Piccoli ragazzi

Hoy, rizando el rizo, hemos tenido una “pigiama party” en casa con los amigos del ojazos. Había invitado a ocho, recogida en el colegio y retorno al colegio al día siguiente. Al final dos se fueron antes de cenar. No puedo deciros que las fiestas de pijamas con italianitos y francesitos sean muy diferentes de las de los españolitos de metro veinte. Ya sabéis: las peleas, las risas, el fútbol (jugarlo y comentarlo), las chapas y el futbolín, las canciones (despacito, siempre despacito), las pizzas (aquí mejores), los pedos y eructos, los cuchicheos a media noche, las lágrimas de algunos porque echan de menos a sus mamás, los desvelos apenas sale el sol, en fin, lo de siempre… bueno, eso sí, nunca me había pasado que un niño manchase un poco el calzoncillo y decidiese tirarlo por el desagüe del inodoro…hemos rozado el drama 😛 . ¡¡Echaré de menos a estos piccoli ragazzi que han llenado la vida de mi pequeño ojazos durante cuatro años!!
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Cambiar de vida

Ahora que vengo de una sesión extra de “españolidad” – fuimos al cine a ver (en italiano) la última película (y primera como director) de Raúl Arévalo y luego nos juntamos con unos amigos españoles para tomar cañas – os tengo que decir que a veces hay que tomar distancia. Por eso, si en este momento alguno de vosotros está pensando en hacer las maletas, en dejarlo todo y echar a andar, que no lo dude más…¡que lo haga!. Porque ahora te puede parecer que el sacrificio es demasiado grande, que lo que dejas atrás es mucho, pero lo que ganas al vivir fuera de tu casa, de tu país, de tu gente, eso sí que es inconmensurable y además, todo lo importante permanece y espera. Así que corre, porque hay momentos en la vida que son de prueba, de cambio y, sobre todo, de inspiración y crecimiento. Y no importa la edad que tengas, 15, 25, 40 ó más. Siempre es el momento. Tampoco importa que el viaje te traiga prosperidad económica o no, porque seguro que algo vas a ganar. Para empezar la experiencia y el conocimiento (del entorno y también propio).
Yo, aparte de en esta experiencia italiana, he vivido otras dos veces en el extranjero y ambas supusieron un cambio. Cuando con 23 años me fui a vivir a Suecia, descubrí un país maravilloso, salvo por la falta de luz, que me hizo perder perspectiva y ganar kilos e incluso, en algún momento, abalanzarme (además de sobre la comida 😀 ) hacia el abismo. Pero también allí conocí a gente con la que me sentiré siempre conectada más allá de esta realidad de hoy, independientemente del tiempo y del espacio que nos unan o nos separen. Y aparte de un país y de una gente, descubrí facetas de mí misma, algunas positivas, pero también otras que me enseñaban una versión de mí a la que jamás querría volver. 
Mi otra experiencia, la primera, fue un verano cuando aún no había cumplido 15 y los genitori me enviaron por segunda vez a pasar el verano al sur de Inglaterra. La primera vez no había sido una buena experiencia (supongo que algunas sí lo son), sobre todo porque yo, con trece, seguía siendo una niña con inquietudes de niña, mientras muchos de mi edad ya pelaban la pava. Sin embargo me sirvió para que a la segunda fuera la vencida. Así, en aquel lejano verano – del que para ser sincera apenas guardo recuerdos concretos, pero sí muchas sensaciones fantásticas – debí aprender algo de inglés, pero sobre todo me quité muchas corazas y miedos y conocí a gente que, de una manera u otra, aún me acompaña.
Así que si aún no lo tienes claro ¡¡desdúdate y ve… la vida continúa también a la vuelta de la esquina!!

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Síndromes

Estoy a punto de cumplir 43…cuarenta y tres meses viviendo en Roma y aún vivo con los ojos desorbitados y la boca abierta. Tendré una especie de síndrome de Estocolmo con esta ciudad (la dependencia emocional de un lugar que te maltrata) o puede que simplemente sea el síndrome que sufrió Stendhal hace dos siglos ante estos mismos lugares (y es que no se puede aguantar tanta belleza)…

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De expresiones…

Cada vez se hace más presente el momento de la despedida. Cada vez son más esos instantes en los que nos paramos por un segundo para darnos cuenta de lo irrepetible que es esto que estamos viviendo, en los que disfrutamos y tratamos de guardarlo todo como un tesoro en nuestra memoria. Cada vez son más las referencias de nuestro entorno a ese momento en el que ya no estaremos en Italia. Cada vez son más los pequeños detalles que, en forma de burocracia, nos recuerdan que se acerca el fin de esta estancia que ha tenido de todo, pero en la que siempre ha flotado lo bueno.
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El otro día mi amiga hispano-franco-italiana me decía que volvería a casa y que tal vez incluso echaría de menos Roma, a mis amigos y esa sensación de libertad que da vivir en un país que no es el tuyo, pero que sobre todo (y aquí ya bromeábamos, pues ninguna de las dos somos demasiado dadas al sentimentalismo) echaría de menos esas expresiones justas y precisas que tiene el italiano…¿cómo dirás “boh”, “non ce la faccio”, “ovunque”, “oltre”…? Y es que efectivamente son bastante difíciles de traducir. “Boh” por ejemplo viene a significar algo así como “¿cómo voy a saberlo yo pobre mortal de cultura finita?”. “Non ce la faccio” sería “qué estrés más absoluto, no me da la vida para todas las obligaciones irrenunciables que tengo que asumir”. “Ovunque” querría decir algo así como “en todos los sitios donde alguna vez ha pisado un ser humano y en los que no, también”. Y “oltre” significaría “incluso más allá, además de todo lo anteriormente dicho y por encima de todo” Un drama… (:P)

De bilingües

Ayer leí el artículo de Mateo Sancho para GQ que se llama “Vivo en el extranjero desde hace años y no, no soy bilingüe”. La verdad es que me interesó el título, porque a veces termino sintiéndome un poco (más) estúpida teniendo que contestar que NO cuando, constantemente – y desde que llevaba unos tres meses aquí, no os vayáis a pensar – me preguntan “¿Vives en Roma? Uy, pues hablarás ya perfecto el italiano”. Y yo podría contestar “Como Dante lo hablo y lo escribo”, pero al final me complico en un montón de explicaciones farragosas sobre el caracter y la idiosincrasia del país que hacen que los dos idiomas sean mucho más diferentes de lo que en un principio podamos pensar desde ambos lados del Mediterráneo. Y el artículo, aunque Mateo viva en Nueva York y tenga que enfrentarse cada día al complicado inglés y no al “simple” italiano, me alivia y a la vez me reafirma en ideas que tengo claras, algunas desde hace casi veinte años, como el hecho de que, con quien quieres te entiendes sea como sea, con palabras o sin ellas, y con quién no, pues no, porque la barrera no es el idioma, sino la “química”. Porque la emoción va siempre por encima de la palabra y la palabra sólo provoca una emoción, si ésta ya ha existido previamente. No sé, igual me está dando lo mío. Pero en fin. Otra de las cosas de las que habla el artículo, y de ésta me he dado cuenta hace mucho menos, es que para ser verdaderamente bilingüe tienes que admirar la cultura del país, mucho más allá de su arquitectura, su historia o su literatura, tienes que admirar a los que hablan ese idioma y rebozarte de sus valores, sus cualidades y su manera de pensar y dejar un poco de lado los tuyos propios, dejar de ser un poco tú para ser ese otro tú que habla esa otra lengua. Yo, desde luego, no estoy por la labor, será por eso por lo que no llego a dominar ningún idioma. Y la tercera cosa, que sufro sobre todo cuando estoy con un grupo de italianos la especifica muy bien Mateo Sancho en su artículo y es que al final, independientemente de nuestro país de origen, hay algo que nos une generacionalmente, que es “la retórica, la vuelta de tuerca y las coñitas, métodos fundamentales de identidad y expresión” y cuando se entra en esos terrenos, yo lo que hago, como extranjera, es levantar un muro como el de Trump, dejarme llevar y quedarme sola con mis pensamientos, hasta que alguien me inquiere y me saca de ellos. O sea que yo también vivo en el extranjero hace unos años y tampoco soy (ni mucho menos) bilingüe, ya ves tú. Gracias por hacerme sentir que no soy un bicho raro 🙂

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El exilio

En este día primaveral y fantástico en Roma he terminado de leer por recomendación de mi amiga hispano-franco-italiana el libro “La tesis de Nancy”. El libro no es en italiano, no está escrito por un italiano, ni siquiera habla de Roma, ni de ningún lugar de Italia, aunque por supuesto hay un par de menciones (¿en qué libro no aparece alguna vez Roma?). Entonces ¿por qué lo traigo a este blog? No parece lo más adecuado, ¿verdad?. Pues porque este libro lo escribió un exiliado (y no por voluntad propia), Ramón J. Sender, y trata del contraste cultural y de las experiencias personales de una estudiante americana que hace su tesis doctoral en Andalucía. El libro, no hace falta decirlo, es de humor, de ese humor un poco quijotesco que no hace que te tronches, pero que te mantiene con una constante sonrisa durante su lectura, buscando el siguiente disparate o la próxima identificación. Y cuando he terminado de leerlo, yo, como exiliada, me he preguntado si soy más Ramón, el exiliado comprensivo y agradecido con su nueva patria, o Nancy, la estudiante que pretende integrarse sin hacerlo nunca del todo, interpretando frecuentemente su nueva realidad y las intenciones ajenas de una manera equivocada. Y probablemente no soy de ninguno de los dos tipos, porque no puedo decir cuántas veces al día digo “este país está loco” (sobre todo cuando voy en coche) o cómo he dejado ya de intentar comprender unas razones que, por más que me esfuerce, yo no entiendo. Así que ni adaptativa, ni intérprete, más bien superviviente del caos romano y enamorada al mismo tiempo de la ciudad. Porque al final, hay muchos tipos de exiliados, pero todos comparten una dualidad, la de intentar abarcar dos mundos, sin vivir realmente en ninguno. Y creedme, ahí, en menos de diez palabras, está resumida mi vida.

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