Lombardía: Mantova

Hoy después de exactamente cuatro horas de viaje llegamos a Mantova, o Mantua, al norte de Italia. La verdad es que no sabiamos muy bien lo que nos íbamos a encontrar, pero la sorpresa fue agradable y la jornada soleada hizo el resto. Mantova está situada sobre tres lagos (Superior, Medio e Inferior), es la ciudad natal de Virgilio (poeta del S.I a.C) y tiene muchos edificios dignos de ver, sobre todo el Palacio Ducal, una ciudad-palacio de más de 35.000 m2 que se compone de tres núcleos: la Corte Vecchia, el Castello di San Giorgio y la Corte Nuova. El Palacio fue la residencia de los señores de Mantova, los Gonzaga, desde el S.XIV y hoy en día pueden visitarse en él auténticos tesoros, como la Habitación de los Esposos (un fresco de Mantegna que representa a la familia Gonzaga y que fue pintado a finales del S.XV). Pero en Mantua también vimos edificios religiosos como el Duomo, la rotonda de San Lorenzo y la Basílica de Sant’Andrea. Esta última a mí me ha dejado verdaderamente impresionada por sus pinturas. Y otros edificios como la Torre del Reloj que es muy interesante, porque además de marcar las horas con números romanos, da otra información como los signos del zodiaco o las fases lunares. En realidad, pese a que hemos visto muchísimo, nos hemos dejado mucho por ver…y es que parte del tiempo que hemos pasado en la ciudad lo hemos dedicado, como suele ser habitual en nosotros, a comer. Ya os contaré. Interesante Manova.

Lombardía 5: Gastronomía y visitas que fueron, pero no fueron (Bergamo)

Dicen las malas lenguas (o las buenas, ¡vaya usted a saber qué es más importante!) que en Milán están más preocupados por trabajar que por comer y que por eso su gastronomía no tiene comparación con la del sur. Yo tengo que reconocer que NO es el sitio de Italia donde mejor he comido, pero bueno…igual es sólo mi experiencia. Eso sí, entre otras muchas cosas, me he tomado un par de rissotos (uno con queso y otro a la milanesa, es decir con azafrán), un carpaccio (pero de salmón, que el más típico de ternera no me apetecía), cottoletta a la milanesa (filete empanado de toda la vida) y gnocchi con salsa de gorgonzola, pera y nueces (que, como ya os dije en su momento, resultaron ser un fraude, más que por la salsa en sí, que estaba buena y, sorprendentemente, ligera, por las bolas de patatas que estaban completamente crudas 😦 ). No pedí la panacotta que también es de estas tierras, pero lo hice a conciencia, porque puestos a redondear mi figura prefiero hacerlo con algo que me enloquezca más, como un buen tiramisú o una tarta de chocolate; y no me pusieron polenta, que también es muy típico por esta zona y que suelen servir como acompañamiento. Lo que sí que es verdad es que me he queado con las ganas de catar el ossobuco a la milanesa que tanto me gusta. Y tampoco conseguí que mi familia probase los panzerotti de Luini, que son una especie de empanadilla rellena de tomate y mozzarella y que yo comí en un viaje que hice por esta zona con mi amiga villaodonesa hace unos cinco años.
También en aquel viaje de hace un lustro (y cambio de tercio) visitamos Bergamo, una ciudad que ha puesto de moda Ryanair y a la que nosotros no hemos ido en esta ocasión, pero sí los genitori, que la recorrieron el jueves y que, como yo, recomiendan a todos aquellos que vengan a pasar un fin de semana (largo) por la Lombardía.

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Lombardia 4: Il Duomo

Hoy dedicamos prácticamente toda la mañana a ver El Duomo, la catedral de Milán, ese edificio de belleza imponente e hipnótica lo mires por donde lo mires: por fuera, por dentro o por arriba. Creo que Milán merece una visita sólo por descubrir esta iglesia gótica, una de las más grandes del mundo y tratar de imaginar a aquellos que la idearon y la pusieron en marcha allá por el S.XIV. Lo que más llama la atención de su fachada, aparte de su blancura, son los pináculos que la adornan, junto a las figuras, casi cien que la decoran. 20161002_121320
Además, si quieres, puedes subir hasta sus terrazas que dan unas buenas vistas de la Plaza del Duomo y de las Galerias Comerciales, aparte de una visión general de Milán, y que te dejan ver de cerca todo el trabajo realizado a lo largo de cinco siglos para terminar esta obra de arte. Además, en el punto más alto se encuentra la Madonnina, una estatua de cobre dorado, inaugurada en el S.XVIII y que representa a Santa María Nascente, la Virgen a la que está dedicada toda la catedral. Por cierto, a las terrazas podéis subir en dos versiones, la más barata cuesta unos 9 euros (creo) y pasa por la subida de los cerca de 200 escalones y la más “de lux” (que me parece que son unos 13) te lleva hasta un primer piso en ascensor, aunque nada te libra de un buen tramo de escaleras para llegar a la terraza principal.
Lo mejor en todo caso es un ticket combinado para entrar también a la catedral. La entrada que te permite entrar sólo al templo tiene un precio de un par de euros. El interior de la catedral es amplísimo, gracias a las columnas muy altas, pero el color oscuro de la piedra da gran sensación de recogimiento pese a la altura y la marabunta de gente. Después, porque la entrada combinada también lo permite, bajamos hasta el baptisterio, donde están los restos arqueológicos del santuario original del S.IV que hubo en este mismo lugar y donde parece ser que San Ambrosio bautizó a San Agustín. Y ya por último, también gracias a la entrada combinada visitamos el Museo del Duomo, donde se guardan todas las pruebas y figuras que se han realizado a lo largo de estos siglos y que resulta interesante para dar una vueltecilla y terminar de asumir el tesoro que representa este edificio.
Luego fuimos paseando hasta el barrio del hotel y comimos por allí antes de coger las maletas y marchar hacia una de las estaciones de Milán donde cogimos el tren hasta Roma, a donde hemos llegado hace apenas un rato.

Lombardia 3: Milán

Esta mañana salimos del hotel con destino al Cenacolo de Leonardo, es decir hasta la Iglesia de Santa Maria donde está “La última cena” pintada entre 1494 y 1497 por Da Vinci a petición de Ludovico Sforza. La verdad es que no me lo esperaba así. La pintura es grande (8×4) e impresionante, pero sobre todo es como constatar la existencia de eso que siempre has visto en los libros, ver los grupos de tres apóstoles rodeando a Jesucristo, cada uno de ellos con un símbolo identificativo e imaginar a un Leonardo de mi edad subido a un andamio dejándose llevar por su genio. Después paseamos hasta el Castillo Sforzesco y el parque Sempione, también maravillosos, sobre todo a esa hora en que aún brillaba el sol en Milán. Y eso que tuvimos suerte y no llovió en todo el día, aunque estuvo toda la tarde nublado.
De allí nos fuimos hasta la Vía Dante para comer en una de sus terrazas. Menos mal que los genitori y los bambini comieron bien, porque para maridisimo y para mi fue una de nuestras peores comidas en Italia: ¡su pizza estaba hecha con base precocinada y mis gnocchi estaban completamente crudos!. Pero el sitio muy animado y bonito, con vistas al castillo. Después de mi fiasco con los gnocchi, mi cuerpo me pedía un lujo “lujoso” y por eso caminamos hasta el cuadrilátero de la moda, cruzando el teatro della Scala hasta la via Montenapoleone donde me tomé un tiramisù  (a precio de Gucci) en la pastelería más antigua de Milán, Cova, sirviendo café desde 1817. Y luego, piano piano, seguimos la ruta de la moda milanesa hasta las preciosas Galerías Vittorio Emanuele II, donde las cristaleras, las pinturas y el suelo son el marco perfecto para sus tiendas. Por cierto, que tambien hay una tradición que te asegura el volver a Milán, que es dar una vuelta sobre uno mismo pisando los testículo del toro que representa a Torino en una de las imágenes del suelo…¿quién puede imaginarse el por qué?
En ese momento ya estábamos suficientemente cansados como para volver al hotel a descansar un poco y reponer fuerzas antes de salir por el barrio de Navigli, un área con canales y mucha marcha de Milán y donde, después de pasear por el Naviglio Grande y el Pavese, hemos tomado un aperitivo antes de coger el tranvía para ir a dormir.

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Lombardia 2: Como y Bellagio

Hoy la huelga de transporte que es habitual (casi) todos los viernes en Italia, ha frustrado nuestras intenciones de ir en tren hasta el lago de Como, asi que no nos ha quedado más remedio que alquilar un coche y por eso hemos salido un poco más tarde de lo que teníamos previsto. En todo caso, aprovechamos bien el día. Primero fuimos hasta el pueblo de Como, tal vez el más conocido porque es el que le da nombre al lago. El pueblo está a unos 40 kilómetros de Milán – aunque cuesta tanto salir de la ciudad, que se terminan convirtiendo en una hora de viaje – y tiene varias cosas interesantes que visitar, como las calles del centro histórico y la catedral, que tiene un tapiz dedicado a San Abundio  (¡el más tonto de las comparaciones, pobre!) y que termina llevándote al lago.
El lago es el mas profundo y el cuarto más grande de Italia y, aunque deberían mejorar algo la limpieza de sus aguas (para eso está a tiro de piedra de Suiza), tiene unos paisajes muy bonitos. Habíamos pensado en coger un barco para hacer un recorrido, pero los q he visto eran de demasiada duración y a mi en el agua me gusta tocar pie…vamos, ¡que no me gustan los barcos! Y como hoy es mi cumple (feliz) he vetado la opción barco y a cambio hemos subido en el funicular, que lleva más de 120 años funcionando, y que sube hasta lo alto desde una colina que ofrece buenas vistas del pueblo y de parte del lago. Después, hemos amortizado el coche acercándonos a merendar a Bellagio. Este último pueblo ha sido un encantador descubrimiento…¡muy bonito!. Y después ya de vuelta a Milán, a terminar la jornada cumpleañera cenando cerca del hotel y soplando las 42 velitas con vosotros.