Slow Life

Es una pena (o no) que a través de internet sólo se puedan enviar palabras e imágenes. Hoy me hubiese gustado enviaros el olor de la lluvia de primavera cayendo sobre mi terraza, mientras yo, en la cocina, tecleaba frenéticamente, acompasando mi golpeteo con el de las gotas. Y eso, me ha recordado al movimiento Slow, del que hace tiempo os prometí que hablaría…

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Y es que la asociación Slow Food (comida lenta) surge en 1989 en Italia, como protesta por la inauguración de un McDonald´s en la Piazza Spagna de Roma y, aunque en un primer momento lucha contra la fast food (comida rápida), en realidad su ideario se enfrenta a la fast life (vida rápida).
Suena el despertador, ducha, unas galletas en el atasco, trabajar, comer algo frente al ordenador, más trabajo, más atasco, cena y a dormir. En general la vida, especialmente en las grandes ciudades, va a un ritmo vertiginoso. Así es la sociedad occidental, que nos obliga a vivir rápido, a opinar sin pensar, a disfrutar tal y como marca el mercado. Una sociedad de consumo que convierte las necesidades, una vez satisfechas, en desechos, que justifica el despilfarro en pos de la superproducción, que margina todo lo que no se atiene a esas normas marcadas. Una sociedad en la que los objetos, los productos, las culturas e incluso las personas son de usar y tirar. Una sociedad que nos presiona y que nos sobrepasa, porque muchas veces no somos capaces de entenderla, y que hace que, en general, pasemos por alto las pequeñas cosas. Una sociedad que, en resumen, nos empobrece y merma nuestra calidad de vida.
Y en esta sociedad, en este mundo, que ha visto caer las ideologías tanto de derechas como de izquierdas, el movimiento Slow Foodque desde el idealismo, la rebelión, el sentido del humor y el pragmatismo, se compromete con la producción alimentaria, la solución del problema del hambre, la protección del medio ambiente, la defensa de sistemas de producción y consumo sostenibles, las empresas económicamente viables y socialmente éticas, el comercio local y de cercanía y la creación de artículos duraderos – se ha ido asentando, de manera que hoy en día tiene más de 100 mil socios y representación en 122 países.
En palabras del creador de la asociación, Carlo Petrini “es necesario volver a echar raíces en el lugar, volver a conocer el propio entorno, volver a establecer relaciones sociales reales. Los consumidores tienen que conocer a los que les suministran alimentos, apoyar su trabajo e incentivarles para que recuperen las especies autóctonas”.
Y es que este movimiento, en los tiempos que corren, se ha convertido ya en una filosofía de vida, en el que participan personas interesadas en la cultura gastronómica (que, al fin y al cabo, es un tema democrático que nos iguala, que nos reconcilia socialmente), pero que no sólo se limita a la alimentación sino que también se extiende a todos los aspectos de la vida (además de comida slow, hay ciudades slow, sexo slow, educación slow). En conclusión el movimiento slow nos invita a levantar el pie del acelerador y pararnos a oler y a escuchar la lluvia que cae sobre nuestra terraza…¿lo intentamos?

 

Autor: elenabalo

Medio berciana, medio castellonera. Criada como barberense y crecida como villaodonesa. Y ahora mismo ejerciendo de romana. Soñadora vehemente, vividora pragmática. Unos ratos ingenua y otros escéptica. Hija imperfecta, madre impaciente, compañera indómita, amiga irregular. Culé. Viajera y enamorada de Roma.

4 comentarios en “Slow Life”

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