Lombardia 2: Como y Bellagio

Hoy la huelga de transporte que es habitual (casi) todos los viernes en Italia, ha frustrado nuestras intenciones de ir en tren hasta el lago de Como, asi que no nos ha quedado más remedio que alquilar un coche y por eso hemos salido un poco más tarde de lo que teníamos previsto. En todo caso, aprovechamos bien el día. Primero fuimos hasta el pueblo de Como, tal vez el más conocido porque es el que le da nombre al lago. El pueblo está a unos 40 kilómetros de Milán – aunque cuesta tanto salir de la ciudad, que se terminan convirtiendo en una hora de viaje – y tiene varias cosas interesantes que visitar, como las calles del centro histórico y la catedral, que tiene un tapiz dedicado a San Abundio  (¡el más tonto de las comparaciones, pobre!) y que termina llevándote al lago.
El lago es el mas profundo y el cuarto más grande de Italia y, aunque deberían mejorar algo la limpieza de sus aguas (para eso está a tiro de piedra de Suiza), tiene unos paisajes muy bonitos. Habíamos pensado en coger un barco para hacer un recorrido, pero los q he visto eran de demasiada duración y a mi en el agua me gusta tocar pie…vamos, ¡que no me gustan los barcos! Y como hoy es mi cumple (feliz) he vetado la opción barco y a cambio hemos subido en el funicular, que lleva más de 120 años funcionando, y que sube hasta lo alto desde una colina que ofrece buenas vistas del pueblo y de parte del lago. Después, hemos amortizado el coche acercándonos a merendar a Bellagio. Este último pueblo ha sido un encantador descubrimiento…¡muy bonito!. Y después ya de vuelta a Milán, a terminar la jornada cumpleañera cenando cerca del hotel y soplando las 42 velitas con vosotros.

 

En las nubes

¿Sabéis una cosa? Yo antes era más sincera, pero hace unos veinte años me di cuenta de que la gente en realidad no quiere saber lo que piensas, ni escuchar tus consejos, ni plantearse su realidad, en general casi todos sólo queremos palmadas en la espalda y una sonrisa que enmiende nuestros defectos. Para tanto no doy; se me notan demasiado las querencias y también las faltas de aprecio. Pero ahora, sobre todo aquí y ahora, soy capaz de mantener el gesto mientras me muerdo la lengua y me aprieto los puños hasta casi convertirlos en muñones, sin que se me note demasiado el desdén por lo que considero ruin y abusivo. Ya vendrán tiempos más combativos. Mientras tanto juego a vivir en las nubes y a pensar que todos somos buenos y el mundo es un lugar justo. Podría ser un juego inocente, si después no tuviera que volver a la tierra.

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Pasta, pasta, pasta…y no solo.

Hace mucho que no hago una entrada gastronómica y no es precisamente porque me esté privando de todo lo que ofrece la bella Italia para alimentar el espíritu y el cuerpo (sobre todo el cuerpo, todo hay que decirlo). Supongo que antes tenía cosas más interesantes que compartir con vosotros, pero después de este fin de semana lleno de escándalos alimenticios y excesos calóricos, no puedo retrasarlo más, así que ahí va eso… 
El sábado, en Attigliano, a la salida del Parco dei Mostri, nos tomamos unos tagliatelle con ricota y pistacho y unos ravioli al pesto rojo (que se hacen con albahaca, tomates secos y piñones) y de postre un tiramisú.
Ayer, en L’Aquila, nos pasamos a los productos típicos, que en esa zona de Italia son sobre todo el azafrán de Navelli, la trufa y el regaliz. Así que nos pedimos un plato de ravioli con salsa de azafrán y unos tagliatelle con panceta y trufa y después un licor de regaliz. De postre se nos fue la mano y pedimos una coppetta con biscotti nutella e mascarpone…troppo!.
Y aunque a mí no me gustan especialmente ni la albahaca ni el azafrán (ojalá pudiera decir lo mismo de la Nutella) he de confesar que estaba todo BUENÍSIMO (con mayúsculas). Pero eso sí, hoy el cuerpo me pide frescura y contención, así que tendré que escucharle 🙂

 

 

 

L’Aquila

No sé si os acordáis que un par de día después del terremoto teníamos que haber ido a una zona cercana al seismo, a pasar el fin de semana con unos amigos italianos que ahora viven allí. Hoy, por fin, aproximadamente un mes después, hemos saldado en parte la deuda y nos hemos desplazado hasta L’Aquila, capital de la región de los Abruzzos, a poco más de una hora de Roma, para comer con ellos. Yo aún recuerdo aquellas imágenes de abril del 2009 de Berlusconi caminando entre los escombros de L’Aquila tras el terremoto de 6.7 que dejó más de 300 muertos, 1500 heridos y 50.000 personas sin hogar a causa de la ruina de miles de edificios. Me parecía increíble que eso pudiera pasar en Europa. Pero pasa, vaya que si pasa. Y ¿cómo se ve hoy en día L’Aquila? Pues siete años después la sensación es…extraña, porque es un pueblo que conserva parte del encanto y la grandeza que un día tuvo, aunque sigue con la mayoría de sus edificios apuntalados y con andamios y con un horizonte lleno de grúas, pero que ya empieza a sugerir lo que pronto será, pues se ha recaudado mucho dinero – por parte de países, empresas y particulares – para ir restaurando, poco a poco todos los edificios del pueblo. 
Hoy, entre otras cosas hemos visitado la Basílica de Collemaggio, construida en el S.XIII y donde fue coronado Papa Celestino V, que instauró uno de los primeros jubileos de la historia, que aún se celebra en L’Aquila a finales de agosto y donde tras pasar la puerta Santa, se perdonan los pecados; tiene además Celestino V otra peculiaridad en su biografía y es que es uno de los cuatro únicos Papas que han abdicado de su cargo, en este caso lo hizo para dedicarse a la vida eremita, que era lo suyo mucho más que las intrigas palaciegas. Aparte, visitamos la Basílica de San Bernardino, la fortaleza española del S.XVI, la plaza del Duomo, la fuente de los 99 caños, el auditorio del parco y caminamos por el casco antiguo, que como os he dicho tiene ese contraste curioso, entre sus tres realidades y la sombra oscura que acecha a un pueblo lleno de alegría y vida en sus calles y que vive rodeado de uns montañas bellísimas, en fin…Por lo demás, hemos comido y comido y vuelto a comer. ¡Qué lujo las comidas italianas!
 

Parque de los Monstruos y lago Vico

Ayer nos acostamos sin tener planes del todo claros para este último sábado de septiembre, pero hoy la mañana soleada nos ha iluminado y hemos decidido emprender camino hacia la frontera entre las regiones de Lazio y Umbria, a una hora aproximadamente de Roma. Primero hemos ido al Parque de los Monstuos, también conocido como el Bosque Sagrado de Bomarzo, que es un lugar sobrecogedor, debido a sus figuras fantásticas y desmesuradas, talladas en la roca volcánica propia del lugar o plantadas entre los árboles. Todo te remite irremediablemente a otro lugar (Camboya por ejemplo) y a otro tiempo, quizá al S.XVI, que fue cuando lo mandó construir el duque Pier Francesco Orsini como un homenaje a lo oscuro y a lo innombrable, a esos monstruos que torturaban su espíritu después de la muerte de su mujer. El jardín tuvo que ser más que estrafalario en su momento, acostumbrados a los jardines racionales y delicados de la época, así que no debieron ser nunca muy apreciados y cayeron en el abandono tan pronto como murió el duque. En el edificio central aún pueden verse fotos de principios de este siglo con las ovejas pastando entre las figuras totalmente cubiertas de vegetación. De hecho no fue hasta mediados del S.XX cuando la propiedad fue comprada y recuperada por la familia Bettini. Gracias a ellos ahora podemos entrar en la boca de un ogro, ver a un elefante arrollar a un soldado romano, alucinar con colosos de cuatro metros luchando entre sí, admirar dragones, mujeres postradas, grandiosas sirenas, incluso entrar en una torre inclinada que no sé por qué motivo provoca una sensación de vértigo y de mareo que aún me dura un poco cuando lo pienso :). Y mientras paseas, tratando de descubrir la siguiente figura, las frases enigmáticas te persiguen: “Todo pensamiento es fugitivo”, “Sólo para desfogar el corazón”, “Vosotros que vais por el mundo errantes, tratando de ver estupendas maravillas, venid aquí, donde están los rostros horrendos elefantes, leones, osos, ogros y dragones”. Y es verdad que todo eso y más puedes encontrar en este parque, donde el único edificio medio normal es el mausoleo, en medio de un campo verde, dedicado a Giulia Farnese, la mujer de Orsini. 
Y después del paseo por el parque de los monstruos, hemos ido a alimentar el cuerpo con un buen plato de pasta y un tiramisú y más tarde, entre pueblos encaramados en lo alto de una colina, como Mugnano, hemos llegado hasta un lago de origen volcánico y de nombre Vico donde nos hemos bañado justo cuando el cielo comenzaba a teñirse de rosa. Muy bonito Vico, un lugar al que seguramente volveremos para seguir explorando y seguir, como siempre, contándolo.

 

 

Historia 4: Augusto

Tal día como hoy, 23 de septiembre, pero del año 63 a.C. nació Cayo Octavio, posteriormente conocido como César Augusto, el primer Emperador de Roma. La verdad es que, aunque luego sus orígenes se adornaron un poco y la leyenda popular le hizo incluso descendiente de un dios, su familia paterna no tenía nada de noble y su bisabuelo fue probablemente un esclavo liberto y su abuelo un banquero (vamos, un usurero) en un pueblo a unos 50 kilómetros de Roma, lo que le hizo amasar una pequeña fortuna que luego le serviría al padre de Augusto, también llamado Octavio, para ser senador y conseguir un matrimonio de provecho con Atia (sobrina de Julio César). La carrera política de Octavio padre fue meteórica, pero no logró todos sus propósitos porque murió muy joven, dejando huérfano con sólo cuatro años a su hijo, al que a partir de ahora llamaré Augusto, aunque no adoptó ese nombre hasta el año 27 a.C. Poco después su madre, Atia, se casó con un cónsul y el niño fue a vivir con su abuela materna hasta que, cuando él tenía doce años, ésta murió. Así volvió de nuevo a casa de su madre y del marido de ésta, donde cuidaron mucho su educación. Entonces los niños de familia bien estudiaban sobre todo latín y griego, y se le daba mucha importancia a la retórica, que es el arte de hablar en público. De hecho, la primera experiencia del joven Augusto en este campo fue en el funeral de su abuela Julia (hermana de Julio Cesar).
Fue precisamente su tío abuelo Julio César quien tuteló a Augusto para convertirle en su heredero, puesto que era su único descendiente legítimo, al no haber tenido hijos con sus esposas y sólo un bastardo con Cleopatra, Cesarión, al que los romanos no querían demasiado. Así que Julio César cuidó personalmente de Augusto y le fue nombrando Pontífice, Juez urbano y Jefe de Caballería para demostrar que el chaval tenía un par de dedos de frente, o dicho más finamente, que era cabal, juicioso y prudente. Sólo les quedó una espinita clavada a los dos, nunca lucharon juntos, debido sobre todo a la mala salud de Augusto que en todo caso tampoco se caracterizó nunca por su espíritu combativo. Cuando mataron a Julio César, Augusto estaba de viaje fuera de Roma y se quedó muy sorprendido al saber que los asesinos pertenecían al círculo más cercano de César, pero aún más al descubrir que éste le había nombrado su hijo adoptivo y por lo tanto su heredero. Así, con 18 años y pese a que su familia no se lo aconsejó por lo difícil de la situación política, Augusto aceptó el legado y cambió su nombre de Cayo Octavio por el de César con el apoyo de la plebe ciudadana y los veteranos de Julio Cesar y la oposición directa de Marco Antonio que había tomado el poder en Roma. Finalmente hubo un acuerdo entre ambos, Marco Antonio y el nuevo César, con la mediación de Lépido, y entre los tres formaron un triunvirato, vamos que supuestamente gobernaban entre los tres con el objetivo de restaurar la República, aunque en realidad era un proyecto en el que no creían ninguno de ellos, que además tenían entre sí una relación difícil basada en la desconfianza. Hay que decir que la época del triunvirato fue muy oscura para Roma, entre otras cosas porque los asesinos de Julio César habían huido a Oriente y Roma comenzó una guerra contra ellos que, como no podían pagar, les llevó a crear una lista de proscritos. Los proscritos eran los senadores y nobles que se habían mostrados contrarios a Julio César. Así, para hacerse con todos los bienes de estos proscritos legalizaron y recompensaron su asesinato.

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Por otro lado, en lo que a su vida personal se refiere, César se casó primero con Escribonia, con la que tuvo a su hija Julia, aunque después repudió a esta primera esposa, para casarse con Livia, repudiada a su vez por su marido, un Claudio que vio en el apoyo al hijo del César y en el matrimonio de su mujer con éste, una gran oportunidad para proteger a su familia. Hay que decir que Livia llegó al matrimonio con un hijo y embarazada de su primer marido. Pero en fin, la cuestión es que con este tipo de apoyos, el nuevo César se fue librando de todos sus potenciales enemigos, primero de los asesinos de Julio César, luego de Lépido y más tarde del propio Marco Antonio y de Cleopatra – que se suicidaron – y de Cesarión, el hijo que tuvo ésta con Julio César y que fue asesinado. Y así fue como, con movimientos lentos pero seguros y por “consenso de todos los hombres” – como le gustaba decir a él – en el año 27 a.C César se convirtió en César Augusto y más tarde Pontífice Máximo y Padre de la Patria, es decir, autoridad máxima en todos los ámbitos del poder. El Imperio era en realidad una Monarquía hereditaria y eso fue lo único que le faltó a César Augusto, pues no tuvo hijos varones con sus mujeres y después de adoptar a varios de sus nietos (que terminaron falleciendo muy jóvenes) adoptó a Tiberio, el hijo mayor de su mujer Livia y tercer marido de su hija Julia. Desde ya os digo que entender el árbol genealógico de esta gente es un verdadero reto, sólo apto para fans de “Sálvame”…¡yo no he sido capaz!. 

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Hasta el 19 de agosto del año 14 en que murió, César Augusto se dedicó a reformar las instituciones romanas para mejorar la gestión de un Imperio tan extenso. Para eso reforzó los territorios fronterizos, premió la fidelidad de sus soldados, racionalizó el gobierno, dotándolo de magistrados competentes y especializados, dividió las provincias en senatoriales (gobernadas por un magistrado sin mando militar) e imperiales (gobernadas por un legado del emperador), creó un nuevo censo para reorganizar la fiscalidad, mantuvo el culto religioso y continúo la expansión en la zona del Danubio y del mar Negro. Y además mandó construir unas cuantas cosas; algunas de ellas aún pueden verse en la Roma actual, como su Mausoleo (año 29 a.C), el Ara Pacis (entre el año 13 y 9 a.C) o el Foro de Augusto (2 a.C). También su mejor amigo, Agripa, construyó el primer Panteón, aquel que se quemó y sobre cuyas ruinas construyeron el actual. Vamos que se puede decir, sin miedo a equivocarse, que Augusto tuvo una vida larga y muy ocupada. A su muerte le sucedió su hijo adoptivo Tiberio. Pero eso, ya casi, lo dejamos para otro día 🙂