Pisa y Viareggio

Hace casi cuatro años, en octubre de 2013, a los pies de la torre de Pisa, prometimos, después de que a los bambini no les dejasen subir por no tener la edad reglamentaria (hay que tener ocho años) que volveriamos antes de regresar a Madrid para despedirnos de Italia. Así que ayer por la noche llegamos todos a Pisa para cumplir esta última promesa. El pueblo por cierto tiene mucho más que la torre, pues es muy animado y muy agradable para pasearlo. Hoy por la mañana, muy temprano, subimos a la torre y disfrutamos mucho del momento, como hemos tratado de disfrutar de estos años italianos.
Después, fuimos hasta Viareggio, uno de los pueblos playeros más famosos de la Toscana y pasamos la jornada en la playa antes de volver a Roma. La playa está bien, aunque había mucho oleaje, y el pueblo tiene un enorme paseo lleno de tiendas, restaurantes, heladerías y mucha animación, aunque no termino de comprender muy bien el sistema italiano, lleno de zonas balnearias (que te alquilan hamacas y sombrillas y te dan servicios como restaurantes o bares) que cierran la vista al mar. Pero bueno…estas cosas son así.

Urbino

Urbino es, por derecho propio, patrimonio de la Unesco. Es un lugar fantástico, y eso que la he visitado precisamente hoy, el día en el que las temperaturas han decidido bajar de los 36 a los 18 grados y la lluvia, intermitente, ha vuelto a aparecer…y yo con vestidito y sandalias. Pero sea como sea, sólo hace falta dar un paseo por sus calles para comprender por qué fue considerada la ciudad ideal durante el renacimiento, una de las épocas más interesantes de la historia. Y eso que a priori Urbino no lo tenía fácil para convertirse en la cuna del renacimiento siendo, como aún es, un pequeño pueblo en mitad de ninguna parte, pero lo consiguió gracias, sobre todo, a Federico de Montefeltro que fue duque de Urbino durante casi 40 años y que construyó el excepcional Palacio Ducal que aún hoy en día sigue dejando con la boca abierta a quien lo visita, porque no es un palacio, es una verdadera ciudad dentro de la ciudad. Y aunque el esplendor de Urbino desapareció por completo en la primera mitad del S.XVII cuando murió el último Montefeltro y los Della Rovere consiguieron el poder, aún hoy sigue conservando la magia que la debió caracterizar en la época del humanismo.
Además Urbino ha visto nacer a grandes personajes. Por ejemplo aquí nació el gran Rafael Sanzio y aún puede visitarse la casa en la que vivió unos pocos años de su vida, hasta que con unos ocho o diez años murió su madre y fue enviado a Perugia a trabajar en el estudio de un pintor. También en Urbino, pero más recientemente, nació Valentino Rossi. Y en un pueblo cercano perteneciente al término municipal nació Bramante. Hay otras cosas que pueden visitarse en la ciudad como los Oratorios de San Giuseppe y San Giovanni, el Teatro Sanzio, la rampa helicoidal y sobre todo las pequeñas calles de color arenoso y llenas de encanto. Sin olvidar las vistas que de la ciudad pueden observarse desde la Piazza della Resistenza, por decir una. ¡¡Un pueblo que me ha encantado!!

 

Città di Castello

Hoy es San Pedro y San Pablo, día festivo en Roma. Por eso me he ido lejos de Roma para despedirme también de Italia. Y así llegué hasta Città di Castello, a un par de horas de la capital, un pueblo de la Umbría profunda donde nació Monica Belluci que seguro que os suena más que la beata Margherita o que Alberto Burri un artista contemporáneo que también nació en esta ciudad, que aún conserva mucho de su pasado medieval. Cabe señalar varios palacios, un par de torreones, la catedral, el palazzo comunale y la pinacoteca (la tercera más importante de Umbria), además de un par de plazas interesantes como la de Fanti o la de Matteotti.
Después de esa parada técnica que además aproveché para comer, llegué (por una carretera de montaña) hasta Urbino, un pueblo que tenía pendiente desde hace mucho, la ciudad donde nacieron entre otros Rafael y Bramante y que me dejó impresionada por su fascinante belleza. Aunque he de reconocer que cuando llegué a Urbino, ya cansada del viaje, me dejé seducir por los paisajes y la piscina del hotel donde me alojaba…juzgad vosotros 😉

 

Santa Severa

Hace bastante calor en Roma estas últimas semanas. No es que sea (aún) insoportable, pero se nota el aumento de temperaturas. Así que ayer cuando pensaba qué hacer hoy con los genitori se me ocurrió que lo mejor sería ir a comer a la playa. Y siguiendo los consejos de la chama Valdivieso, que estuvo hace un par de semanas, y teniendo en cuenta que era un destino desconocido por mí, nos acercamos hasta Santa Severa, en el ayuntamiento de Santa Marinella, a unos sesenta kilómetros al norte de Roma. El pueblo – apenas puede llamarse así – tiene una playa agradable dominada por un castillo que puede visitarse y además hay muchos senderos para caminar o montar en bicicleta que terminan llevándote a otras calas pequeñas y seguras, aunque siempre (como es extraña costumbre aquí) cedidas a un establecimiento balneario que las explota comercialmente. En la playa pública, hoy, para ser jueves había bastante gente, también motivado (supongo) porque era la última jornada lectiva de los niños italianos.
Volviendo a lo que íbamos, debo decir que ya en la antigua Roma había aquí una ciudad sobre la que en el alto medievo se desarrolló un pequeño pueblo medieval donde, según los escritos, en el S.XI ya había un castillo junto al mar que terminó en las manos de familias nobles hasta que en 1482 el Papa Sisto IV lo donó a la Orden del Espíritu Santo a la que perteneció hasta el año 1980. El castillo en todo caso ha sido ampliado y restaurado en varias ocasiones (la última en los años 70). Por su parte el pueblo como destino turístico se desarrolló en los años treinta del S.XX cuando se convirtió en residencia estival de numerosos gerifaltes fascistas. Hoy en día es un tranquilo pueblo de costa, con edificios bastante respetuosos con el entorno y que conserva muchas zonas agrícolas cercanas. Como te digo una co…te digo la o…En fin, que de allí nos fuimos a Fregene – donde sí que he estado ya varias veces – a comer, bastante bien, en el restaurante Baia, entre el Lido y el Villaggio dei pescatori. Qué duro volver después al atasco romano…

Piamonte y Valle d’Aosta: Gastronomía

Una vez más os dejo algunos pequeños detalles de la comida y la bebida que hemos catado en nuestro viaje por Piamonte y Valle d’Aosta. Nada que objetar…todo espectacular. Empezamos con lo habitual, porque en estas dos regiones italianas se bebe vino y se come…pasta. Vamos, lo normal. Así que os dejo para comenzar unos vinos de la zona de Barolo, una pasta pomodoro y parmiggiano, culurgiones con mantequilla, menta y mojama (ambos de Turín) y tagliatelle al capretto (que nos dieron en Monte Bianco).

 

Después seguimos con la carne, muy típica de estas dos zonas…entrecotte a la piamontesa con queso azul de Aosta, la Carbonade (que es el estofado típico y que normalmente está acompañado de polenta, pero que en esta ocasion nos dieron con espinacas y puré de patatas) y el cabrito asado (que nos dieron en Barolo).
Dejo también un plato de verdura con queso Fontina (típico de Aosta), por lo de haceros creer que somos gente sana y tal 😉

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Y por último comparto los postres más típicos, como la panacotta con pudding de turrón (que nos dieron en Barolo), el tiramisú (de Turín), el tortino al ciocolatto (de Monte Bianco) y, por supuesto, los súper deliciosos e imperdibles chocolates calientes turineses, como estos de Guido Gobino (enfrente del Museo Egipcio de Turín) y que eran clásico, fondente, con sabor a naranja y granizado de chocolate y limón.
Y para terminar (ahora sí que sí) los productos típicos de la zona, como las avellanas y las trufas típicas de la zona de Barolo y los licores de tabaco y miel de Aosta (que iban de 22º a 55º y que yo no pude probar, porque tengo un límite en los 12º del vinos).
Y después de este banquete, con licor y puro, os dejo ya hasta el primero de mayo, porque he cogido carrerilla y me voy unos días a ver a la familia 🙂

Valle d’Aosta 2: Monte Bianco

Ya de vuelta en Roma después de más de ocho horas en el coche (760 kilómetros con una parada en Torino para recoger unos zapatos que nos habíamos dejado y otra en Florencia para comer) os cuento nuestra jornada de ayer…
Salimos temprano del hotel en Aosta (bueno, vale, no tan temprano) con dirección a Courmayeur, donde está el Funivía Skyway que sube hasta el Monte Bianco o Mont Blanc (según desde que lado lo mires). Os cuento que el funivía cuesta un pastizal, ahora, si merece o no la pena lo tiene que decidir cada uno. A nosotros nos ha gustado mucho estar allí, a esa altura y rodeados de toda esa belleza tan espectacular.
Después bajamos y fuimos a Entreves a comer. Allí el camarero muy amablemente – además de cobrarnos otro pastizal por un par de platos de pasta – nos indicó algunas rutas preciosas para hacer por la tarde. Así fuimos hasta Val Ferret que, tal y como nos habían dicho, es uno de los paisajes más bonitos de la zona, con toda la cadena montañosa a un lado y un bonito bosque al otro y sobre todo si, como ocurre en este momento del año, queda aún bastante nieve, pero el sol lo ilumina todo. Una maravilla. Después fuimos, ya en coche, a pasear por Courmayeur – es bonito y tiene bastante comercio, con lo que se le supone bastante animación durante las temporadas altas de invierno y verano, pero no en una jornada de diario y a apenas una semana del fin de la temporada de esquí – y después hasta Verrand, un pequeño pueblo en el que no viven más de 60 personas y que no tiene nada de comercio, pero sí que tiene muchas casas iguales de piedra que destacan sobre el paisaje montañoso. A esas horas ya el cansancio podía con nosotros, y aún nos qudaba más de media hora de coche para volver al hotel, así que decidimos volver tranquilamente a descansar y recordar los fantásticos paisajes.