Bologna: los 7 secretos

Hay ocasiones en que el camino es más largo que el tiempo en el destino. Pero a veces merece la pena. Hoy pasamos casi cinco horas en tren (entre ida y vuelta, retrasos, obras y demás batallitas italianas) para descubrir en poco más de seis horas, los siete secretos de Bologna de la mano de una de mis “encineras” favoritas. Los comparto con vosotros por si os acercáis a esta agradable ciudad… 
  1. Los canales. Porque aunque ya no queden muchos aún pueden verse alguno de estos canales de agua subterránea que en tiempos hacían de esta ciudad una pequeña Venecia.
  2. Las tres flechas. Y es que, por lo que nos han contado, había un par de maleantes que iban a matar a un comerciante, cuando de una de las ventanas salió una mujer desnuda que, obviamente, distrajo su atención, haciendo que las flechas se clavaran en el techado de madera. Las flechas aún continúan en el lugar, aunque a decir verdad yo sólo he conseguido ver dos.
  3. Neptuno. Y es que ¡claro! yendo con la atlética villaodonesa, teníamos que pasar a presentar nuestros respetos al dios del mar, cuya representación tuvo que ser retocada por el escultor después de que el Papa de la época considerase que ponía en evidencia la virilidad del resto de los mortales.
  4. En el Cantón de Fiori nos recuerdan un dicho medieval: el Pan es vida, el vino alegría y el cannabis protección. 
  5. La cara del diablo. Llegando a la iglesia de San Stefano, hay un edificio donde están esculpidas las caras de todos los miembros de una importante familia local, incluido este, al que parece ser que el artista añadió por propia voluntad y a raíz de algunos comportamientos de la dichosa familia.
  6. El arco de los susurros en la plaza mayor, que permite escuchar lo que están diciendo desde el otro lado.
  7. La meridiana de San Petronio, un agujero en el techo que deja entrar los rayos de sol que indican sobre el suelo de la basílica la fecha exacta.
Además de estos secretillos, Bologna tiene muchas cosas más: la plaza mayor, los soportales, el archiginnasio, las siete iglesias, las callejuelas llenas de encanto, los tortellini…y las hosterías donde no te dan de comer. ¡¡Mola Bologna!!

 

 

Emilia Romaña 4: Módena

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Módena es una ciudad interesante, centro de la cultura, la industria y de la gastronomía. Si os digo que allí nació Vasco Rossi igual no os dice nada (aunque es un cantante italiano muy famoso, así un tipo Sabina), pero si os cuento que Pavarotti era oriundo de allí, ya la cosa cambia (¿quién no le conoce?). Si hablamos del vinagre, en seguida le pondréis apellido…de Módena, pero igual algunos desconocéis que el vino Lambrusco es de esta zona, al igual que los tortellini, que se inventaron en esta región, en algún lugar entre Bolonia y Módena. Además la ciudad es un centro industrial automovilístico muy importante, pues en un círculo de 20 kilómetros alrededor de ella se encuentran las fábricas de Lamborghini, Pagani, Ferrari y Maserati… ¡¡casi nada!!.

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Pasear por la ciudad es un placer, tanto de noche, como de día. La plaza grande, con el Duomo (impresionante por dentro y por fuera), con su torre Ghirlandina (a la que no pudimos subir porque cierran del 1 de noviembre al 31 de marzo), su fachada del Palazzo Comunale (ayuntamiento), el Palazzo Ducale (hoy en día sede de la Academia General Militar), sus iglesias, su mercado, sus calles animadas llenas de cafés…

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Si pasáis cerca, no lo dudéis…¡¡Módena bien vale un paseo!!
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Y ahora ya de vuelta en Roma, esperando, por si acaso mañana a la Befana o incluso a los Reyes Magos, les da por pasarse por aquí…

Emilia Romaña 3: Bolonia y Módena

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Bolonia empieza por B, porque es bonita. Sí, igual de bonita hoy, iluminada por la luz de este sol invernal, que ayer sólo intuida a través del reflejo de la luna y de las luces navideñas.
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Bonita vista desde arriba, desde una de las Dos Torres, la Asineli, la más alta, que mide casi 100 metros y a la que se puede subir tras pagar 3 euros y “escalar” 498 escalones y bonita a ras de suelo, caminando por sus calles porticadas – pórticos que recorren más de 38 kilómetros – llegando hasta la plaza mayor, con la iglesia de San Petronio y el Ayuntamiento y también alcanzando la enorme Abadía de Santo Stefano, también conocida como Las Siete Iglesias, porque es un inabarcable conjunto de iglesias y capillas unidas entre sí. 
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Bonita Bolonia sí, que es sobre todo conocida por su Universidad, considerada la más antigua de Europa, pues data de 1088, pero también por su salsa de carne, por la mortadela, por la lasagna…
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Y luego, a poco más de 50 kilómetros está Módena, que no tiene ni la mitad de habitantes que Bolonia, tiene 180.000, pero que tiene el mismo encanto, la misma vida, la abundancia de comercios y de pequeños bares.
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Impresionante la catedral de Módena, románica, una de las más hermosas de Italia, dicen, y puede que no mientan. A mí personalmente me ha gustado mucho-mucho, tanto por fuera (con su torre aislada) como por dentro.
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Tanto como simplemente caminar por la ciudad, por sus pequeñas calles y sus hermosas plazas. ¡¡Un lujo!!

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Emilia Romaña 2: Ravena y Bolonia

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Esta mañana, soleada y menos fría, hemos paseado por Rávena y nos hemos hecho una idea más real que la de ayer por la noche. Y debo decir que es una ciudad muy recomendable. Tiene unos 160.000 habitantes y, aunque el centro histórico no es muy grande, está lleno de callejuelas, rincones, edificios, y, sobre todo, mosaicos.
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Los mosaicos de Rávena están principalmente en cinco monumentos: la Basílica de San Apollinare Nuovo, el battistero Neoniano, el Museo Arcivescovile, la Basílica de San Vitale y el Mausoleo de Galla Placidia. Todos ellos merecen una visita, una ojeada, un gesto de sorpresa, de admiración.
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También la Basílica de San Francesco no dejaría de ser una iglesia vulgar, más bien desangelada, si no fuera por unos mosaicos que se esconden bajo el altar mayor, tapados por unos cuantos palmos de agua.
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Esta iglesia, por cierto, está junto a la tumba de Dante Alighieri, uno de los poetas italianos más célebres. También otro poeta, pero posterior y más norteño, Lord Byron, vivió en Rávena durante un par de años.
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Por otro lado, en la catedral había una exposición de Belenes del mundo que me ha gustado muchísimo. Pero dejando a un lado el arte y la religión y yendo a lo más profano…¡¡¡cómo se come en Emilia Romaña…fama no le falta, pero es que es justificada!!!. Y es que hoy, otra vez comimos muy bien y a un precio más que decente, en un pequeño restaurante llamado Babaleus: pasta rellena de patata (sí, lo sé, suena raro, pero estaba muy muy rico), tortellini, arroz con queso e hinojo (¡¡cómo les gusta!!), carne a la brasa…¡buenísimo todo! 
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Después, tras poco menos de una hora de trayecto hemos llegado a Bolonia. Tampoco puedo contaros mucho por ahora…lo que he visto me ha gustado, pero hemos llegado cuando ya anochecía y además la rubia ha perdido su cámara de fotos y ha estado llorando media tarde. Sólo hemos tenido tiempo para ver la catedral de San Pedro, la Basílica de San Petronio y callejear entre el gentío y las luces navideñas. Pinta bien. Mañana más.

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Emilia-Romaña 1: Rávena

Para inaugurar el año, nada mejor que aventurarse, que conocer, que dejarse sorprender…por eso, para comenzar este 2015 hemos decidido venir hasta la provincia de Emilia-Romaña, aún en el centro de la península de Italia, pero ya casi en el noreste y para comenzar a descubrir esta provincia nos hemos acercado hasta Rávena.
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Desde Roma hasta Rávena hay unos 350 kilómetros, pero aunque en esta ocasión todo es autopista y autovía, hemos tardado más de cuatro horas. También es cierto que había mucha, pero mucha, nieve por el camino. 

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De la ciudad aún no puedo decir demasiado porque cuando hemos llegado, ya anochecía y lo más célebre de la ciudad, que son sus monumentos paleocristianos que esconden hermosísimos mosaicos, ya estaban cerrados, pero lo que sí que puedo certificar es que es animada, muy comercial y muy agradable.

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Por lo demás, hemos comido más que bien, aunque en plan slow-slow, en una pequeña osteria llamada Piattoforte. Muy recomendable, para aquellos que no tengan prisa.
Ahora, ya a descansar, y mañana intentaré ver los mosaicos paleocristianos, la auténtica tumba de Dante Alighieri (el autor de “La divina comedia”) y todas las sorpresas que Rávena quiera ofrecerme…y luego volveré para contároslo.

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