La casa de Miguel Ángel

Hoy voy a compartir con vosotros una curiosidad romana…
En la Piazza Venezia hay un gran palacio, el de la Assicurazioni Generali (justo enfrente del Palazzo Venezia). En una de las fachadas laterales de este palacio, frente a la Columna de Trajano, mirad lo que me he encontrado…
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Según parece en este lugar exacto se encontraba la casa en la que vivió durante 50 años, y finalmente murió, Miguel Ángel. Por desgracia, la casa se destruyó por completo a finales del SXIX para construir el Vittoriano. Aunque por lo que el propio Miguel Ángel contaba en sus cartas sobre su barrio, llamado Macel de Corvi, se trataba de un lugar bastante sórdido y maloliente, donde convivían sin condiciones higiénicas hombres y animales. Aún así es probable que algo de la magia creadora de Miguel Ángel quedé en el ambiente. Dicho queda, por si alguno queréis ir a comprobarlo…

La ópera

Estoy poco inspirada a estas horas de la noche después de, eso sí, pasar una tarde y una noche muy agradables…
Y es que hoy unos amigos con palco, nos invitaron al Teatro de la Ópera, en vía Nazionale, a ver la obra “Rusalka”. Siempre había querido ir a la ópera, pero creo que ésta ha sido la primera vez. Y probablemente no será la última.
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La obra se estrenó en 1901, fue escrita en checo por Dvorak, por tanto, también cantada en checo y está inspirada en el cuento de Andersen “La Sirenita”, legado de las leyendas eslavas. Ya sabéis de qué se trata, una especie de princesa acuática que se enamora de un humano y entrega su voz a cambio de poder vivir su amor como una de nosotras. Una bruja se lo concede, pero con la condición de que si alguno de los dos son infieles, ambos serán malditos y caerán en desgracia. Y…pasa lo que tiene que pasar. Que si no la obra sólo tendría un acto, en vez de tres.
El teatro por cierto se inauguró en 1880 (creo) y es muy bonito. El ambiente, pues heterogéneo. Y es que al final vivimos en un mundo así, donde las pajaritas, los trajes, los vaqueros, las chupas de camuflaje, los de 60 y los de 20, deberían ser capaces de convivir sin problemas. Además, al final estamos hablando de cultura. Por otro lado, dentro de la exclusividad que se le supone a la ópera, la variedad de precios era amplia…¡¡¡desde 23 a 150 euros la butaca!!!

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Coda alla vacinara

Parte de la comida típicamente romana se parece a la comida típica madrileña, por ejemplo la trippa (los callos) o la coda (el rabo, que en Madrid suele ser de toro y aquí es de ternera).
Hoy aproveché la mañana para beneficiarme con el “black friday” y después, quedé a comer con maridísimo. Y, por variar, no pedí pasta, sino coda alla vaccinara.  Y sí, seguro que entre vosotros habrá escépticos (qué delicaditos sois, yo ya sabéis que tengo ese punto asilvestrado), pero estaba buenísima…
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Para hacerlo se necesita 1 kilo de rabo de ternera, 1 kilo de tomates tomates, 1 vaso de vino blanco o tinto (al gusto), 1 apio, 2 cebollas, 1 zanahoria, 1 ajo, tomillo, romero, perejil, aceite, sal y pimienta. El rabo, cortado en rodajas, se pone en remojo unas horas antes de cocinar. Después se pone en una olla con agua salada con una cebolla, la zanahoria y las hierbas y se deja hervir durante una hora aproximadamente. Por otro lado, en una cazuela de barro se ponen 4 cucharadas de aceite, la otra cebolla picada y un diente de ajo aplastado y se pone al fuego hasta que dore. Se retira el ajo y se incorporan las rodajas de rabo bien escurridas. Se rehoga unos minutos, se añade el vino blanco (o tinto, según preferencias) y se deja evaporar. Se salpimenta y se incorporan los tomates pelados. Se cubre con la tapa y se deja cocinar a fuego medio, como otra hora y media aproximadamente. Si se seca, se añade algo del caldo donde hervimos las verduras al principio. Unos 15 minutos antes de terminar la cocción se añaden los corazones de apio cortados en juliana y se remueve bien. Se deja terminar de cocer y ya se puede servir.
¡¡Listo para comer con las manos y luego chuparse los deditos!!

San Roberto Bellarmino

Hoy estaba caminando por mi barrio (Parioli) a la búsqueda de un móvil (se me cayó hace tiempo y parece un cuadro puntillista) y una cámara de vídeo (porque la mía algún luxemburgués debe estar disfrutándola) cuando al pasar frente a una de las iglesias, un nombre ha llamado mi atención: Roberto Bellarmino.

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No lo recordaba bien, pero me parecía que era el inquisidor que había mandado matar a Giordano Bruno. Al volver a casa, he buscado su nombre (gracias Wikipedia por estar en nuestras vidas) y efectivamente, allí estaba Roberto Bellarmino, “martillo de los herejes”, el gran inquisidor que juzgó a Giordano Bruno y también a Galileo Galilei. Parece ser que era un gran teólogo y, aunque hoy nos parezca extraño, un hombre muy piadoso y por eso durante siete años trató de convencer a Bruno de que se retractara de sus ideas sobre el heliocentrismo, sobre la Iglesia y sobre el Papa, pero no lo consiguió. Con Galileo tuvo más suerte (o el que tuvo la suerte fue Galileo) y finalmente consiguió que firmara un texto en el que pedía perdón por haber defendido que la Tierra giraba sobre sí misma y también alrededor del Sol. En todo caso, Roberto Bellarmino, además de estas sombras, también debió tener sus luces, y fue beatificado, canonizado y nombrado Doctor de la Iglesia en el año 1930 (eso sí, 303 años después de haber sido propuesto por la Compañía de Jesús) y en 1933 fue inaugurada esta iglesia que lleva su nombre. Por cierto el de San Roberto Bellarmino también es un título cardenalicio y, curiosamente, el último que lo ostentó fue Jorge Maria Bergoglio, antes de convertirse en el Papa Francesco. ¡¡Qué de secretos esconde Roma!!

La Boca de la Verdad

Hoy, aunque sea con algo de miedo, voy a meter la mano en la Boca de la Verdad.
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Y es que, la Boca de la Verdad se encuentra en el atrio de la iglesia medieval de Santa María in Cosmedin (preciosa por cierto) y parece ser que era en realidad la tapa de una cloaca de las que se utilizaban en la época imperial romana. La piedra, hecha en mármol, tiene un gran tamaño (5.80 de circunferencia por 1.75 de diámetro) y, según los últimos estudios, podría representar la cabeza de Portuno, dios de los puertos y los ríos.
No se sabe en qué momento comienza a circular la historia de que la piedra puede establecer la verdad, aunque ya aparece en una guía para peregrinos del año mil y es así, a través de los peregrinos como empiezan a crearse las anécdotas sobre su capacidad para señalar a LA infiel. Porque ese era, en principio, el “don” que se le atribuía.
La leyenda más famosa surge en el SXVIII y cuenta que la joven mujer de un patricio romano que se ausentaba con cierta regularidad fue denunciada por sus vecinos por tener un amante. El marido, sin dejarse conmover por sus lágrimas, la lleva a la  Boca de la Verdad ante una multitud. Cuando la mujer ya camina sin esperanza hacia la piedra, entre el gentío surge un mendigo (que es en realidad su amante) que la besa apasionadamente. La gente le aparta recriminándole que está loco y mientras tanto ella se acerca a la Boca de la Verdad y delante de su marido declara “juro que en mi vida sólo me has besado tú y ese pobre mendigo demente”. Parece ser que la mujer se libró, pero la Boca, ofendida por el ardid, decidió a partir de aquel momento no volver a ejercer su poder.
En todo caso, impresiona la larga fila de personas que cada día y a cualquier hora (de 9.30 a 17.00 creo) esperan su turno para sacarse una foto con la mano dentro de la piedra (y reconozco que ya lo he hecho varias veces). Probablemente la piedra le deba en este sentido también mucho a Hollywood, porque…¿quién no recuerda a Audrey Hepburn y Gregory Peck?

Due giorni, una notte

Recién llegada del cine de ver una película belga en italiano, “Dos días, una noche”. Fantástica. Una de esas películas que demuestran que con bien poco, se puede hacer mucho. Una premisa sencilla pero dura, unos diálogos contenidos pero llenos de fuerza, elipsis con todo el significado y una intérprete sobre la que gira todo. Porque salgo enamorada de Marion Cotillard, una pena que no sea italiana para poderme explayar a gusto sobre ella y sobre esa belleza suya que no es en nada explosiva, pero es totalmente magnética. 
Aquí lo dejo, no sin antes pedir perdón, porque el tema de este blog debería ser Roma y hoy…se me ha ido un poco de las manos. 🙂

Diarios de Roma

Tengo dos libros pendientes sobre esta ciudad, (bueno, en realidad más, pero hoy sólo os mencionaré dos), uno antiguo “Paseos por Roma” de Stendhal y, otro reciente, “Un otoño romano” de Javier Reverte. Salvando las distancias que hay entre ambos y sin querer ni siquiera rozar la insalvable que existe entre ellos y yo, veo que a todos nos inspira lo mismo Roma: ganas de descubrirla y de contarla en forma de diario. Es curioso que la relación con Roma en muchos casos se presente como una historia de amor, de encuentro, apasionamiento, ganas de fundirse con la ciudad, de formar parte de ella…incluso aunque a veces lo ponga difícil.

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Yo ahora mismo, también tengo que confesaros que, después de dos otoños romanos, estoy pasando por un periodo de “habituación”, de simplemente vivir aquí, sin esa necesidad brutal de salir cada día a buscar algo nuevo. Pese a ello sigo sorprendiéndome de tanta belleza en esos días en los que, especialmente si son soleados, me pierdo por esta increíble ciudad.

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Los ojos que miran Roma 1

Aquí comienzo una serie de “entrevistas” a aquellos que llegaron a Roma y, por una razón u otra, se quedaron…
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Nacionalidad: Belga.
Tiempo que lleva en Roma: 12 años.
Trabajo: Secretaria.
Idiomas que habla: Francés, Flamenco, Italiano, Inglés, un poco de alemán y un poco de español.
Razón que la trajo a Roma: Después de mi licenciatura en Filología italiana, vine una temporada a mejorar el idioma y conocí al que hoy en día es mi marido. Ya nunca volví a vivir en Bélgica.
Lo que más le sorprendió cuando llegó: Me lo tengo que pensar…es difícil de decir.
Lo que aún le sorprende de Roma: La cantidad de tipos de café diferentes que es capaz de pedir la gente.
Cómo definirías a los italianos: Son muy abiertos, pero es difícil hacer amigos verdaderos. También son embaucadores y debes estar siempre atento, sobre todo con el dinero, para que no te engañen.
Lo que menos le gusta de Roma: la burocracia y el tráfico.
Lo que más le gusta de Roma: La historia de la ciudad, el centro histórico y el clima.
Cree que se quedará a vivir siempre en Roma: Sí
Su lugar favorito de Roma fuera de los circuitos más turísticos: El barrio de Coppedé.

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Cena italiana

En esa hora maldita, recién llegados de nuestra primera cena 100% italiana. Y es que ha sido la primera vez que hemos estado en una casa italiana, donde todos los miembros de la familia eran italianos y donde nos han servido una de esas cenas pantagruélicas con las que los italianos agasajan a sus invitados. Una de esas cenas de las que sales feliz, aunque orondo, después de haberte tomado el entrante de queso y aceitunas, la focaccia casera, el plato de pasta de rigor, la lubina con ensalada, la macedonia de fruta, la tarta de chocolate y la copa de limoncello. Mio dio, creo que es el momento de rodar hasta la cama…Por lo demás, charla agradable y muchas anécdotas.
Mañana más…

El Arco de Constantino

El arco de Constantino es una de las visitas obligadas en Roma, entre otras cosas porque se encuentra junto al Coliseo. Es uno de los tres arcos triunfales de la Roma antigua, que han sobrevivido, los otros dos son el de Tito y el de Septimio Severo, ambos en el Foro Romano.
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Este que hoy nos ocupa fue inaugurado en el año 315 y se trata de la reconstrucción de un arco que existía previamente, probablemente de la época de Adriano. Hay una cosa que siempre ha llamado la atención de todos los estudiosos y es la ausencia, en la estructura del mismo, del símbolo de Constantivo. Y es que, según los cronistas de la época, Constantino tuvo una visión, o un sueño, antes de la Batalla de Ponte Milvio, en el cual se le apareció el Dios cristiano. Y a partir de aquel momento, sobre las insignias militares mandó poner un estandarte realizado con las dos primeras letras de la palabra Cristo en alfabeto griego “chi” y “rho”.
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Sin embargo, ese símbolo no aparece en la estructura del arco. Aunque sí que aparece una inscripción en la que está  escrito algo así como “al Emperador Cesar Flavio Constantino (…) por la grandeza de su mente y la inspiración de la divinidad”. Probablemente, fue el propio Constantino el que dio la orden de no clarificar la naturaleza de dicha deidad, ni poner el emblema, para no herir la susceptibilidad de un pueblo que era mayoritariamente pagano y para dar tiempo a que el cristianismo se expandiera, no sólo en la Ciudad Eterna, sino en todo el imperio y buena parte de Occidente.