5. Y volver a volver

Hace apenas un rato que hemos llegado a casa. El tiempo justo de ponernos el pijama, cenar y echar la ropa sucia en la lavadora…Y ahora, mientras escribo la crónica final de nuestro (primer) regreso a Roma y antes de irme a dormir (he venido echando la siesta prácticamente todo el trayecto en el avión) me siento a ver el capítulo de la semana pasada de la serie “Estoy vivo“. En ella, en un determinado momento, hablan de un lazo rojo que une los destinos. Os diría que no creo en el destino y no os mentiría, sino fuese porque hoy he vuelto de Roma y he visto la tristeza en la mirada del ojazos. Al ver sus ojos acuosos cuando el avión despegaba de Roma, al verle mirando nostálgico por la ventana mientras la ciudad se alejaba de nosotros, he sabido que él acababa de comprender que ya nunca volvería a estar completo. Me apena pensar que al final le he(mos) condenado a un sentimiento que yo conozco bien…Y es que el no pertenecer a ningún sitio o el pertenecer a dos (o más) mundos a la vez, es una riqueza y un castigo que te obliga a creer en el destino, en el ligamen que te une a las personas (a TUS personas) más allá del aquí y el ahora, más allá del espacio y del tiempo, más allá de esa verdad difusa que se cimenta en recuerdos, y es así como te hace consciente de la necesidad de seguir tejiendo a base de nuevos momentos, ese hilo rojo que une corazones y te hace sentir más real.

Hoy nos despedimos de Roma los cuatro juntos una vez más. Recogimos al ojazos en la puerta del colegio, en Villa Borghese, y caminamos hacia el centro de la ciudad deambulando por las calles estrechas y llenas de encanto. Comimos cerca de Piazza del Popolo, en Brillo, aunque en realidad buscábamos otro restaurante, uno concreto que pronto descubrimos que también había cerrado durante estos meses. Y es que algunas cosas se han mantenido en este tiempo, como ese hilo rojo que une destinos,  pero otras han cambiado hasta la eternidad, como nuestro vecino de casi 84 años, del que os hablé más de una vez, que abandonó el mundo sólo un par de meses después de que nosotros nos fuésemos de Roma, pero que, como nos dijo su hijo – al que nos encontramos cuando fuimos a visitar la que fue nuestra casa – dejó un buen recuerdo en todos los que le conocieron. En nosotros por lo menos sí…con su orgullo patrio, su Lazio, sus anécdotas históricas y sus chocolatinas. ArrivederLa signor Coltelacci!.

Y terminamos de decirle Ciao a la ciudad, con un helado de Venchi, mientras el taxi que nos llevaba a Ciampino cruzaba por las Basílicas Mayores.

Y así nos despedimos una vez más de la ciudad eterna, esta vez sin lágrimas, con la satisfacción de saber que Roma es una realidad en nuestras vidas, que está ahí, muy cerca en el mapa y en el corazón, al otro lado del mar…

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Autor: elenabalo

Medio berciana, medio castellonera. Criada como barberense y crecida como villaodonesa. Y ahora mismo ejerciendo de romana. Soñadora vehemente, vividora pragmática. Unos ratos ingenua y otros escéptica. Hija imperfecta, madre impaciente, compañera indómita, amiga irregular. Culé. Viajera y enamorada de Roma.

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