Historia 4: Augusto

Tal día como hoy, 23 de septiembre, pero del año 63 a.C. nació Cayo Octavio, posteriormente conocido como César Augusto, el primer Emperador de Roma. La verdad es que, aunque luego sus orígenes se adornaron un poco y la leyenda popular le hizo incluso descendiente de un dios, su familia paterna no tenía nada de noble y su bisabuelo fue probablemente un esclavo liberto y su abuelo un banquero (vamos, un usurero) en un pueblo a unos 50 kilómetros de Roma, lo que le hizo amasar una pequeña fortuna que luego le serviría al padre de Augusto, también llamado Octavio, para ser senador y conseguir un matrimonio de provecho con Atia (sobrina de Julio César). La carrera política de Octavio padre fue meteórica, pero no logró todos sus propósitos porque murió muy joven, dejando huérfano con sólo cuatro años a su hijo, al que a partir de ahora llamaré Augusto, aunque no adoptó ese nombre hasta el año 27 a.C. Poco después su madre, Atia, se casó con un cónsul y el niño fue a vivir con su abuela materna hasta que, cuando él tenía doce años, ésta murió. Así volvió de nuevo a casa de su madre y del marido de ésta, donde cuidaron mucho su educación. Entonces los niños de familia bien estudiaban sobre todo latín y griego, y se le daba mucha importancia a la retórica, que es el arte de hablar en público. De hecho, la primera experiencia del joven Augusto en este campo fue en el funeral de su abuela Julia (hermana de Julio Cesar).
Fue precisamente su tío abuelo Julio César quien tuteló a Augusto para convertirle en su heredero, puesto que era su único descendiente legítimo, al no haber tenido hijos con sus esposas y sólo un bastardo con Cleopatra, Cesarión, al que los romanos no querían demasiado. Así que Julio César cuidó personalmente de Augusto y le fue nombrando Pontífice, Juez urbano y Jefe de Caballería para demostrar que el chaval tenía un par de dedos de frente, o dicho más finamente, que era cabal, juicioso y prudente. Sólo les quedó una espinita clavada a los dos, nunca lucharon juntos, debido sobre todo a la mala salud de Augusto que en todo caso tampoco se caracterizó nunca por su espíritu combativo. Cuando mataron a Julio César, Augusto estaba de viaje fuera de Roma y se quedó muy sorprendido al saber que los asesinos pertenecían al círculo más cercano de César, pero aún más al descubrir que éste le había nombrado su hijo adoptivo y por lo tanto su heredero. Así, con 18 años y pese a que su familia no se lo aconsejó por lo difícil de la situación política, Augusto aceptó el legado y cambió su nombre de Cayo Octavio por el de César con el apoyo de la plebe ciudadana y los veteranos de Julio Cesar y la oposición directa de Marco Antonio que había tomado el poder en Roma. Finalmente hubo un acuerdo entre ambos, Marco Antonio y el nuevo César, con la mediación de Lépido, y entre los tres formaron un triunvirato, vamos que supuestamente gobernaban entre los tres con el objetivo de restaurar la República, aunque en realidad era un proyecto en el que no creían ninguno de ellos, que además tenían entre sí una relación difícil basada en la desconfianza. Hay que decir que la época del triunvirato fue muy oscura para Roma, entre otras cosas porque los asesinos de Julio César habían huido a Oriente y Roma comenzó una guerra contra ellos que, como no podían pagar, les llevó a crear una lista de proscritos. Los proscritos eran los senadores y nobles que se habían mostrados contrarios a Julio César. Así, para hacerse con todos los bienes de estos proscritos legalizaron y recompensaron su asesinato.

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Por otro lado, en lo que a su vida personal se refiere, César se casó primero con Escribonia, con la que tuvo a su hija Julia, aunque después repudió a esta primera esposa, para casarse con Livia, repudiada a su vez por su marido, un Claudio que vio en el apoyo al hijo del César y en el matrimonio de su mujer con éste, una gran oportunidad para proteger a su familia. Hay que decir que Livia llegó al matrimonio con un hijo y embarazada de su primer marido. Pero en fin, la cuestión es que con este tipo de apoyos, el nuevo César se fue librando de todos sus potenciales enemigos, primero de los asesinos de Julio César, luego de Lépido y más tarde del propio Marco Antonio y de Cleopatra – que se suicidaron – y de Cesarión, el hijo que tuvo ésta con Julio César y que fue asesinado. Y así fue como, con movimientos lentos pero seguros y por “consenso de todos los hombres” – como le gustaba decir a él – en el año 27 a.C César se convirtió en César Augusto y más tarde Pontífice Máximo y Padre de la Patria, es decir, autoridad máxima en todos los ámbitos del poder. El Imperio era en realidad una Monarquía hereditaria y eso fue lo único que le faltó a César Augusto, pues no tuvo hijos varones con sus mujeres y después de adoptar a varios de sus nietos (que terminaron falleciendo muy jóvenes) adoptó a Tiberio, el hijo mayor de su mujer Livia y tercer marido de su hija Julia. Desde ya os digo que entender el árbol genealógico de esta gente es un verdadero reto, sólo apto para fans de “Sálvame”…¡yo no he sido capaz!. 

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Hasta el 19 de agosto del año 14 en que murió, César Augusto se dedicó a reformar las instituciones romanas para mejorar la gestión de un Imperio tan extenso. Para eso reforzó los territorios fronterizos, premió la fidelidad de sus soldados, racionalizó el gobierno, dotándolo de magistrados competentes y especializados, dividió las provincias en senatoriales (gobernadas por un magistrado sin mando militar) e imperiales (gobernadas por un legado del emperador), creó un nuevo censo para reorganizar la fiscalidad, mantuvo el culto religioso y continúo la expansión en la zona del Danubio y del mar Negro. Y además mandó construir unas cuantas cosas; algunas de ellas aún pueden verse en la Roma actual, como su Mausoleo (año 29 a.C), el Ara Pacis (entre el año 13 y 9 a.C) o el Foro de Augusto (2 a.C). También su mejor amigo, Agripa, construyó el primer Panteón, aquel que se quemó y sobre cuyas ruinas construyeron el actual. Vamos que se puede decir, sin miedo a equivocarse, que Augusto tuvo una vida larga y muy ocupada. A su muerte le sucedió su hijo adoptivo Tiberio. Pero eso, ya casi, lo dejamos para otro día 🙂

Autor: elenabalo

Medio berciana, medio castellonera. Criada como barberense y crecida como villaodonesa. Y ahora mismo ejerciendo de romana. Soñadora vehemente, vividora pragmática. Unos ratos ingenua y otros escéptica. Hija imperfecta, madre impaciente, compañera indómita, amiga irregular. Culé. Viajera y enamorada de Roma.

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