Españoles en Roma

Antes de que estos españoles (es decir “nosotros”) llegaran a Roma hubo muchos otros que pasaron por esta ciudad. De hecho, el año pasado, hablando con la canciller del consulado, me dijo que había nada menos que seis mil españoles inscritos como residentes y que pensaban que había otros seis mil sin inscribir (estudiantes erasmus, trabajadores temporales, viajeros). Hay gente que viene y triunfa, gente que pasa por aquí y gente que llega, se asusta y se va. De todo hay en la viña romana. Y es que Roma tiene tanto de invivible como de maravillosa. Es una ciudad espléndida, bellísima, pero en ningún caso fácil.
Pero vamos a lo nuestro, y es que antes incluso de que aquel país existiese como tal, hubo cuatro emperadores romanos de origen hispano: Nerva (que gobernó durante un par de años), Trajano (la columna del mismo nombre recuerda su buen hacer como gobernante durante casi veinte años), Adriano (que construyó el Castello di Sant’Angelo) y Teodosio el Grande (que convirtió el cristianismo en la religión oficial). Pero vamos, que todos ellos de españoles no tenían nada, eran romanos de pura cepa…
Como también fueron romanos, aunque nacidos en Hispania (que no en España), Séneca o Marcial o el primero de los tres Papas “españoles”, Dámaso I, que parece ser que nació en lo que hoy es Galicia en el S.IV y que mandó construir la primera Basílica de San Lorenzo Extramuros.

 

Los otros dos Papas nacieron en el Reino de Aragón: Calixto III nació como Alfons de Borja en Játiva (Valencia) y vivió entre el S.XIV y S.XV y Alejandro VI, que era sobrino del anterior, también nació en Játiva y se llamaba en realidad Rodrigo de Borja, aunque es más conocido como cabeza de la familia Borgia, que marcó una época llena de intrigas y poder, pero que también hizo mucho por el arte, protegiendo entre otros a Miguel Ángel o a Rafael.
Pero como no es de extrañar, estos Papas no fueron los únicos que en el ámbito religioso pasaron por Roma para quedarse. Ignacio de Loyola llegó en 1539, consiguió que el Papa firmara la bula fundacional de la Compañía de Jesús y se quedó aquí hasta su muerte en 1556, abanderando la Contrarreforma; Francisco de Borja, biznieto de Alejandro VI (sí, esas cosas pasaban en aquellos años), fue posteriormente santificado y se hizo cargo durante algunos años de la Compañía de Jesús; a José de Calasanz, natural de Peralta de la Sal (Huesca), también le hicieron después Santo, pero antes, en 1597 creó en el Trastevere la primera escuela pública gratuita, la Escuela Pía.
Precisamente la misma casa en la que vivió San Ignacio de Loyola, en la vía Montserrato 20, fue la que acogió a Rafael Alberti y a María Teresa León cuando llegaron a Roma en 1963 en el periplo de un largo exilio. Ellos son un ejemplo, pero hay muchos más escritores españoles que eligieron Roma para huir, como María Zambrano o Ramón Gaya, en el contexto del fin de la guerra civil, y mucho antes, también Cervantes, tras matar a un hombre, llegó a Roma para huir de la justicia, y aquí estuvo sirviendo a un cardenal, antes de embarcarse a luchar contra los turcos. Pero el exilio no es sólo cosa de artistas, pues incluso un rey, Alfonso XIII, vivió y murió en esta ciudad, donde también nació otro, Juan Carlos I.
Pero no todos terminaron en Roma obligados por las circunstancias políticas, pues algunos llegaron por el trabajo y el arte, como Ramón María del Valle Inclán que fue director de la Academia de España en Roma entre 1933 y 1935. Academia donde por cierto estuvieron después grandes artistas como Sorolla, Rafael Moneo o Javier Reverte. Sin olvidar tantos otros (tal vez vosotros) que pasaron por aquí como turistas y que luego escribieron sobre su experiencia. Y es que por todos es bien sabido que, independientemente de las circunstancias…¡todos los caminos conducen siempre a ROMA!

 

 

 

Historia 8: Roma e Italia en la Edad Media 1 (476 – 900)

Seguimos hoy con la historia de Roma en el mismo punto donde la habíamos dejado, pero os advierto, como ya hice cuando comencé a escribir estas entradas sobre historia, que soy absolutamente profana en la materia, y que si he decidido escribirlas, no es por ganas de enseñar, sino por ganas de aprender. Dicho lo cual…allá vamos.
Nos habíamos quedado en Rómulo Augusto, el último emperador romano de Occidente, que fue derrocado en el año 476 por Odoacro, jefe de una tribu germánica. Odoacro se convirtió en el primer rey bárbaro de Italia, hasta que Teodorico – apoyado por Zenón, el emperador romano de Oriente en Constantinopla – entró en Italia en el 489 para luchar durante cuatro años contra Odoacro, que finalmente, en el 493 decidió llegar a un acuerdo para compartir el poder. Sin embargo, durante el banquete en el que se celebraba este acuerdo, Teodorico asesinó a Odoacro con su propia espada. Tras aquello, Italia se convirtió en un reino godo, como ya había sucedido antes con Hispania, y Teodorico I el Grande se instaló en Ravena convirtiéndose en rey de Italia. Más tarde, a lo largo de su vida y por diversos motivos, Teodorico llegó a gobernar en Italia, Hispania, la Galia mediterránea y las provincias del Danubio y a tener una gran influencia sobre varios reinos germánicos del norte de África. Así, al morir en el año 526 Teodorico dejó un impresionante reino, que duró sin embargo muy poco, pues menos de diez años después de la muerte de Teodorico, el emperador Justiniano sometió a los godos e Italia terminó bajo el gobierno directo del Imperio Romano de Oriente. Pero eran épocas convulsas y en el año 568 un ejército de casi medio millón de lombardos (otro pueblo germánico que estaba asentado en los Balcanes) entró por los Alpes, conquistó Milán y terminó extendiéndose por toda la Italia bizantina hasta el año 774. Sólo Roma, Cerdeña, Sicilia y algunos pequeños territorios del sur de Italia siguieron perteneciendo a Bizancio. Cabe destacar además que aunque muchos de estos lombardos eran paganos, muchos eran cristianos o terminaron convirtiéndose al cristianismo. En esos años, el Papa asumió el pleno poder en el ducado de Roma y reconoció al emperador bizantino como su soberano. Pero en el año 752 el lombardo Astolfo comenzó la marcha sobre Roma y el Papa solicitó ayuda al emperador bizantino Cosntantino V que no le hizo ni caso, con lo cual acudió al rey de los francos Pipino el Breve que decidió otorgar los territorios conquistados por los lombardos al Papa que ungió a su vez a Pipino como Patricio de los Romanos. Pipino emprendió camino a Italia y venció al rey Astolfo que tuvo que ceder 22 ciudades a la Iglesia de Roma. Pero el peligro lombargo aún no había desaparecido y cuando el rey Desiderio invadió los Estados Pontificios, el Papa volvió a pedir ayuda a los francos y fue así como Carlomagno (hijo de Pipino) acudió en su ayuda. De esta manera gran parte de la Italia central pasó a estar bajo el dominio del Papa, que terminó rompiendo con el Imperio Bizantino y coronando a Carlomagno como Emperador Romano en el año 800. Carlomagno se alió y defendió el Papado, pues estaba convencido de las bondades de un Imperio cristiano y esta relación contribuyó a acrecentar el prestigio del Papa y a acelerar el proceso por el cual el Papa se convertió en jefe de la cristiandad. Durante los siguientes años se mantuvo la relación entre la soberanía carolingia y el Papa, pero esta dinastía extranjera permaneció poco tiempo en el poder y el Papa necesitaba alguien que le ayudase a defender su territorio del ataque sarraceno que venía por el sur de Italia y de los señores locales, así que desde el año 888 las familias aristocráticas se disputaron el título regio. A ver qué pasará, qué pasará…

Historia 7: El fin del imperio romano

Habíamos dejado a Roma otra vez descabezada después del asesinato de Joaquim Phoenix…digo de Comodo. A su muerte comenzó una sangrienta guerra civil que duró un año. El año 193 se conoce también como el año de los cinco Emperadores, aunque finalmente el que se estableció en el poder fue Septimio Severo, el primer emperador proveniente del norte de África (de la actual Libia) y que convirtió a Roma en una dictadura militar. Le siguió su hijo Caracalla, que en realidad se llamaba Marco Aurelio Severo, y que además de inaugurar las Termas que había comenzado a construir su padre y que hoy llevan su nombre, es recordado por conceder la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio en el año 212. Esta medida no fue debida a su espíritu igualitario, ni siquiera a que quisiera potenciar el sentimiento de pertenencia de los habitantes del imperio, sino a una cuestión meramente fiscal…¡¡quería aumentar el número de contribuyentes para poder seguir pagando a las tropas!!. Entre otras cositas curiosas de este emperador, está el hecho de que mató a su hermano Geta para evitar un alzamiento dirigido por éste. Y como quien a hierro mata, a hierro muere, pues así le pasó a él, que fue asesinado en Siria en el año 217. Desde ese momento, hasta el año 285, se sucedieron en Roma medio centenar de emperadores, los generales llevaban a las tropas a guerras inútiles, los bárbaros presionaban en las fronteras, la población se empobrecía y todo el imperio estaba sumido en el caos. Vamos, parecía que el fin estaba cercano, hasta que el general Diocleciano consiguió hacerse con el poder y poner en marcha unas cuantas reformas que asegurarían la supervivencia del Imperio durante otro par de siglos. Básicamente lo que hizo fue asociarse con otro oficial de su confianza, Maximiano, que mandaba en la mitad occidental del imperio, mientras él se hacía con el control de la mitad oriental. Luego también, para controlar los conflictos políticos y sociales, creo la figura de dos auxiliares, llamados césares. De esa manera, con esta tetrarquía, permitía mantener la unidad territorial y sofocar las insurrecciones. Además reformó la administración, saneó la economía y reorganizó el ejercito, aumentó los impuestos e hizo obligatorio el culto a Jupiter, lo que supuso una cruenta persecución de los cristianos a principios del S.IV. Después de su retiro a la vida contemplativa, le sucedieron varios emperadores en el trono hasta que en el año 306 llegó el Emperador Constantino I que mantuvo y continuó muchas de las reformas de Diocleciano, pero que destacó sobre todo por declarar la libertad de culto en todo el Imperio, es decir por legalizar, entre otras, la práctica del cristianismo. Además trasladó la capital del Imperio a Constantinopla (la actual Estambul) de manera que paradójicamente la ciudad de Roma se convirtió en una capital secundaria de su propio imperio. A su muerte le siguieron Constantino II, Constancio II y Constante, después Juliano, Joviano, Valente y Valentiano. En fin…al grano…que ya en el año 378 subió al trono el hispano Teodosio el Grande que destacó por dos decisiones que definirían el futuro del imperio. En primer lugar convirtió el cristianismo en la religión oficial y en segundo decidió dividir el imperio entre sus dos hijos. Así, a su muerte en el año 395, el imperio de Occidente quedó en manos de su hijo Honorio y el Imperio de Oriente en las de su hijo Arcadio. Pero esta decisión no puso fin a los problemas, sobre todo en occidente donde la presión de los bárbaros era tan incontenible que los dominios del imperio quedaron limitados a Italia y a una pequeña franja del sur de la Galia. Pero aún más allá, en el año 402 los godos (esos de las interminables listas de nuestros padres) entraron en Italia y en el año 410, de la mano de Alarico, saquearon Roma. Esta época se vivió entre la población como un apocalipsis; la gente se dedicó a vender sus posesiones y a abandonar sus obligaciones. El fin del mundo estaba cerca. O eso creían. Aunque al final no fue el fin del mundo, sólo el fin de más de quinientos años de imperio. Un fin al que se le puso una fecha concreta, el año 476, cuando estando en el trono Rómulo Augústulo – nombre que recordaba al del fundador de Roma y al del Imperio – se produjo la definitiva caída del Imperio Romano de Occidente. El imperio romano de Oriente, por cierto, sobreviviría hasta que en 1453 los turcos derrotaron al último emperador bizantino, Constantino XI. ¿Qué pasará en la historia de Roma a partir de ahora? ¡Qué emoción!. Aún hay cientos de años de historia después de las películas de romanos…

Historia 6: Dinastía Flavia y Dinastía Antonina

Durante el gobierno de estas dos dinastías, a lo largo de 123 años, hubo nueve emperadores, que llevaron a una época de gran esplendor al Imperio y que construyeron algunos de los monumentos más reconocidos de Roma.
Habíamos dejado a Roma desnortada tras el golpe de estado que llevó al suicidio de Nerón, con el que desapareció la dinastía de los Claudios. Pero después de una guerra civil que duró algo menos de un año, ascendió al poder el general Vespasiano, corría el año 69, y con él comenzó la dinastía de los Flavios. Vespasiano fue un hombre trabajador y sencillo, un gran administrador que saneó las arcas del Estado. Además, durante su mandato se construyó el Anfiteatro Flavio, es decir, el Coliseo. A su muerte le sucedió su hijo Tito, un hombre tan admirado por su pueblo por su buen carácter y generosidad que, pese a la brevedad de su gobierno (sólo un par de años) llegó a ser nombrado Dios por el Senado. A su muerte el trono fue ocupado por su hermano Domiciano que era completamente diferente a Tito, pues de hecho ha pasado a la historia como un gobernante cruel y autoritario, un auténtico déspota, que quitó todo el poder al Senado para centrarlo en su persona, y que juzgaba con demasiado severidad a sus enemigos. Claro que esto, por lo que he leído es lo que decían los historiadores de su época, que pertenecían mayoritariamente a la aristocracia romana, contra la que Domiciano cargó duramente. En fin…que nunca se sabe. Lo que sí que es verdad es que, después de 16 años de gobierno, Domiciano fue asesinado a consecuencia de una conspiración palaciega urdida por un grupo de oficiales de la corte y con el beneplácito de la Guardia Pretoriana que, digamos, hizo la vista gorda. Domiciano se había casado por amor con Domicia Longina, con la que había tenido un solo hijo que había fallecido siendo aún un niño. Así que de nuevo no había sucesor, sin embargo, el mismo día de la muerte de Domiciano, en una sesión extraordinaria, el Senado nombró a un nuevo Emperador de transición, Nerva, un senador anciano y sin hijos que inmediatamente nombró como heredero a Trajano, el mejor general de Roma. Trajano, por cierto, sería el segundo Emperador nacido fuera de Roma, (después de Claudio que nació en las Galias) y el primer Emperador hispano, pues nació cerca de la actual Sevilla. Trajano inauguró el Siglo de Oro del Imperio Romano, la era más gloriosa del Imperio, el siglo en el que Roma alcanzó su máximo esplendor. Durante el periodo de Trajano se llevó a cabo la campaña militar en Dacia (en la actual Rumanía). Los Dacios eran temibles guerreros que si no morían en la batalla, se suicidaban. Y ya desde la época de Domiciano, los romanos habían tenido problemas con ellos y, para evitar los continuos saqueos, habían llegado a un acuerdo por el cual los romanos pagaban una cuota a los dacios, cosa que evidentemente se consideraba una vergüenza. Pero Trajano, deseoso de empezar su gobierno con una gran victoria, invadió Dacia con éxito. Esa victoria fue descrita en la Columna de Trajano (que se encuentra aún hoy junto a la Piazza Venezia) y trajo un doble beneficio a Roma, por un lado territorial y por otro financiero. Con este aumento en la riqueza de las arcas del imperio, Trajano se dedicó a las obras públicas, por ejemplo parte del foro de Trajano fue construido en esa época. Pero su gran triunfo militar en Dacia se compensó con una gran derrota, la que Trajano tuvo en Oriente, cuando intentaba ampliar el territorio romano por el desierto de Arabia. Fue precisamente en esa operación militar cuando murió el Emperador, víctima de un ataque de apoplejía. Como no había tenido hijos con su única mujer (parece ser que se inclinaba más por los muchachos adolescentes) le sucedió en el trono su primo Adriano, otro hispano, que pensó que el Imperio no debía extenderse más y que lo mejor era cohesionar los territorios que ya tenía, para ello recorrió todas las provincias para mejorar su funcionamiento y asegurar sus fronteras. Además, como cosa curiosa, Adriano, que era un admirador de la cultura griega, puso de moda la barba. De la época de Adriano queda Villa Adriana, en Tívoli, el Pantheon actual (que fue una reconstrucción del Pantheon de Agripa que fue destruido por un incendio) y el Castello de Sant’Angelo que fue construido como su mausoleo familiar. A su muerte gobernó Antonino Pio, un procónsul al que el Emperador nombró sucesor ante la falta de descendientes directos. Antonino fue un hombre bondadoso y clemente, al que a veces los estudiosos acusan de descuidado, pues nunca salió de Roma para solucionar los problemas y perdió muchas oportunidades de hacer incluso más grande el Imperio. El gobierno de Antonino Pío fue el más largo desde Augusto. Cuando murió le sucedió el último de los Cinco Buenos Emperadores y el tercero de origen hispano, Marco Aurelio, que era hijo adoptivo de Antonino Pío por mandato de Adriano (que se lo había puesto como condición antes de nombrarle sucesor) y que, pese a ser un magnífico gobernante, el Emperador filósofo le llamaban, tuvo que sufrir el principio del fin de la Edad de Oro del Imperio Romano, pues durante su gobierno todas las fronteras fueron atacadas, por guerreros, pero también por masas migratorias que buscaban nuevos lugares donde asentarse y contra los que el Emperador nunca utilizó las armas. Con Marco Aurelio, Roma pasó de atacante a defensora y eso mermó mucho las fuerzas del Imperio, que pronto comenzó a perder territorios. De la época de Marco Aurelio quedan en Roma la columna que lleva su nombre (en el Montecitorio) y que describe una victoria sobre los germánicos y una estatua ecuestre en bronce que se encuentra en los Museos Capitolinos (y cuya copia está en el centro del Campidoglio). Por desgracia Marco Aurelio no siguió la tradición de elegir al más preparado como sucesor y eligió a su propio hijo, Cómodo, al que muchos recordaréis porque era el Emperador que salía en la peli “Gladiator”, interpretado por Joaquin Phoenix. No sé si os acordáis del personaje, pero era un neurótico, violento, con aires de grandeza y aficionado a la lucha de gladiadores por encima de la cultura o el gobierno. Se cuenta que luchaba contra gladiadores desarmados, que asesinaba a los lisiados que encontraba por las calles de Roma, que mataba animales, torturaba esclavos y celebraba grandes orgías en las que dilapidaba las riquezas del reino. Ni que decir tiene que con él acabó la edad de oro del Imperio. Fue asesinado por una persona de su confianza y todo lo que recordaba a él en Roma fue destruido. Tal era el odio que había sembrado. Su muerte terminó con la Dinastía Antonina y sumió a Roma en una nueva guerra civil. Empezaba el año 193.

Historia 5: Dinastía Claudia.

La mayoría de nosotros – o tal vez sólo los que nacimos en familias de color de rosa en la parte brillante del mundo – guardamos un recuerdo tierno y maravilloso de nuestras abuelas. Esas abuelas que de pequeño te quitan el miedo con abrazos, con dulces y con pequeños regalos, y que de adolescente, ven más allá de los granos de tu cara, porque para ellas sigues siendo “el más bonito del mundo”. Todos deberíamos tener una abuela así. Yo fui de las afortunadas que pude disfrutar mucho tiempo de ellas. No le pasaba lo mismo al emperador Claudio que tuvo como abuela a Livia, la segunda mujer de Augusto (ahí fue donde dejamos la historia de Roma hace casi dos meses, en el año 14 a.C.).
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Nos ponemos en antecedentes. Augusto había tenido un primer matrimonio del que tuvo una hija, Julia. Por su parte Livia también tuvo un primer matrimonio del que tuvo dos hijos, Tiberio y Druso. Aún más allá, Octavia (la hermana de Augusto, que después se casaría con Marco Antonio), tuvo de su primer matrimonio varios hijos, entre ellos Marcelo. Y años después Marcelo (sobrino de Augusto) se casaría con Julia (su hija), convirtiéndose por lo tanto en su sobrino y en su yerno al mismo tiempo, además de su favorito como sucesor. Pero Livia (la mala esposa, la mala abuela) no soportaba que Augusto prefiriera a Marcelo antes que a su hijo Tiberio, así que (presuntamente) envenenó a Marcelo. Pero aún así Augusto no veía para nada claro lo de Tiberio, así que casó a su amigo Marco Agripa (el del primer Pantheon) con su hija Julia y le convirtió en el nuevo sucesor al trono. Pero Marco Agripa también murió antes que Augusto, y Livia obligó a su hijo Tiberio a separarse de su esposa para casarse con la viuda, Julia. Pero tampoco así lo veía claro Augusto que nombró sucesores a los hijos que Julia había tenido con Marco Agripa: Cayo y Lucio. Cayo murió misteriosamente. Y Augusto desterró a Tiberio para mantenerlo alejado, pero durante el destierro de su marido Tiberio, Julia digamos que no se mantuvo exactamente fiel. Y así, Livia convenció a su “nietastro” Lucio para que hablase con Augusto y denunciase ante él la vida licenciosa de su madre. Entonces Augusto no tuvo más remedio que expulsar a su hija de Roma y mandar llamar a Tiberio, pero tampoco le nombró sucesor, decidiendo en cambio poner como sucesor a Agripa Póstumo (el último hijo que tuvo Julia con Agripa). Pero éste, otra vez gracias a las tropelías de Livia, es acusado de violación y desterrado. Sí, lo sé, seguir “Falcon Crest” o “Los Ricos también lloran”, era mucho más sencillo que seguir la vida de los Claudios, pero lo importante es que tengamos las ideas claras, Livia pasaba por encima de lo que hiciera falta para lograr sus propósitos. Y el único que se libró de sus intrigas fue Claudio (su nieto, hijo de Druso, sobrino de Tiberio) porque siguió el consejo de un sabio que le dijo que para sobrevivir en su familia tenía que acentuar sus problemas físicos y, en la medida de lo posible, hacerse pasar por tonto (¡eso siempre funciona!). Pero Claudio no era precisamente tonto. La historia todavía se complica más, pero por abreviar, digamos que finalmente Livia consiguió su propósito y a la muerte de Augusto, Tiberio se convirtió en el nuevo Emperador. Pero una de sus primeras medidas fue darle grandes competencias a su ayudante Sajano mientras él trasladaba la corte a Capri y se dedicaba a las orgías. Durante este tiempo hubo muchas persecuciones, incluso dentro de la familia imperial, contra todos los enemigos políticos de Tiberio, aumentando su imagen como un tirano cruel e inmisericorde. Pero Tiberio se dio cuenta de la traición de Sajano (que sólo pretendía acceder al trono) y, siguiendo el consejo de su sobrino Calígula (hijo de Germánico) le ejecutó. No sobrevivió mucho Tiberio, que también fue asesinado por orden de Calígula y que, sin embargo, dejó el imperio con las arcas llenas y las provincias en paz. Entonces, ya muerto Tiberio, Calígula se nombró a sí mismo Emperador (el tercero). Al principio la llegada de Calígula al poder fue bien acogida, pero después de una grave enfermedad, se volvió loco y comenzó a actuar de una manera autoritaria. Eso por no hablar de la historia de Impetuoso, su caballo favorito, importado de Hispania y al que quiso nombrar Cónsul. En fin…la cuestión es que las arcas del imperio se vaciaron muy pronto por la mala gestión de Caligula, quese vio obligado a subir los impuestos y a hacer purgas entre los senadores con la intención de quedarse con sus posesiones. Su historia acabó cuando su propia guardia lo asesinó en el año 41, nombrando Emperador, en contra de su voluntad, a Claudio (tío de Calígula) al que por sus limitaciones consideraban un títere fácil de manejar. Pero se equivocaron, pues Claudio se convirtió en un brillante gobernante y estratega militar, además de ser querido por el pueblo. Expandió el territorio del Imperio Romano a Britania, convirtiéndose en el hombre más poderoso del mundo conocido. Sin embargo, la vida amorosa de Claudio no fue tan exitosa, además de ser poco usual para alguien de la alta nobleza en esos tiempos, pues fue el único que no mantuvo relaciones homosexuales o pederastas, suponiéndole esto un problema entre los historiadores de la antigüedad que utilizaron contra él su gran pasión por las mujeres, acusándole de estar dominado por éstas. Se casó cuatro veces, pero sólo tuvo tres hijos, una con la segunda y dos con la tercera de sus mujeres, Mesalina, a la que mandó ejecutar después de que ésta tramara un complot para quitarle el poder. Por último se casó con Agripina Menor (su sobrina) que ya tenía un hijo, Nerón. Claudio casó a Nerón con una de sus hijas (Octavia) y lo nombró sucesor sin hacer caso a una profecía que le había contado su abuela Livia, donde le hablaba de que el imperio acabaría con el quinto Emperador, que lo hundiría. Y así fue. Aunque durante los últimos meses de su vida, Claudio pensó en nombrar sucesor a su hijo Británico (que ya estaba llegando a la mayoría de edad). Entonces sabiendo esto, parece ser que Agripina, para asegurarle el trono a su hijo Nerón, decidió envenenar con unas setas a Claudio (aunque no hay pruebas que así lo acrediten). De esta manera, Nerón se convirtió en el quinto Emperador. Y de Nerón pues todos tenemos la imagen de él tocando la lira mientras Roma ardía, aunque parece ser que no fue en absoluto así y que el incendio de Roma fue accidental, que él estaba a unos 40 kilómetros cuando sucedió y que se ocupó de dar alojamiento a aquellos que quedaron desahuciados. A veces la historia es cruel. Pero lo que sí que parece que fue verdad es que mató a Británico (su hermanastro) y a su propia madre Agripina. Aunque por otra parte, durante su reinado se aumentó la diplomacia y el comercio, se construyeron teatros y se promocionaron las pruebas atléticas, se venció a los partos en una gran guerra, se sometió a los Británicos, se mejoraron las relaciones con Grecia, se propuso un nuevo plan urbanístico, se modificó el sistema de impuestos, etc. Precisamente por esto último hubo un golpe de Estado que obligó a Nerón a exiliarse y más tarde a suicidarse. Y con él acabó la Dinastía de los Claudios. De todos estos tiempos queda en Roma la Porta Maggiore, que mandó construir Claudio. No os digo nada, pero…¡¡aún vamos por el año 68!! (ya sólo nos quedan 1948 años para llegar a la actualidad, paciencia 😉 )

Historia 4: Augusto

Tal día como hoy, 23 de septiembre, pero del año 63 a.C. nació Cayo Octavio, posteriormente conocido como César Augusto, el primer Emperador de Roma. La verdad es que, aunque luego sus orígenes se adornaron un poco y la leyenda popular le hizo incluso descendiente de un dios, su familia paterna no tenía nada de noble y su bisabuelo fue probablemente un esclavo liberto y su abuelo un banquero (vamos, un usurero) en un pueblo a unos 50 kilómetros de Roma, lo que le hizo amasar una pequeña fortuna que luego le serviría al padre de Augusto, también llamado Octavio, para ser senador y conseguir un matrimonio de provecho con Atia (sobrina de Julio César). La carrera política de Octavio padre fue meteórica, pero no logró todos sus propósitos porque murió muy joven, dejando huérfano con sólo cuatro años a su hijo, al que a partir de ahora llamaré Augusto, aunque no adoptó ese nombre hasta el año 27 a.C. Poco después su madre, Atia, se casó con un cónsul y el niño fue a vivir con su abuela materna hasta que, cuando él tenía doce años, ésta murió. Así volvió de nuevo a casa de su madre y del marido de ésta, donde cuidaron mucho su educación. Entonces los niños de familia bien estudiaban sobre todo latín y griego, y se le daba mucha importancia a la retórica, que es el arte de hablar en público. De hecho, la primera experiencia del joven Augusto en este campo fue en el funeral de su abuela Julia (hermana de Julio Cesar).
Fue precisamente su tío abuelo Julio César quien tuteló a Augusto para convertirle en su heredero, puesto que era su único descendiente legítimo, al no haber tenido hijos con sus esposas y sólo un bastardo con Cleopatra, Cesarión, al que los romanos no querían demasiado. Así que Julio César cuidó personalmente de Augusto y le fue nombrando Pontífice, Juez urbano y Jefe de Caballería para demostrar que el chaval tenía un par de dedos de frente, o dicho más finamente, que era cabal, juicioso y prudente. Sólo les quedó una espinita clavada a los dos, nunca lucharon juntos, debido sobre todo a la mala salud de Augusto que en todo caso tampoco se caracterizó nunca por su espíritu combativo. Cuando mataron a Julio César, Augusto estaba de viaje fuera de Roma y se quedó muy sorprendido al saber que los asesinos pertenecían al círculo más cercano de César, pero aún más al descubrir que éste le había nombrado su hijo adoptivo y por lo tanto su heredero. Así, con 18 años y pese a que su familia no se lo aconsejó por lo difícil de la situación política, Augusto aceptó el legado y cambió su nombre de Cayo Octavio por el de César con el apoyo de la plebe ciudadana y los veteranos de Julio Cesar y la oposición directa de Marco Antonio que había tomado el poder en Roma. Finalmente hubo un acuerdo entre ambos, Marco Antonio y el nuevo César, con la mediación de Lépido, y entre los tres formaron un triunvirato, vamos que supuestamente gobernaban entre los tres con el objetivo de restaurar la República, aunque en realidad era un proyecto en el que no creían ninguno de ellos, que además tenían entre sí una relación difícil basada en la desconfianza. Hay que decir que la época del triunvirato fue muy oscura para Roma, entre otras cosas porque los asesinos de Julio César habían huido a Oriente y Roma comenzó una guerra contra ellos que, como no podían pagar, les llevó a crear una lista de proscritos. Los proscritos eran los senadores y nobles que se habían mostrados contrarios a Julio César. Así, para hacerse con todos los bienes de estos proscritos legalizaron y recompensaron su asesinato.

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Por otro lado, en lo que a su vida personal se refiere, César se casó primero con Escribonia, con la que tuvo a su hija Julia, aunque después repudió a esta primera esposa, para casarse con Livia, repudiada a su vez por su marido, un Claudio que vio en el apoyo al hijo del César y en el matrimonio de su mujer con éste, una gran oportunidad para proteger a su familia. Hay que decir que Livia llegó al matrimonio con un hijo y embarazada de su primer marido. Pero en fin, la cuestión es que con este tipo de apoyos, el nuevo César se fue librando de todos sus potenciales enemigos, primero de los asesinos de Julio César, luego de Lépido y más tarde del propio Marco Antonio y de Cleopatra – que se suicidaron – y de Cesarión, el hijo que tuvo ésta con Julio César y que fue asesinado. Y así fue como, con movimientos lentos pero seguros y por “consenso de todos los hombres” – como le gustaba decir a él – en el año 27 a.C César se convirtió en César Augusto y más tarde Pontífice Máximo y Padre de la Patria, es decir, autoridad máxima en todos los ámbitos del poder. El Imperio era en realidad una Monarquía hereditaria y eso fue lo único que le faltó a César Augusto, pues no tuvo hijos varones con sus mujeres y después de adoptar a varios de sus nietos (que terminaron falleciendo muy jóvenes) adoptó a Tiberio, el hijo mayor de su mujer Livia y tercer marido de su hija Julia. Desde ya os digo que entender el árbol genealógico de esta gente es un verdadero reto, sólo apto para fans de “Sálvame”…¡yo no he sido capaz!. 

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Hasta el 19 de agosto del año 14 en que murió, César Augusto se dedicó a reformar las instituciones romanas para mejorar la gestión de un Imperio tan extenso. Para eso reforzó los territorios fronterizos, premió la fidelidad de sus soldados, racionalizó el gobierno, dotándolo de magistrados competentes y especializados, dividió las provincias en senatoriales (gobernadas por un magistrado sin mando militar) e imperiales (gobernadas por un legado del emperador), creó un nuevo censo para reorganizar la fiscalidad, mantuvo el culto religioso y continúo la expansión en la zona del Danubio y del mar Negro. Y además mandó construir unas cuantas cosas; algunas de ellas aún pueden verse en la Roma actual, como su Mausoleo (año 29 a.C), el Ara Pacis (entre el año 13 y 9 a.C) o el Foro de Augusto (2 a.C). También su mejor amigo, Agripa, construyó el primer Panteón, aquel que se quemó y sobre cuyas ruinas construyeron el actual. Vamos que se puede decir, sin miedo a equivocarse, que Augusto tuvo una vida larga y muy ocupada. A su muerte le sucedió su hijo adoptivo Tiberio. Pero eso, ya casi, lo dejamos para otro día 🙂

Historia 3: La República

La República romana se extendió en el tiempo casi 500 años – del 509 a.C al 27 a.C. – pero…¿en qué consistió? Pues así como resumen os diré que aún hoy en día puede verse en muchos lugares de Roma el lema de esa época: SPQR, que no, no significa como dice la rubia “Sono Pazzi Questi Romani” (Están locos estos romanos) sino “Senatus Populusque Romanus”, o lo que es lo mismo “El Senado y el Pueblo Romano”. Y es que, como parece que lo de un solo Rey no funcionaba, a juzgar por como les había ido con el último (Tarquino el Soberbio), decidieron formar un Senado que sería elegido por el pueblo (bueno, por una parte de él, los plebeyos) y en el que participarían los patricios (que eran los jefes de las principales familias romanas, las que habían formado la ciudad junto a Rómulo). Y a su vez el Senado elegiría a dos cónsules que ostentarían el poder, relevándose cada año y pudiendo vetar uno las decisiones del otro. En el Senado se hacían las leyes, se ejecutaban y se castigaba a los infractores. A cambio los plebeyos pagaban los impuestos, participaban en el ejército y una vez al año elegían a los magistrados de entre los patricios. Todo muy justo. Vamos, más o menos como ahora. Pero si los romanos llegaron tan lejos fue porque eran un poco más listos que nosotros, por eso los plebeyos dejaron de cultivar la tierra y de comerciar, para subir a la colina del Aventino y dejar claro que no volverían a sus tareas hasta que no se reconocieran sus derechos. La ciudad quedó sumida en el caos y al final el Senado cedió parcialmente y se creó la figura de los tribunos, que podían vetar las decisiones del senado que afectasen a los plebeyos. Para protegerles se les nombró personas sagradas, de manera que el que les atacase, sería condenado a muerte. Más o menos de esta época (451 a.C) datan las primeras leyes escritas de Roma que hasta aquel momento se basaban en la costumbre. Y de ahí que todos tengamos un amigo abogado que en la uni pencaba Derecho Romano para septiembre, ¿o no?
Durante la República, para conseguir expandirse, a Roma “no le quedó más remedio” que meterse en bastantes guerras. Primero fueron las guerras latinas, contra otros pueblos de la región del Lazio. Ganaron los romanos. Después las tres guerras samnitas, donde luchaba Roma contra Samnio, un pueblo del sur de Roma. Ganó Roma. También las guerras Pírricas, contra los pueblos griegos asentados al sur de la península Itálica y que hoy nos llevan a hablar de victorias pírricas (que no es por Pirri señores, sino por Pirro de Épiro, un general griego que logró darles un baño a los romanos, pero que en la contienda perdió a casi todos sus hombres, por lo que llegó a decir “otra victoria así y estaremos perdidos”). Sin olvidar las famosas guerras Púnicas contra los cartagineses (que se asentaban en el norte del actual Túnez). Primero por el dominio de Sicilia, después por el dominio de Hispania (con imágenes surrealistas como la del cartaginés Aníbal cruzando los Pirineos montado en elefante) y luego ya (por vicio, por el gusto de ver a su máximo enemigo saqueado, quemado y arrasado) en África, donde vencieron una vez más los romanos gracias a Escipión que a partir de entonces sería conocido como el Africano. Pero vamos, que todo esto os lo cuento muy resumido, porque ponerse a contar con pelos y señales cómo Roma llegó a expandirse por todo el Mediterráneo, las Galias y el norte de África sería un poco largo. La cuestión es que aunque Roma colonizaba para ganar más dinero a costa de explotar los territorios conquistados, también es verdad que al mismo tiempo construía calzadas, puentes y acueductos, promulgaban leyes, distribuía alimentos entre los ciudadanos y celebraban grandes espectáculos. Pero hubo un pueblo que les cautivó: Grecia. Porque cuando entraron en Atenas, los romanos se convirtieron en el conquistador conquistado, de manera que gran parte de su cultura se vio influida por esa otra (religión, escultura, música, literatura…). Y esa cultura romana fue a su vez exportada a todos los demás territorios conquistados.
Pero tanto crecimiento tuvo también su contrapartida y es que Roma ya no se podía controlar con las instituciones republicanas existentes. Por un lado el pueblo estaba descontento y se evidenciaba el enfrentamiento entre los más conservadores y los más innovadores, como cuando en el S.II a.C. los hermanos Gracos, tribunos de la plebe, lucharon por la repartición de las tierras entre los campesinos en detrimento de los grandes terratenientes. Este problema lo solucionaron por las bravas. Les asesinaron. De igual manera terminaron con otro problema, el del excesivo poder que acumulaban los generales, más concretamente Julio Cesar que se convirtió en dictador vitalicio, aunando todos los poderes políticos de forma indefinida y que ya sabemos todos cómo acabó: al mes fue asesinado, cerca de Largo Argentina por Bruto y Casio. Corría el año 44 a.C. El resultado fueron 17 años de guerra civil que terminaron cuando Augusto se convirtió en el primer Emperador de Roma. Pero eso ya será otro día…
Porque hoy…Puff…nos ha costado llegar hasta aquí casi tanto como a los romanos. Por cierto, de esa época quedan en Roma algunos frescos (en museos), restos de varios edificios en los Foros y en el Largo Argentina y un puente, el Fabricio, del año 62 a.C, que lleva a la isola Tiberina. Os dejo fotos.