Lecciones de vida

Ayer la vida, durante la comida en Martignano, me dio una lección de esas que no hay que olvidar grabarse a fuego. Y pese a que sé que me voy a poner pesada y repelente, si no os importa, quiero compartirla con vosotros. Y es que a veces nos creemos que lo sabemos todo de los demás, que con solo echarles un vistazo, a ellos, o a su perfil de Facebook, podemos hacerles la radiografía completa. Cuántas veces escucho, sobre todo en estas últimas semanas y a cuenta de la política, sentencias en uno u otro sentido, calificando a los que hacen o dicen tal o cual cosa, como si sólo tuviésemos una faceta, un plano perfectamente delimitado, como si no estuviésemos llenos de aristas que nos convierten en un poliedro complejo, lleno de contradicciones, como si no existiesen razones para actuar y motivos para dudar hasta de nosotros mismos y de aquello que alguna vez hemos defendido y en lo que hemos creído. Y yo que siempre me quejo de esto, ayer tropecé con una piedra, una roca más bien, y la vida, como os digo, me dio una lección. Ni lo digas, ni siquiera lo pienses, hasta que no hayas escuchado su historia. Pero ¿por qué me ha dado hoy lo mío? Porque en el grupo de (mayoritariamente) italianos con los que de vez en cuando salimos a comer por las cercanías más rurales de Roma, se coló ayer una pareja de ingleses. Muy british, jóvenes, peripuestos, agradables y, por supuesto, con una nanny filipina de acompañante de sus tres hijos. Les echas un vistazo y te crees que lo sabes todo de ellos. Y cuando uno de los habituales les pregunta que qué tal y ella comienza a decir con una expresión grave que todo muy bien, salvo por los  trasquilones en el pelo, te preguntas que qué es peor si su frivolidad o tu nivel de inglés. Pero luego la conversación sigue y ella dice que se ha inscrito para correr la maratón de Roma en abril y tú le preguntas que por qué no ha corrido ésta y sus palabras caen sobre ti como la losa que deberíamos utilizar para lapidar nuestra soberbia y nuestras presunciones. Porque cuando te contesta entre bromas que aún no puede correr porque hace sólo tres semanas que le han hecho una operación de reconstrucción del pecho, una vez curada de su cáncer, te sientes una inmundicia por haberla prejuzgado. Al final todos necesitamos escuchar más y juzgar menos, ser más escuchados y menos prejuzgados. Tal vez,  y sólo tal vez, la vida sería más fácil. Y para soportar mi enésima petardada, os dejo una foto de Roma para que soñéis un poco.

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Autor: elenabalo

Medio berciana, medio castellonera. Criada como barberense y crecida como villaodonesa. Y ahora mismo ejerciendo de romana. Soñadora vehemente, vividora pragmática. Unos ratos ingenua y otros escéptica. Hija imperfecta, madre impaciente, compañera indómita, amiga irregular. Culé. Viajera y enamorada de Roma.

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