahora su única realidad. 

La playa

Ayer viernes, nuestra única visita turística se limitó al colegio Liceo Chateaubriand, en su sede de la Villa Strohl Forn, un conjunto de palacios del Novecento, que se encuentran en pleno parque de Villa Borghese. El colegio tiene un espacio de 80.000 m2 de bosque protegido con cantidad de bambú, que, como dijo repetidamente la directrice, “é molto pericolosso per gli bambini”. Sí, no deja de ser curioso…bambú, árbol autóctono italiano donde los haya, y encima peligroso para los niños…¡en un colegio!. Pero, al margen de esto, la verdad es que el lugar es francamente privilegiado…una maravilla. Si luego su calidad docente está a la altura, o pincha como el bambú, ya lo iremos viendo.
Y hoy, como auténticos romanos, hemos aprovechado el día soleado y con buena temperatura (31º) para lanzarnos al mar. Y, como aún no tenemos coche, hemos cogido el tren y nos hemos ido a Anzio, un pequeño pueblo que está a unos 60 kilómetros de Roma. El tren sale de Termini (nuestra Atocha), cuesta 7 euros i/v y tarda aproximadamente una hora. El pueblo no tiene mucho, la zona de playa está suficientemente bien. Yo, la verdad, es que no hago mucho turismo de playa en España, y no sé si alguna de las cosas que a mí me han sorprendido, ocurren también en España
Despidiendo agosto en la playa.
Despidiendo agosto en la playa.
Me sorprendió que no eran zonas libres de playa, donde cada uno llega y se “aparca” con su toalla, su sombrilla o sus sillas, sino que cada zona, acotada mediante vallas, estaba regida por un establecimiento balneario que controla todo el material playero de la zona. Por ejemplo nosotros llegamos y alquilamos una sombrilla y una tumbona, por 15 euros, en un sitio que se llamaba Dea Fortuna. Todas las sombrillas y las hamacas eran iguales, de color azul y con el nombre del establecimiento escrito en ellas. Un poco más allá las sombrillas eran amarillas y las regía otro enclave que se llamaba Il Galeone. Y así continuamente. Normalmente en cada una de estas zona había vestidores,  baños, duchas, zona wifi y también un bar o restaurante propios. Eso sí, todo de pago. Hasta las duchas funcionaban con monedas (0,30 € la ducha). También tenían su propio personal salvavidas. Concluyendo, se trata de playas privadas.
Sólo al final de la playa existía una pequeñísima zona que no estaba controlada por uno de estos negocios y donde cada sombrilla y cada silla eran únicas y originales.
Caminé por la playa, que tenía más o menos un kilómetro de longitud, y vi todo tipo de personas: grupos de gente joven, familias y gente mayor, sin embargo, entre todos ellos, no había ninguna (literal) mujer haciendo topless. No sé la razón, pero me llamó mucho la atención.
Y ya por último la comida. Y esto es un aviso para navegantes. ¡¡Los menús italianos son una auténtica barbaridad!!. Antipasti, pasti y secondo. En este caso, como era un chiringuito en la playa, el antipasti consistía en mejillones en salsa, la pasta era con pescado y el secondo calamares, gambas y pescado. Y luego il gelatto. ¡¡Yo de aquí salgo rodando!!. (Sí, sí, sí, ya sé que tengo experiencia en el asunto y que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y blablablá…pero, “a Dios pongo por testigo, que… si hace falta, ¡¡pasaré hambre!!”).
Por lo demás, el mar era tranquilo (puro Mediterráneo), cálido, con pocas olas y las zonas de seguridad muy marcadas.
Así que, en conclusión, pasamos un buen día.
Mañana queremos ir a comer al Trastevere. ¡Ya os contaré!

Burocracia y rutinas

Poco a poco iré hablando de los trámites burocráticos necesarios para “integrarte” en Italia: el codici fiscale, la farnesina, la inscripción en el consulado, la apertura de una cuenta bancaria, el alta de un número de teléfono local, los cursos de italiano…aunque lo más importante aún lo tenemos pendiente…casa y colegio.
Aunque bueno, en realidad, hace sólo un momento que me han llamado del Licée Chateaubriand para decirme, en italiano, que los niños han entrado en el colegio. Vale, admitámoslo, en realidad no sé si me han dicho eso o no, eso es lo que yo he querido entender. Pero luego me he dicho “ay madre, ¡a ver si no me van a estar diciendo eso!” y, escudándome en que acabo de llegar y aún no hablo italiano, les he dicho que me lo repitiesen en francés. Y entonces ya lo he tenido del todo claro…¿cómo puedo ser tan brutica para los idiomas? Me he sentido tontísima…y al final lo peor…le he tenido que decir a la interlocutora que…¡sujetaos!…mi marido la llamaría. ¡¡Voy en caída libre…soy una auténtica “señora de”!!. ¿Quién me ha visto y quién me ve?…Pero bueno…yo creo que probablemente ¡¡¡los niños ya tienen colegio!!!!. Y nosotros una preocupación menos.
Ya sólo tenemos la ardua tarea de buscar una buena casa, cosa que no debería ser tan difícil, pero que en realidad hace leve lo de la aguja en el pajar. Mira que no soy yo muy exigente con el asunto y que desde luego no pido encontrar la casa de mi vida, sólo quiero una casa normal…una casa donde las habitaciones tengan puertas y no estén unidas entre sí, una casa donde los baños no salgan de la cocina y, a ser posible, el baño tenga ducha y la cocina tenga algo más que tubos de agua y gas, una casa que, si es un quinto, tenga ascensor, y ya, apurando un poco más, y esto ya es pedir por vicio, que no tenga frescos en los techos (recién levantada soy bastante sensible), ni mármoles de Pompeya en el suelo…vamos, lo que viene siendo un pisito habitable…Pues bien, he ido a ver casas (o cosas) verdaderamente espeluznantes, sitios donde muchos valientes aventureros no se hubiesen atrevido a adentrarse, lugares donde me entran ganas de sacar la cámara de fotos para retratar la imagen del espanto…y diréis, “pero al menos será barato”…¡¡JA!!. No puedo decir cifras porque me tiembla la voz y la mano sólo de pensarlo, pero hay que sacarse del bolsillo muchos cientos de billetitos de colores, de esos que a todos nos cuesta sudor y lágrimas conseguir. y es que a veces, sinceramente, yo no sé cómo no les da vergüenza pedir esas barbaridades por esos tugurios. Así que cual conquistadores hispanos, aquí estamos, con el machete, apartando maleza, y en busca del Dorado, que para nosotros no es más que un lugar agradable donde vivir estos cuatro años.
Vista desde mi ventana.
Vista desde mi ventana.
¿Lo conseguiremos? Os seguiré contando…