Mi otra vida

Antes de que comencéis a leer, os advierto que estoy de bajón. Efectos secundarios de la sobredosis. Y es que estoy en ese momento en que la glucosa baja a niveles normales después de un verdadero festín de azúcar. Claro que la culpa no es del azúcar, la culpa es mía por no ser capaz de decir que no. Es el estrés. Toda la tarde en el coche, atrapada en el tráfico infernal de esta ciudad, yendo de un cumpleaños infantil a otro, recorriendo Roma de punta a punta. ¿Y quién se atreve a decir que no a los brownies, a la tarta de frambuesas, a los bocados de almendra, a la tarta de mazapán y nata, a las galletas de dos sabores…?
Señal de prohibido junto a Piazza Navona.
Señal de prohibido junto a Piazza Navona.
Si no fuera porque noto que el cerebro me va más lento de lo normal, os contaría muchas cosas de mi realidad romana, incluso aunque sé que algunos haríais chanza y chascarrillo (“¿quién te ha visto y quién te ve?” – me diríais riendo – o tal vez soy yo la que me lo digo, no lo sé). La cuestión es que os contaría las dos facetas de mi vida aquí: la de siempre – que ya conocéis – pero también la nueva. La que incluye recepciones en la embajada, cócteles con ministros consejeros e incluso fiestas de cumpleaños con 50 niños en casas de diseño, con asistentas de uniforme y animadores con mesas de mezclas…
Pero ya os digo que me cuesta. Me cuesta escribirlo hoy y también me cuesta acostumbrarme a esos momentos. Me supone un esfuerzo, me recuerda a los ejercicios de improvisación que solíamos hacer en clase de teatro. Ya sabéis que yo no soy muy dada a los formalismos. Y es que yo soy más bien rústica: me gusta sentarme en el suelo, comer con las manos, bailar como si fuera a descoyuntarme, saltar y gritar mientras escucho música, entrar corriendo en el mar, tirarme a bomba en la piscina, me gusta que me cuenten cuentos y también contarlos, me gusta disfrazarme…afortunadamente, porque así consigo ser por algunos momentos otra, capaz de camuflarme como un camaleón en una vida que no es la mía y además, conseguir aprender y disfrutar de ello. Que al fin y al cabo Roma siempre será eterna, pero no para mí. Y tengo el resto del tiempo para seguir siendo yo (que no es poco).
PD: Ay qué espesita estoy…niños, dejad el azúcar, vosotros que aún estáis a tiempo. ¡¡El azúcar no sólo engorda, también atonta!!

Autor: elenabalo

Medio berciana, medio castellonera. Criada como barberense y crecida como villaodonesa. Y ahora mismo ejerciendo de romana. Soñadora vehemente, vividora pragmática. Unos ratos ingenua y otros escéptica. Hija imperfecta, madre impaciente, compañera indómita, amiga irregular. Culé. Viajera y enamorada de Roma.

4 comentarios en “Mi otra vida”

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