Diagnóstico de Roma

Siempre me he tenido por una buena observadora y, sin ser del todo notable, tampoco me creía tan mala analista, sin embargo, aquí me he dado cuenta de lo mucho que me cuesta diagnosticar a esta ciudad. ¿Qué le pasa, qué tiene, de que adolece? Pues ni idea, pero lo que sí que os puedo contar es lo que me pasa a mí en Roma.
Me pasa que yo, desde adolescente, soy una persona seria. Lo soy. No querría serlo, porque no hay nada más patético que alguien que se toma demasiado en serio a sí mismo, ni nada más triste que alguien que se toma demasiado en serio la ciudad de Roma, así que sobra decir que uno jamás, jamás, jamás, debería caer en la tentación de tomarse demasiado en serio a sí mismo en Roma. Porque Roma es una chanza continua, una broma de mal gusto, una cámara oculta permanente y a mí hay veces que tanto surrealismo me rompe las casillas.

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Y por si fuera poco, soy muy impaciente. Es probablemente uno de mis peores defectos. Y, en Roma, esperar es uno de los deportes nacionales, por encima del fútbol. Sí, como os lo digo. En este país vas a un supermercado, o a correos, o a una administración pública y, pese a tener varias ventanillas disponibles, sólo abren un par de filas, porque les encanta esa sensación de frenesí, de desmadre, de ver la necesidad en los ojos del que espera, todo eso que, supongo, parece dignificar el trabajo de los que atienden. Incluso a veces ocurre en las tiendas. Te miran entrar y siguen a su conversación (sobre fútbol, el colegio de los niños o similar), hasta que terminan y entonces ya, se dignan a dirigirse a ti. Por no hablar de los transportes públicos, que nunca, nunca, nunca, pasan a la hora y que a veces llegan con diez minutos de retraso y tienes que observar como el conductor se baja a fumarse un cigarrillo, mientras la gente dentro sigue esperando. Esperar mola. Además el imperio romano no se construyó en un abrir y cerrar de ojos, hubo que tener paciencia. Así que…vamos a desarrollarla.

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De las motos que te encuentras de frente cuando caminas por la acera, de los cruces con semáforos que no funcionan, de los coches aparcados en doble fila a la misma altura pero en sentidos opuestos para impedir la circulación, de las motos que te rodean como si fuerais a protagonizar “el diablo sobre ruedas”, de la policía local que se fuma un puro (literalmente) mientras un coche te golpea por parar en un paso de cebra o de los peatones que sacan a pasear su “dedo del honor” por no dejarles pasar cuando su semáforo está en rojo, ya si eso, hablamos otro día. Como del conformismo de la gente, que es en general muy acomodada (lo veo en el colegio cuando hay un problema) y tienen una gran capacidad para aceptar que “las cosas son así”. Debí mosquearme cuando a las pocas semanas de vivir aquí un italiano me dijo que los españoles éramos muy combativos, muy responsables socialmente, con mucha conciencia global. En ese momento me reí (¿quién, dice?). Ahora lo comprendo. Tal vez por todo esto, Roma te hace perder mucho tiempo, porque primero tienes que comprenderla y luego aceptarla. Yo estoy intentando llegar a la segunda etapa sin pasar del todo por la primera.
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Autor: elenabalo

Medio berciana, medio castellonera. Criada como barberense y crecida como villaodonesa. Y ahora mismo ejerciendo de romana. Soñadora vehemente, vividora pragmática. Unos ratos ingenua y otros escéptica. Hija imperfecta, madre impaciente, compañera indómita, amiga irregular. Culé. Viajera y enamorada de Roma.

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